Columnas de Opinión
2013-03-24 | La Opinión
Es refrescante ver al presidente Obama hacer lo que no hizo en cuatro años
Más de cuatro años ya han pasado de que Barack Obama asumió la presidencia y ahora es que finalmente parece haberse dado cuenta de que para gobernar necesita comunicarse con el liderato de la oposición en el Congreso. Advierto, sin embargo, que por el momento esto es solo una impresión. Quizás los últimos gestos de bipartidismo del presidente son solo movidas puramente políticas para tratar de desmentir a analistas como yo que lo han criticado por no cultivar el dialogo con los republicanos. Pero, en fin, sea la razón que sea, démosle al presidente el beneficio de la duda.
Ha sido francamente refrescante ver al presidente hacer en estos últimos días lo que los presidentes se supone que hagan: buscar crear consenso entre políticos de partidos e ideas diversas. En las últimas semanas el presidente ha hecho un esfuerzo inusual de levantar el teléfono para llamar y reunirse con senadores y congresistas republicanos. El presidente fue hasta el Congreso para reunirse con la conferencia republicana de la Cámara y tuvo una abierta discusión con ellos sobre un sinnúmero de temas.
Obama también fue a cenar con un grupo de senadores republicanos e incluso tuvo un almuerzo con el congresista Paul Ryan, el ex-candidato a vicepresidente por el Partido Republicano.
Sobre el almuerzo, el congresista Ryan dijo que “esta (era) la primera vez que (tenía) una conversación con el presidente que dure más de dos minutos…”. Esto quiere decir que en cuatro años el presidente no había tenido un intercambio sustantivo con el congresista que dirige el vital comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes. No es de extrañarse, por tanto, que, bajo su incumbencia, el gobierno hasta el momento no haya tenido ni un solo presupuesto aprobado por el Congreso.
No se puede exagerar la falta de voluntad que este presidente ha demostrado durante los pasados años para dialogar y negociar con miembros del Congreso. Las quejas curiosamente no solo provienen de republicanos, pero también de demócratas, que dicen que el presidente sencillamente es inaccesible.
El presidente no consultó seriamente con los republicanos al empujar su ley de reforma de salud y el programa de “estímulo económico” en el Congreso a comienzos de su mandato. Y, después, de que su partido perdiera la Cámara, precisamente por la falta de popularidad de estas medidas, el presidente no buscó entablar comunicación real y amplia con los republicanos para atender los diversos retos nacionales.
La falta de voluntad del presidente para evitar el llamado “secuestro” o confiscación —el recorte indiscriminado de 1.2 millones de millones al presupuesto— es la última muestra de la renuencia que éste ha tenido para sentarse a negociar. Después de básicamente idear la confiscación hace dos años y lograr que los republicanos la legislaran, prometiéndoles que negociaría con ellos una serie de recortes alternos de envergadura, el presidente no hizo nada para evitarla. En primer lugar, desoyó las recomendaciones del comité bipartidista que el mismo había nombrado para identificar los recortes alternos y, después, no hizo ningún esfuerzo auténtico para dialogar con los republicanos para lograr dichas reducciones en el gasto.
El presidente, en cambio, esperó que la ley que viabiliza la confiscación —la llamada ley de control de presupuesto del 2011— estuviera por entrar en vigor el pasado 1 de marzo para ponerle presión públicamente a los republicanos para aumentar aún más los impuestos, sin proponer ningunos recortes específicos al presupuesto; faltando así a su palabra a los republicanos pues el consenso al que había llegado con ellos dos años antes era para reducir el gasto público y no para aumentar los ingresos del fisco.
Esto, evidentemente, fue una burda maniobra política de la Casa Blanca para tratar de culpar a los republicanos por los recortes de la confiscación y así tratar de ayudar a los demócratas a retomar la Cámara en las próximas elecciones del 2014. En efecto, durante las semanas anteriores a que la confiscación entrara en vigor, el presidente y los miembros de su gabinete estuvieron de “tour” por el país asustando a la ciudadanía sobre el supuesto impacto devastador que esta tendría. Según ellos, los recortes se sentirían de manera inmediata; cientos de miles de empleados públicos serian cesanteados, incluyendo agentes del FBI, operadores de tráfico aéreo y maestros; se formarían larguísimas filas en los chequeos de seguridad en los aeropuertos y habría atrasos en los vuelos a través del país; fiscales dejarían de procesar a peligrosos criminales; y cientos de miles de jóvenes y personas de edad avanzada dejarían de recibir servicios públicos esenciales.
El problema es que, al final, el apocalipsis que nos vendieron no se materializó. Todo continuó como antes. Y si bien el pueblo americano culpó a los republicanos como quería el presidente, también lo responsabilizó a él. En cuestión de una semana su índice de aprobación se desplomó a menos de 50%, según la encuestadora Gallup.
Esto, sin lugar a dudas, es lo que ha causado que ahora la Casa Blanca recalibre su estrategia política y comience esta nueva estrategia de dialogo con los republicanos. El presidente sabe que su legado está en juego y, además, es posible que se haya dado cuenta que el pueblo estadounidense no va a aguantar que se juegue a la política con el futuro del país. No obstante, esperemos que este apertura al dialogo sea sincera y que redunde en la formación del consenso bipartidista que necesitamos para resolver muchos de los problemas que nos aquejan.
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The great absentee on immigration
2013-02-11 | The Hill
During his second inaugural speech, the president proclaimed that “[o]ur journey is complete until we find a better way to welcome the striving, hopeful immigrants who still see America as a land of opportunity.” Powerful words, indeed. The problem is that, coming from him, they ring hollow.
The president loves to pontificate about immigration, but the reality is that since his administration began, he hasn’t done anything to advance the discussion of immigration and help forge the bipartisan consensus necessary to address this important issue. He’s only made promises that he hasn’t kept.
As a candidate back in 2008, he told Univision’s Jorge Ramos that “[w]hat I can guarantee is that we will have in the first year [of the presidency] an immigration bill that I strongly support.” Yet, he didn’t lift a finger to keep what Ramos called “la promesa de Obama”–Obama’s promise.
The president went at it again a few days ago in Las Vegas where he outlined his immigration reform plan and basically restated “la promesa,” saying, “I’m here today because the time has come for common-sense, comprehensive immigration reform.”
Yet, the president has done nothing to reach across the aisle to discuss his ideas on how to solve this tough issue. Since the election, in fact, he hasn’t called one Republican member to talk about immigration.
When asked in an interview why he hadn’t pro-actively reached out to Republicans, he seemed to indicate that the leadership has to come from Capitol Hill and not from him. “I am happy to meet with anybody, anytime, anywhere to make sure that this thing happens,” he said. “You know, the truth is oftentimes what happens is members of Congress prefer meeting among themselves to build trust between Democrats and Republicans there.”
The question then is: how exactly is he leading and “working on the issue” if he’s not talking to anyone on the other side? After all, the most important role of a president is of consensus builder. Presidents outline a vision to resolve specific problems the nation is facing and then work to bring legislators from both parties together. That’s what presidents have always done. A president doesn’t lead or govern just by giving speeches.
Congressman Luis Gutierrez, a Democrat from Illinois, and an unquestioned leader on immigration reform, just last month vented his frustration with the president in an interview with The Hill: “Who’s missing from these conversations is the president of the United States. When senators from both parties and members of the House are talking, when you have the Senate majority leader and Speaker Boehner both saying that this is an important priority. Who’s the one missing? The president.”
Nonetheless, as Congressman Gutierrez mentioned, the good news is that congressional Democrats and Republicans early on, right after the elections, began working together on the issue and have achieved considerable progress. Just recently, after weeks of tough negotiations and discussions, a bipartisan group of senators came out with a framework that fully addresses the immigration challenges that our nation is facing, and that strikes an appropriate balance between the legitimate security concerns of the country and our tradition of being a welcoming nation. And a bipartisan working group in the House is expected to announce a similar blueprint in the next few weeks. The only party that has not been involved in these historic and productive conversations has been the White House.
If the president is really being honest about wanting to get immigration reform done, then it would be better for him to quit for now the speaking tour, follow the example of congressional Democrats and Republicans, and work in earnest to expand the bipartisan consensus that has been achieved so far.
Many are concerned, though, that the president will only use immigration for political advantage; that he will call on Americans to mobilize and express their support for immigration reform, but won’t do anything himself to engage congressional leaders in a serious conversation about the issue. If the president chooses this path, he will surely disrupt the great progress that has been achieved so far by both parties in Congress.
Americans elected Barack Obama to be president. They didn’t elect him to be an activist or community organizer. It’s time for him to overcome his social anxiety over talking to politicians who think differently from him, and begin developing the working relationships with individual Republican members that are vital to building the trust and respect needed to reach a deal on such a complex issue as immigration.
Aguilar is the executive director of the Latino Partnership for Conservative Principles and former chief of the U.S. Office of Citizenship in the George W. Bush administration.
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2013-01-28 | La Opinión
El gobierno debe hacer ajustes y reducir el gasto como si fuera una familia
Ante una deuda que ya rebasa los 16.4 millones de millones, el presidente Obama todavía no da indicio de que esté dispuesto a recortar seriamente el gasto público. Y que quede claro: la inmensa deuda que hemos amasado, y que ha aumentado en más de 35% bajo esta administración, no se debe a que hay gente que no está pagando lo suficiente en impuestos, sino a que el gobierno está gastando dinero que simplemente no tiene.
El presidente falsamente alega que su administración está implantado un plan de reducción de déficits que busca reducir $4 millones de millones de la deuda en un periodo de diez años. Según el presidente, la administración ya ha logrado cortar $2.5 millones de millones, lo que, de acuerdo a él, permitiría que estabilicemos la deuda muy pronto.
El problema con el argumento del presidente es que sus números son engañosos. Incluye en sus números ahorros, como lo que se va a dejar de gastar en las guerras de Afganistán e Irak, y los ahorros de $800 mil millones dólares en pagos de la deuda, como reducción de gastos. Estos, no obstante, no son realmente recortes al presupuesto.
Lo que necesitamos son reducciones reales al gasto público, en particular a las prestaciones sociales que en el 2012 constituyeron casi el 62% de todo el gasto. Se requiere además una reforma del Medicare y el Seguro Social. Pero estos recortes y reformas requieren decisiones difíciles y el presidente no está dispuesto a tomarlas.
En el 2010 el presidente firmó la ley de control de presupuesto que requería que la Casa Blanca trabajara con los Republicanos para identificar recortes al gasto público. Pero en vez de buscar un gran acuerdo para lograr recortes verdaderos al gasto, el presidente desperdicio estos dos años, jugando a la política con este tema, argumentando que los problemas fiscales que tiene la nación, se deben a que los ricos no aportan lo que debieran al fisco. El presidente incluso ignoró los recortes recomendados por la Comisión bipartidista que el mismo nombró para determinar cómo reducir la deuda y que presidieron el ex-senador Alan Simpson y el ex-jefe de gabinete del presidente Clinton Erskine Bowles.
Después de desperdiciar todo este tiempo, y a semanas de que la nación callera por el precipicio fiscal que la ley de control de presupuesto impuso, en caso de que no se llegara a un acuerdo, el presidente le envió a los republicanos en el Congreso un plan que no contenía ningún recorte al gasto público y que solo proponía aumentos contributivos a los más adinerados e, increíblemente, más gasto de supuesto estimulo económico.
En las negociaciones de último minuto que siguieron, el presidente nuevamente evitó llegar a un gran acuerdo para reducir la deuda al no querer incluir en las discusiones la reformas del Medicare y el Seguro Social. Al final, propuso, como era de esperarse, que se llegara a un acuerdo exclusivamente sobre el aumento de ingresos al fisco, posponiendo la discusión sobre cómo evitar el precipicio fiscal por dos meses.
Los Republicanos lograron, exitosamente, limitar el impacto negativo que los aumentos en impuestos propuestos por Obama hubieran tenido en un sector amplio de la clase media, particularmente los dueños de pequeños negocios. En vez de no extenderle los recortes contributivos que se aprobaron durante la administración Bush a aquellas parejas que generan más de 250,000 dólares como proponía la Casa Blanca, los republicanos lograron que se le dejaran de extender solamente a parejas que ganan más de 450,000. Los republicanos lograron, por tanto, hacer permanente 85% de los recortes en impuestos de la era de Bush a 98 por ciento de todos los contribuyentes; recortes a los que los demócratas se opusieron vehementemente hace diez años.
Es evidente, que la Casa Blanca y los demócratas en el senado no están interesados en trabajar con los republicanos para resolver el problema de la deuda y el gasto público. Desde que el presidente asumió su cargo, todos los presupuestos que ha sometido han contenido déficits de más de un millón de dólares, sabiendo que estos no iban a ser tomados en serio en la Cámara Republicana. Más aún, el Senado Demócrata en tres años no ha aprobado un solo presupuesto. Mientras tanto, los Republicanos en la Cámara todos los años han aprobado presupuestos, que han incluido reformas al Medicare.
El presidente demostró una vez más su falta de apertura al dialogo hace poco cuando dijo que no está dispuesto a negociar con los republicanos sobre la extensión del límite de la deuda. Y, aunque los republicanos acaban de aceptar extenderle el crédito al gobierno federal por tres meses adicionales, exigen que la Casa Blanca se comprometa a recortes auténticos al gasto.
Y no es para más. Cuando una familia normal y responsable llega al límite de su crédito, hace ajustes y sacrificios necesarios para reducir los gastos. ¿Por qué debemos permitir que el gobierno actúe de una manera diferente?
Debemos ponerle fin de una vez y por todas al gasto desmedido del gobierno. Washington está hipotecando el futuro de nuestros hijos y nietos y poniendo el futuro económico de la nación en riesgo. Es hora que el presidente actúe de una manera responsable y se ponga a trabajar y negociar con el liderato republicano en el Congreso para atender adecuadamente esta grave crisis que enfrenta el país.
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No era necesario que Romney tome una actitud ofensiva en inmigración
2012-12-15 | La Opinión
El gigante durmiente del voto latino finalmente se despertó en las pasadas elecciones y rompió decididamente a favor del presidente Obama. Los Demócratas, sin embargo, no deben hacerse ilusiones. Esto no se debió a que los latinos estuvieran satisfechos con el desempeño del presidente durante los pasados cuatro años; se debió, más bien, a que estos se sintieron ofendidos por la retórica y postura del gobernador Romney en cuanto a la inmigración.
Los resultados fueron contundentes. El voto latino, que fue 10% del electorado —14 millones de votantes— determinó los resultados en cinco estados claves: Colorado, Florida, Nevada, Nuevo México y Virginia. Romney debía ganar la mayoría de estos estados para poder prevalecer en la elección general. Sin embargo, terminó perdiéndolos todos.
Romney obtuvo solo el 27% del voto latino, 4 puntos menos que lo que recibió el senador McCain hace cuatro años y 17 puntos menos que lo que el presidente Bush recibió en el 2004.
Hay que reconocer que los latinos estaban muy molestos con el presidente por faltar a su promesa de que en el primer año de su mandato empujaría un proyecto de reforma migratoria y por su política de deportaciones masivas que está separando a cientos de miles de familias a través de todo el país. Pero, aún así, la mayoría de ellos consideraba que la alternativa al presidente era mucho peor.
Al contrario de lo que muchos analistas Republicanos, incluyendo el propio gobernador Romney, han dicho después de las elecciones, los latinos no votaron por el presidente por los supuestos “regalos” que este les hizo. Los latinos no votaron a favor del presidente por “Obamacare”, la ley de reforma de salud que este promulgó, o porque un número mayor de ellos ahora recibe algún tipo de ayuda gubernamental. No creo que los latinos estemos muy contentos de que haya más de nuestra gente recibiendo cupones de alimento debido a la crisis económica y la consiguiente falta de empleo.
La principal razón, como he dicho, que llevó a la inmensa mayoría de los latinos a apoyar la reelección del presidente fue la retrógrada posición del gobernador Romney sobre el tema de la inmigración. Si el gobernador Romney hubiera tenido una postura más constructiva sobre este tema tan importante para los latinos, hubiera sido mucho más competitivo con este creciente sector del electorado.
Lo triste es que no había necesidad de que Romney —quien honestamente no creo que sea antiinmigrante— adoptara esta demagogia ofensiva. La realidad es que la base conservadora del Partido Republicano, la que sale a votar en las primarias, no es restriccionista y no se opone a una reforma migratoria. De hecho, estudio tras estudio demuestra que los votantes Republicanos apoyan una legalización y un programa de trabajadores temporales.
El otro error garrafal de los asesores Republicanos del establishment, que demuestra además gran c ondescendencia hacia nuestra comunidad, fue asumir que después de la primaria, Romney podía ganarse a los latinos, suavizando su retórica antiinmigrante y ajustando algunas de sus posturas para sonar más positivo en este asunto. Estos señores ignorantemente no entendían que los latinos estaban escuchando la narrativa primarista de los Republicanos desde el principio y no se iban a olvidar de las barbaridades que se dijeron. No había, pues, nuevas posturas, anuncios en español o portavoces hispanos que pudieran reparar el daño. La candidatura del gobernador Romney estaba herida de muerte desde su inicio.
Espero que los resultados de estos recientes comicios electorales hagan despertar a los Republicanos y los lleven a retomar el tema de la inmigración de una manera positiva y constructiva como lo hicieron en su momento el presidente Ronald Reagan y el presidente George W. Bush. De lo contrario, el Partido Republicano está destinado a convertirse en una oposición minoritaria permanente sin un candidato que pueda ganar la Casa Blanca en varias décadas.
No quiere decir esto, claro está, que si los Republicanos regresan a una política favorable a la inmigración, se van a ganar el voto latino de la noche a la mañana, sin ningún esfuerzo.
Los Republicanos pueden volver a ganarse el apoyo de los latinos; particularmente si consideramos que la comunidad latina del presente, nutrida por la inmigración, es una mucho más conservadora. Es muy emprendedora, no quiere depender del gobierno, favorece el derecho a la vida, y cree en la familia y en el valor del matrimonio tradicional.
El camino que los Republicanos deben seguir para asegurase su viabilidad política es uno claro. La pregunta es cuándo comenzarán a emprenderlo.
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On Immigration, Romney is a Better Choice Than Obama
2012-11-01 | Fox News Latino
The fate of undocumented immigrants in the United States is undoubtedly of great concern to our nation’s Hispanic community, and under the Obama Administration their future is now even more vulnerable than ever before.
The immense majority of undocumented immigrants are hardworking and honest. They did not come to this country seeking handouts, but rather to build for themselves a better life. Overwhelmingly, they are neither criminals nor do they present a risk to the security of our communities, despite what some naysayers may believe. Quite the opposite, in fact —undocumented immigrants contribute to our economy and society through their hard work and entrepreneurship. They already form an integral part of our society and our country, as immigrants have for centuries.
It is a true injustice that politicians from both parties are allowed to play the political game with the futures and aspirations of immigrants.
Four years ago, President Obama promised over and over again that if he were elected he would advance an immigration reform bill during the first year of his presidency. During a 2008 interview with Univision’s Jorge Ramos, Obama unequivocally proclaimed that “I can guarantee… that we will have in the first year an immigration bill that I strongly support and that I’m promoting and that I want to move that forward as quickly as possible,” giving Ramos such hope about possible change that he quickly began calling it “La promesa de Obama” —Obama’s Promise. Nevertheless, despite having a Democratic majority in the House and the Senate during his first two years as President, he opted to do nothing to address this important issue. The President gave us his word and he simply didn’t keep it.
Not only did the President fail to follow through with his promise to our community, but in fact he has implemented the most aggressive deportation policy in the history of the United States. While proclaiming himself a great friend of the Latino community, he is simultaneously deporting more immigrants than any previous president in history, Republican or Democrat.
The President tells us that the number of deportations has increased because he is deporting criminals, but the government’s own statistics show us that this is not true. According to the Immigration and Customs Enforcement office, part of the Department of Homeland Security, nearly 50 percent of the people who have been deported do not have criminal records. Yet the President continues to attempt to deceive the nation’s Latino community during this election by simply repeating what he said in 2008: if elected, he would reform our broken immigration system.
Some try to tell us that the alternative in this election is worse than Obama’s on immigration, but that simply isn’t true.
Governor Romney has said that if he were elected president, he would work with Republicans and Democrats in Congress to create permanent legislative reform of our immigration system. In the Presidential Forum sponsored by Univision, Romney reaffirmed that he was “not going to be rounding people up and deporting them. We’re going to put in place a permanent solution…I will actually do what I promise, I will put in place an immigration reform system that resolves this issue.”
Moreover, contrary to what Obama would like you to think, Romney supports a version of the DREAM ACT and has called for the elimination of quotas for the immediate relatives of permanent residents.
President Obama had the opportunity to do something on immigration and chose not do anything; Governor Romney hasn’t had that opportunity.
Let’s give him, therefore, the chance to meet his promise. If he fails us, like the President failed us, we have the option of voting him out four years from now. But today, let’s give him the chance to fix our broken immigration system.
In the upcoming election we cannot afford to reward someone who has failed us and who is actively persecuting our community, separating hundreds of families throughout the country. We must make sure that our vote matters.
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Necesitamos un presidente nuevo
El candidato Republicano, Mitt Romney, merece una oportunidad
2012-10-30 | La Opinión
Este mes la caricatura del gobernador Romney creada por la campaña del presidente Obama finalmente se desvaneció. El Romney que Obama nos estuvo vendiendo desde el verano, el hombre desconectado de la realidad cotidiana del ciudadano promedio y solamente interesado en beneficiar a los multimillonarios, sencillamente no se materializó en los debates que comenzaron a principios de mes.
Todo lo contario. Desde el primer debate presidencial, en el que, de hecho, Romney apabulló al presidente, el pueblo estadounidense tuvo la oportunidad de observar a una persona totalmente distinta a la que nos habían descrito; vimos a un hombre serio, sumamente inteligente y, sobre todo, muy humano y humilde.
No nos debe extrañar, por tanto, que desde comienzos de octubre, el gobernador Romney haya subido en las encuestas y que su candidatura siga ganando “momentum”. Es evidente que los estadounidenses han respondido favorablemente al verdadero Romney y se ha identificado con su mensaje de futuro y progreso para la nación.
Y es que el pueblo estadounidense está frustrado con el rumbo que está siguiendo el país. Hace cuatro años Obama ganó las elecciones, prometiéndonos que nos sacaría del atolladero económico en el que nos encontrábamos, asegurándonos que el desempleo no rebasaría el 6%. A más de tres años de su gestión, el desempleo se encuentra estancado a alrededor del 8%, y para los latinos, a alrededor de un 10%. Cuando el presidente asumió su mandato, había 32 millones de personas recibiendo cupones de alimento, hoy tenemos 47 millones.
Y las cosas no parecen mejorar. Este año la economía creció más lento que el año pasado y el año pasado más lento que el anterior. En el último trimestre la economía creció a un ritmo de apenas 1.3 por ciento.
Ante este tétrico cuadro económico, no me parece prudente darle otra oportunidad al presidente Obama. Si sus políticas no funcionaron estos pasados cuatro años, ¿por qué pensar que van a funcionar en los próximos cuatro?
El presidente Obama apostó —y sigue apostando— en el gobierno para echar la economía a andar. Pero la realidad es que el gobierno, como hemos visto claramente durante estos pasados años, no puede crear una economía robusta. El programa de gasto público del presidente de casi un millón de millones lo único que produjo fue menos crecimiento y más desempleo.
Me parece, pues, que si queremos cambiar el rumbo que ha tomado nuestra economía, tenemos que cambiar la filosofía de gobierno que actualmente domina Washington y darle la oportunidad a otra persona, a otra visión económica. Los debates de este mes están llevando a la mayoría del pueblo americano a concluir que el gobernador Romney es esa persona que nos puede ofrecer un camino alterno.
El gobernador Romney, en efecto, tiene una visión muy distinta a la del presidente. Él reconoce que solo la empresa privada puede fomentar un verdadero y saludable crecimiento económico que lleve a la creación vigorosa de empleos. Por eso, ha propuesto un plan que busca reducir la participación del gobierno en la economía para facilitar e incentivar la expansión del sector privado. El gobernador propone disminuir considerablemente el gasto público, eliminar onerosas regulaciones gubernamentales de la empresa, y mantener las contribuciones que pagan las empresas —particularmente las pequeñas— a un nivel bajo.
Otro reto que enfrenta la nación para el cual necesitamos nuevo liderato es el de inmigración; un asunto que es de suma importancia para nosotros, los latinos.
El candidato Obama nos prometió, una y otra vez, hace cuatro años, que de salir electo, en el primer año de su mandato, empujaría un proyecto de reforma migratoria. Sin embargo, a pesar de tener una mayoría demócrata en la Cámara y en el Senado en Washington, optó por no hacer nada para atender este importante tema. El presidente nos dio su palabra y sencillamente no la mantuvo.
Pero, el presidente no solo dejó de cumplir con su promesa a nuestra comunidad. El presidente Obama ha implantado la política más agresiva de deportación en la historia de los Estados Unidos. El mismo que se proclama como nuestro amigo, ha deportado más inmigrantes que cualquier otro presidente en la historia.
El presidente nos dice que el número ha aumentado porque él está deportando criminales, pero las propias estadísticas del gobierno nos muestran lo contrario. Hasta 50% de las personas deportadas hasta el momento no tienen antecedentes penales.
No podemos recompensar a alguien que nos falló y que está activamente persiguiendo a nuestra comunidad, separando miles de nuestras familias a través de la nación. Necesitamos un nuevo líder.
Durante los debates el gobernador Romney dijo claramente, que, de convertirse en presidente, buscaría trabajar con demócratas y republicanos en el Congreso para alcanzar una reforma legislativa permanente de nuestro sistema de inmigración. También dijo que se opone a las deportaciones en masa y a las redadas.
El presidente tuvo la ocasión de hacer algo y no lo hizo. ¿Qué nos hace pensar que en un segundo término haría algo para adelantar el tema?
Démosle ahora la oportunidad al gobernador Romney. Si nos falla, como nos falló el presidente, ya sabemos que hacer de aquí a cuatro años. Pero, ahora, démosle la oportunidad.
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2012-9-26 | La Opinión
Ni los Demócratas ni Obama representan los valores latinos
La Convención del Partido Demócrata realizada hace un tiempo en Charlotte, North Carolina, demostró como este partido, bajo el liderato del presidente Barack Obama, se encuentra dominado por la izquierda cultural. De hecho, prácticamente todos los líderes que desfilaron por el podio expresaron insistentemente su apoyo al aborto y al matrimonio de personas del mismo sexo. Desde el alcalde de San Antonio, Julián Castro, a la primera dama, Michelle Obama, todos los oradores declararon su compromiso con estas causas.
Más aún, por todas partes se veían, durante los tres días de la convención, banderines y letreros haciendo alusión a los “derechos gay” y al supuesto derecho de la mujer a decidir abortar a su bebé no nacido. Este encuentro no parecía la convención de uno de los dos principales partidos del país, sino más bien, un mitin de “hippies” y extremistas.
Al inicio, por ejemplo, los coordinadores de la convención quisieron que la controvertible activista pro-aborto, Sandra Fluke, ofreciera uno de los principales discursos de la noche. Fluke se hizo famosa meses atrás cuando, como estudiante de Derecho en la Universidad de Georgetown, hizo una presentación a un grupo de miembros demócratas del Congreso en el que manifestó su firme oposición a que instituciones afiliadas a iglesias, por razones de conciencia, puedan optar por no ofrecer anticonceptivos libre de costo a sus empleados o, en el caso de las universidades, a sus estudiantes.
Y en la última noche de la convención, la hija del expresidente John F. Kennedy, Caroline, siguió el tono extremista de la convención al decir “como una mujer católica, yo tomo la salud reproductiva seriamente, [la cual] hoy en día está bajo ataque”. ¡Mujer católica! Estoy seguro que la señora Kennedy sabe muy bien que la doctrina de la Iglesia católica se opone contundentemente al aborto y la salud reproductiva que defienden los demócratas. “Como católica”, la señora Kennedy debería saber que su comentario para los católicos es básicamente sacrílego.
El momento emblemático de esta convención, sin embargo -que, en efecto, es representativo de todo el radicalismo que se percibió en este encuentro-, se dio cuando el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, prácticamente le imploró a los militantes radicales de su partido que incluyeran a Dios en la plataforma del partido. Resulta que el texto de la plataforma que fue aprobada por el comité encargado de redactarla, y que fue revisado por la propia campaña de reelección del presidente Obama, excluyó por primera vez en la historia de esta colectividad política toda referencia a Dios. En específico, se aseguraron que la palabra “Dios” no apareciera en lo absoluto en el texto de la plataforma.
De más está decir que es sorprendente que en un país como el nuestro, fundado en la creencia de un ser supremo, como articulado en la Declaración de Independencia, que habla del “Creador”, de la “Divina Providencia” y del “Dios de la naturaleza”, y como expresado en nuestro lema oficial -”In God We Trust”-, “En Dios Confiamos”, uno de nuestros principales partidos políticos busque ponerle fin a nuestra tradición patriótica de reconocer al Todo Poderoso en sus principales declaraciones y manifiestos. Pero, parece que el Partido Demócrata bajo Obama ha decido claudicar por completo a organizaciones extremistas como el American Civil Liberties Union que quieren sacar a Dios y la Iglesia de la plaza pública.
Los republicanos se dieron cuenta de esta terrible omisión y alzaron su voz el primer día de la convención, lo que provocó que la campaña de Obama, que aparentemente pensaba que nadie se iba a dar cuenta de su atea maniobra, para evitar el escándalo, inmediatamente se moviera para que se enmendara la plataforma para incluir una mención del divino creador.
Así, pues, Villaraigosa llevó al pleno de la asamblea para votación a voz dicha enmienda, pensando que fácilmente sería aprobada por los delegados comprometidos con el presidente Obama. Jamás pensó el alcalde que la inmensa mayoría de los delegados después de ser interpelados una, dos y hasta tres veces por él, votaran de manera claramente audible en contra de la enmienda, en contra de Dios.
Desesperado el alcalde, ante la renuencia de fieles radicales del presidente a seguir el plan políticamente correcto concebido por los propios asesores del Comandante en jefe, en vivo y todo color, se atrevió a decir que la asamblea había votado por dos tercios a favor de la enmienda. Es decir, que el no de los delegados realmente era un sí.
En fin, que quedó claro ante todos que la base política de Obama rechazó a Dios tres veces, y que a diferencia de San Pedro, el arrepentimiento del presidente no fue genuino, sino una mera movida acomodaticia para evitar ataques políticos.
Nosotros los latinos somos gente de fe. Creemos en la familia, y en el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural. No creo que esta convención ni el liderato actual del Partido Demócrata, encabezado por el presidente Obama, sean representativos de nuestros valores. En noviembre asegurémonos que nuestro voto cuente y que votemos por nuestros valores.
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2012-8-10 | La Opinión
Obama trata desesperadamente de cambiar el tema de discusión pública
Hace cuatro años, el entonces candidato Barack Obama nos prometió que nos sacaría del hoyo económico en el que nos encontrábamos y, que en el proceso, fomentaría la creación de cientos de miles de empleos. El señor Obama nos dijo, además, que si no lograba hacer esto en tres años, su incumbencia en la Casa Blanca, sería “una proposición de un término”.
Pues, bien, a más de tres años del comienzo de su mandato, y aunque técnicamente hemos salido de la recesión, la economía se encuentra prácticamente paralizada, creciendo a un ritmo demasiado lento -1.5% en el último trimestre- y el desempleo ha aumentado exponencialmente, estancándose a alrededor de 8%al día de hoy.
Para los latinos la situación es aún peor. El nivel de desempleo es mucho más alto que el promedio nacional. De hecho, en el mes de junio el desempleo entre los latinos aumento de 10.3% a 11%.
A pesar de este estancamiento -y en el caso de los hispanos: un empeoramiento- en el desempleo, el Presidente, al reaccionar a estas estadísticas, asombrosamente declaró que “eran un paso en la dirección correcta”. (¡Esperemos que el presidente tenga un muy mal sentido de la dirección!).
Ante la ausencia de una verdadera recuperación económica durante los pasados tres años, el Presidente claramente está preocupado de que su propio pronóstico se haga realidad y que en noviembre se convierta en un mandatario de un solo término. Es por esto que ahora trata desesperadamente de cambiar el tema de discusión pública.
En vez de explicarnos por qué no pudo cumplir con sus promesas de campaña en el campo económico, el Presidente nos trata de distraer con una retórica de lucha de clases, según la cual él es el defensor de la clase media, mientras que su oponente, el gobernador Romney, representa la clase adinerada que quiere amasar más riquezas a costa de la clase trabajadora. Y, si hay desempleo, no es por sus políticas fallidas, sino por la avaricia de ricos como Romney.
La campaña de Obama señala continuamente que Romney es rico -como si esto fuera un pecado- y busca insistentemente que divulgue sus planillas contributivas de los pasados 10 años para hacer pública toda su fortuna y tratar de argumentar que no tiene nada en común con el ciudadano promedio. (Curiosamente Obama no ha entregado a la prensa su record médico y universitario como han hecho todos los candidatos a la presidencia en el pasado).
Parte de la estrategia es criticar el desempeño de Romney como fundador y principal oficial ejecutivo del fondo de inversiones de Bain Capital, argumentando que esta firma se dedicó a desbandar compañías americanas y enviar empleos al extranjero. De llegar a la presidencia, nos sugieren, haría lo mismo que hizo en Bain.
Este argumento, sin embargo, es totalmente falso. Bain tiene un historial sumamente exitoso e impresionante en ayudar a crear algunas de las más importantes compañías como Staples y the Sports Authority, y ha contribuido a crear cientos de miles de trabajos en Estados Unidos. Como dijo el ex presidente demócrata Bill Clinton, el record de Bain es “impecable”.
Obama, por otra parte, no es quien para criticar a firmas como Bain. Gracias a las políticas económicas de esta Administración -de más regulaciones y más impuestos- millones de trabajos se han ido al extranjero.
En su afán de responsabilizar a aquellos que él considera ricos por la grave situación económica, el Presidente ahora vuelve a proponer aumentarles los impuestos a las familias que ganan más de $250 mil dólares. Específicamente, quiere extender por un año los recortes contributivos que se aprobaron durante la Administración Bush únicamente a aquellas familias que ganan menos de 250 mil dólares.
Siguiendo una retórica de corte socialista, Obama insiste que las familias que ganan más de dicha cantidad deben pagar su “proporción justa” de impuestos. Obama, sin embargo, parece no entender que muchas de las familias que ganan más de $250 mil dólares no son ricas en lo más mínimo, sino que pertenecen más bien a la clase media que él dice que quiere defender. También ignora que las familias que ganan más pagan la mayoría de todos los impuestos recaudados. En el 2009, las personas que ganaron $112 mil dólares o más -un 10% de todos los contribuyentes- pagaron el 71% de todos los impuestos recibidos por el Servicio de Rentas Internas.
De más esta decir que esta propuesta de ninguna manera ayudaría a revertir la crisis económica. Todo lo contrario: la empeoraría. De acuerdo a un estudio realizado por la reconocida firma Ernst & Young, la propuesta de Obama haría que se perdieran 700,000 empleos.
En su cruzada en contra de la clase adinerada, el Presidente incluso ha llegado a hacer declaraciones en defensa de una mayor intervención del Gobierno en nuestras vidas, que parecen ataques a los principios de responsabilidad e iniciativa individual característicos del sistema de libre empresa de nuestro país. En un discurso reciente el Presidente, haciendo referencia a los empresarios que comienzan y desarrollan sus propias compañías, dijo: “Si usted tiene una empresa, usted no la construyó. Alguna otra persona logró que eso sucediera”.
Si bien es cierto que el Gobierno nos ayuda en nuestras vidas proveyendo ciertos servicios básicos -educación, infraestructura, etc.-, el éxito de un empresario no depende del Estado, sino de su propia iniciativa, de su creatividad y del sudor de su frente. Esto es, en fin, en lo que se basa el sueño americano.
Preocupado por sus posibilidades de ser reelecto, el Presidente apuesta a dividir para conquistar. Pero ni los ataques personalistas a Romney ni la embestida en contra de las personas que han tenido éxito económico nos deben distraer de la realidad: que la economía está muy mal y que, gracias al Presidente, esta no mejora.
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2012-6-26 | La Opinión
Como muchos, me alegré al escuchar el anuncio del presidente Obama de que su administración había tomado la decisión de no deportar a aquellas personas que hayan entrado al país ilegalmente cuando eran menores de edad; en otras palabras, a esos jóvenes indocumentados que hoy llamamos “dreamers” -”soñadores”- porque ansían poder quedarse en este país en el que se han criado y con el cual ya se identifican plenamente.
Estos muchachos son americanos. Muchos no conocen su país de origen y tampoco hablan su idioma natal. Y es injusto que se les penalice por una infracción a la ley que ocurrió cuando eran menores de edad o por la cual no son directamente responsables.
Bajo esta nueva regla del Departamento de Seguridad Interna, de acuerdo al Instituto de Política de Migración, aproximadamente 1.4 millones de jóvenes se beneficiarían. Se estima que de estos, alrededor de medio millón, tienen menos de quince años de edad.
Aunque le doy la bienvenida a esta nueva norma porque les brinda algún alivio a estos jóvenes que sufren y viven en ansiedad día a día por el miedo de ser deportados, debo señalar que este remedio es uno temporal y, francamente, deficiente. Esta acción administrativa no les da un status legal a estas personas. Los deja en un limbo indefinido. Estos muchachos se merecen más que meramente saber que no van a ser removidos.
No obstante, el presidente Obama prefirió jugar a la política con las aspiraciones y esperanzas de estos jóvenes, en vez de ejercer su liderato y acudir al Congreso para buscar una solución permanente y real para ellos. En vez de darles pan, les ofrece migajas.
El presidente alega que tuvo que actuar de esta manera pues, según el, los republicanos se han opuesto a votar a favor del llamado “DREAM Act “, el proyecto de ley que regularizaría a estos jóvenes que quieren estudiar o servir en las fuerzas armadas. Como evidencia menciona el voto en contra de esta medida por todos los senadores republicanos en el 2010.
El presidente no nos dice la verdad. En primer lugar, el “Dream Act” se trajo a votación en el Senado durante lo que se conoce como la sesión “lame duck”, esos últimos dos meses de la sesión legislativa después de unas elecciones en la es muy difícil aprobar un proyecto de ley.
Más aún, la Casa Blanca y el liderato demócrata en el Congreso tampoco les hicieron un acercamiento serio a los republicanos para discutir la medida. Sencillamente se presentó para un voto a favor o en contra, sin que se les permitiera a los republicanos presentar enmiendas como algunos querían.
La presentación del proyecto no fue más que una movida política para asegurarse que los republicanos votaran en contra de la medida y así poder hacerlos quedar mal ante el electorado latino. No había una intención auténtica de pasar esta ley.
La Casa Blanca y los demócratas en el Congreso sabían que los latinos estaban sumamente molestos con el presidente por incumplir su promesa de empujar una reforma migratoria durante el primer año de su mandato y necesitaban hacer algo para tratar de cambiar la narrativa sobre el tema y así tratar de volver a echarse en el bolsillo a nuestra comunidad.
En los pasados dos años, como entonces, el presidente no ha propiciado una discusión abierta y honesta con el liderato republicano sobre el tema de inmigración, mucho menos sobre el “Dream Act”. Pensémoslo: sabiendo que el senador republicano Marco Rubio ha estado en los pasados meses proponiendo la idea de presentar un “Dream Act” alternativo, ¿no podía el presidente llamarlo para tratar de crear el consenso bipartidista que se necesita para aprobar esta legislación?
La verdad es que, desde que comenzó su mandato, el Presidente Obama ha usado el asunto de la inmigración exclusivamente para fines políticos, para tratar de congraciarse con los votantes latinos y para tratar de pintar a los republicanos como los malos de la película.
La reacción del candidato republicano a la presidencia, sin embargo, ha sido verdaderamente esperanzadora. El Gobernador Mitt Romney en su discurso de la semana pasada ante la Asociación Nacional de Oficiales Latinos Electos (NALEO por sus siglas en ingles) criticó la decisión de la administración por ser una temporal y se comprometió a trabajar con demócratas y republicanos para buscar soluciones permanentes al problema de la inmigración a través de legislación.
Romney propuso darles un paso a la ciudadanía a aquellos jóvenes indocumentados que desean servir en las fuerzas armadas. También propuso eliminar las cuotas para los cónyuges e hijos de residentes permanentes para que estos puedan entrar al país inmediatamente como inmigrantes y eventualmente hacerse ciudadanos.
En noviembre los votantes latinos podrán, por tanto, escoger entre un presidente que no puede y no quiere trabajar con el Congreso para pasar legislación que provea soluciones constructivas y permanentes al problema migratorio y un candidato republicano que sí está comprometido a hacerlo.
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President’s hypocritical stance on immigration
2012-6-11 | Politico
The Obama campaign likes to portray the president as Latinos’ No. 1 advocate on immigration. They know that President Barack Obama’s reelection needs the same level of support that he got from Latino voters in 2008. The problem, however, is that the campaign’s assertion is false. Obama’s record, in fact, shows that he has deported more immigrants than any president since 1892, when recordkeeping began.
First, consider Obama’s 2008 campaign promise that he would tackle immigration reform his first year in office. He now has to explain why he failed to do this: “The challenge we’ve got on immigration reform,” Obama said in a Univision interview last month, “is very simple. I’ve got a majority of Democrats who are prepared to vote for it. And I’ve got no Republicans who are prepared to vote for it.”
This is a lie. Obama had a Democratic majority in both houses of Congress during his first two years. He could have gotten something done. Yet he chose to completely ignore the issue. He was determined to ram through Congress “Obamacare” and a massive stimulus bill. But it seems he didn’t have the same level of commitment in resolving our immigration problem.
In addition, while Obama gives flowery speeches about how he wants to get something done on immigration, he hasn’t reached out to Republicans to find common ground. Though he keeps holding immigration summits at the White House — largely designed for Latino media coverage — with Latino Democrats, former Bush administration officials and Latino actors and celebrities, he has yet to call the GOP leadership for a constructive conversation about this pressing matter.
But what makes Obama the most anti-immigrant president in recent history is his policy of massive, systematic deportations. He has now deported more than 1.2 million people, breaking up hundreds of thousands of families.
Obama says the number of deportations has gone up because his administration is focusing on the removal of criminals. Yet less than 50 percent of the people removed have a criminal conviction, according to the Homeland Security Department’s own statistics. For example, 387,000 people were deported in 2010, of which only 169,000 had committed a crime.
The statistics also show that the large majority of deportations are Latinos. Roughly 73 percent are from Mexico, 8 percent from Guatemala, 6 percent from Honduras and 5 percent from El Salvador.
Remember, this is a president who talks indignantly about the immigration enforcement laws passed by GOP legislators in Arizona, Alabama, Georgia and South Carolina — calling them “misdirected” and “bad law.” He has even instructed his Justice Department to challenge them in court.
I’m not defending those laws. They’re bad policy because they unfairly criminalize hardworking people who pose no threat to our communities and who our country needs to expand our economy and create jobs.
Obama’s deportation policy, however, is tougher and more punitive than any of these states. Arizona Sheriff Joe Arpaio may round up and detain undocumented immigrants — but he can’t deport them. Only Obama can do that. And he is — massively and systematically.
Clearly, Democrats want to make sure the public, especially Latino voters, don’t learn the facts. That the amicable Dr. Jekyll the White House projects on immigration is actually an unfriendly Mr. Hyde. They know it would be hard to continue demonizing Mitt Romney and the GOP over immigration if people learned the president’s true record.
The more Latino voters learn about Obama’s hypocrisy regarding immigration, the more they will decide not to reward him in November.
Many, in fact, may decide that, as bad as some of Romney’s immigration comments may have been during the primary, there’s no way that, as president, he could be any worse on immigration than Obama. Latinos may even view Romney’s much-mocked plan of “self-deportation” as a more compassionate approach than Obama’s policy of mass deportations.
After all, inviting undocumented immigrants to leave sounds better that forcefully removing them.
Latinos may remember that under Republican presidents they fared better on immigration. They may remember that President Ronald Reagan signed the last major immigration reform bill and President George W. Bush fought hard for a new overhaul of our dysfunctional immigration laws.
Perhaps they’ll come to realize, as I have, that there is a far better chance of getting constructive immigration reform with Romney than the current White House resident.
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2012-5-8 | La Opinión
Acaba de salir el informe de empleos para el mes de abril y el desempleo se encuentra estancado en 8.1%. Y probablemente sea mayor, si consideramos que los cálculos del gobierno no cuentan a aquellas personas que han dejado de buscar empleo, que se estima pudieran ser más de 6. 5 millones.
Para los latinos, la situación es todavía peor. El desempleo entre los hispanos se encuentra en 10.3%, 2.2% más que el nivel nacional.
El Departamento de Trabajo reportó que en abril apenas se crearon 115,000 empleos, mucho menos de los 168,000 trabajos que los economistas proyectaban se iban a crear. Consideremos que para que regresemos a los bajos niveles de desempleo que predominaban antes de la recesión, necesitamos que se creen, por lo menos, 250,000 empleos mensualmente.
Como si esto fuera poco, los economistas siguen diciendo que la economía en el 2012 continuará creciendo a un ritmo pírrico de no más de 2%.
Esto nos debe hacer pensar en lo que confiadamente dijera el presidente Obama en una entrevista de prensa, poco después de asumir su cargo, refiriéndose a su plan para sacarnos de la crisis económica: “Si no logro esto en tres años, entonces esto [su incumbencia] será una proposición de un solo término”. Ante el tétrico cuadro económico que el país enfrenta, y a justo tres años del comienzo de esta administración, si nos dejamos llevar por las propias palabras del presidente, podemos concluir que su plan económico ha fracasado rotundamente.
El presidente Obama apostó al gobierno para sacarnos del atolladero económico, ignorando que es el sector privado -la empresa- y no el estado, el que genera crecimiento económico y crea empleos. Obama implantó un programa de gasto público masivo -de supuesto “estímulo económico”- de casi un billón de dólares que requirió que el gobierno -ya con un una deuda grande- pidiera prestado muchísimo más dinero. Y al pedir prestado tanto dinero se redujo enormemente el dinero en el sector privado para gastar e invertir y crear actividad económica y eventualmente más trabajos.
La Casa Blanca, no obstante, les puso todavía más trabas a los creadores de empleo en el sector privado a través de excesivas regulaciones gubernamentales. Apenas en los primeros 26 meses de su administración, el gobierno aprobó 75 nuevas regulaciones de gran envergadura que le imponen a la empresa privada aproximadamente $40,000 millones en gastos estimados de negocio.
De más está decir que las nuevas regulaciones, nuevos impuestos y nuevos mandatos a la empresa privada que impone la Ley de Reforma de Salud -el llamado “Obamacare- también serían devastadora para la empresa privada, particularmente para los pequeños negocios. Muchos han dejado de expandir operaciones y reclutar nuevo personal por miedo al impacto de esta ley.
De hecho, la principal razón del desempleo no son los despidos. Sí, es cierto que durante la recesión los despidos aumentaron como era de esperarse. Pero, los despidos se mantuvieron a un nivel moderado. Durante la recesión del 2000 al 2001, por ejemplo, la cual fue mucho más leve que la que acabamos de pasar, se eliminaron mucho más plazas de trabajo. La causa más significativa del desempleo fue –y continúa siendo- la aguda caída del reclutamiento por la empresa privada ante la incertidumbre económica que ha creado la administración con sus políticas de expansión gubernamental.
Tristemente, el presidente no parece acabar con su ataque a la empresa privada. Ahora, argumentando que es necesario, para reducir el déficit y echar a correr la economía, vuelve a amenazar con mayores cargas contributivas para las personas adineradas. Últimamente ha estado hablando de implantar la “regla Buffet”, propuesta por su amigo y contribuyente de campaña, el multimillonario americano, Warren Buffet, que les aumentaría los impuestos considerablemente a aquellas personas que generen más de $1 millón de dólares en ingresos.
A parte de que la “regla Buffet” solo generaría 47,000 millones de dólares en diez años, lo que no es nada considerando que la deuda pública ya supera los $16 billones, lo único que logra el imponerle más impuestos a la gente rica es poner más obstáculos a la inversión privada en la economía.Hay que entender, primero que nada, que muchos de estos supuestos “millonarios” realmente son dueños de pequeños negocios que radican su planilla por las ganancias de sus negocios como individuos. Al tener que pagar más impuestos, lógicamente tendrán menos dinero para expandir sus operaciones y abrir más plazas de trabajo.Por otra parte, las personas que ganan más de un millón de dólares, además que son ya los que más dinero contribuyen al fisco, son también las personas que invierten más capital de riesgo en nuevas empresas y proyectos que generan cientos de miles de empleos.
El problema no es que los ricos pagan menos que la clase media como sugiere Obama con su retorica de lucha de clases. El problema es que hay que bajarles los impuestos a todos por igual para que todos tengamos más dinero para invertir en la economía.
El presidente nos prometió al inicio de su gobierno que el lograría una recuperación económica en cuestión de tres años. Esos tres años han pasado y la realidad es que nuestra economía está estancada y que millones de americanos están pasando difíciles momentos. Que ahora no trate de culpar a su antecesor por el descalabro actual. La economía sigue como está porque sus políticas económicas han sido un desastre.
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2012-4-11 | La Opinión
Hoy en día, cada vez que vamos a llenar el tanque de gasolina de nuestros carros, nos damos cuenta de lo caro que está el combustible y que su precio continúa en aumento. Desde que el presidente Obama asumió su mandato, el costo de la gasolina se ha disparado, desde aproximadamente $2 dólares en el 2009 a $3.58 dólares en el presente, en el ámbito nacional; es decir, un aumento de 74%.
Esto tiene por supuesto un impacto muy serio para las familias trabajadoras, las cuales ya manejan un presupuesto apretado. Tristemente, no solo van a tener que pagar más por la gasolina de sus carros, sino también por muchos bienes y servicios básicos cuya producción depende de la industria del transporte.
Más aún, los altos costos del combustible también tienen un terrible impacto en la economía. Si la gente gasta más en gasolina, tendrá menos dinero para cubrir sus necesidades básicas y para ir al cine y a restaurantes y para comprar en tiendas; en fin, tendrá menos dinero para invertir en la economía, lo que significa que esta seguirá estancada y generando pocos empleos.
Muchos dirán que esto no es culpa del presidente Obama; que el petróleo es un commodity global cuyo precio varía dependiendo de un sinnúmero de factores que están fuera de las manos del Gobierno de los Estados Unidos. Apuntan a la inestabilidad política en el Medio Oriente, particularmente la amenaza nuclear de Irán, un importante productor de petróleo, el gran aumento en la demanda por el crudo en países como China e India, más las decisiones de los especuladores en Wall Street, como posibles razones para el descomunal aumento en los precios del petróleo.
Sin lugar a dudas, en un mercado global, hay una variedad de eventos que impactan el precio de un producto, pero decir que los Estados Unidos no puede hacer absolutamente nada para controlar el costo del crudo, por lo menos, en su mercado nacional, me parece errado, especialmente considerando las abundantes reservas de petróleo que existen en este país que no han sido explotadas.
Este presidente pudo haber tomado acción una vez comenzada su administración para expandir la exploración y producción petrolera en los Estados Unidos para aumentar la oferta local y así mantener bajos los precios de la gasolina, pero sencillamente se cruzó de brazos.
Aunque el presidente dice que su política energética se basa en una estrategia de “todas las anteriores” que supuestamente busca promover todas las posibles fuentes de energía, desde las fósiles a las alternativas, como la solar y la eólica, la realidad es que se han enfocado casi exclusivamente a desarrollar la “energía verde” a expensas de la perforación petrolera.
Que quede claro: no tengo ningún problema en que se dediquen recursos para desarrollar nuevas tecnologías energéticas que nos hagan menos dependientes de las fuentes convencionales de energía. Creo que es imperativo que continuemos fomentando la investigación en tecnologías innovadoras como la energía de hidrógeno y los bio-combustibles. Debemos reconocer, no obstante, que no vamos a poder contar con estas nuevas tecnologías de la noche a la mañana. Por lo que es esencial que en el futuro inmediato continuemos dándole prioridad al petróleo.
El Presidente, sin embargo, consistentemente se ha opuesto a expandir la perforación en zonas costeras, en el Ártico y en otros terrenos federales que contienen enormes depósitos de petróleo. Según un reciente estudio del Instituto de Investigación Energética, la cantidad de crudo que es técnicamente recuperable en los Estados Unidos es de más de 1,400 millones de barriles. La administración también se ha opuesto a la construcción del oleoducto Keystone que podría traer hasta 830 mil barriles de petróleo canadiense.
La Casa Blanca dice que estas críticas son falsas pues la producción petrolera está a su más alto nivel en ocho años. Pero hay que aclarar que este aumento se debe a mayor producción en terrenos privados en Alaska, Dakota del Norte, y Texas y no a decisiones de esta administración. De hecho, la producción en terrenos del gobierno federal disminuyó del 2010 al 2011. Curiosamente, el secretario de Energía de Obama, Steven Chu, en el 2008, antes de ocupar su puesto, había dicho que favorecía que los precios de la gasolina en los Estados Unidos llegaran al mismo nivel que los de Europa. En los países europeos el costo de la gasolina es prohibitivo. Lo preocupante es que el secretario Chu aparentemente no ha cambiado de opinión. En una reciente vista en la Cámara de Representantes admitió que el objetivo de la administración no es reducir los precios de la gasolina, sino reducir la dependencia en el petróleo. Y, aunque la administración, inmediatamente trató de explicarle a los medios que el secretario no quiso decir lo que dijo, la impresión quedó de que quizás la administración efectivamente quiere que los precios de la gasolina suban “a la europea” –irrespectivamente de lo que nos cueste a nosotros en la bomba de gasolina- para incentivar el desarrollo de tecnologías alternativas y, de paso, así también complacer a los grupos ambientalistas, que constituyen un grupo político clave para la campaña de reelección del presidente.
En definitiva, el Presidente no puede lavarse las manos de esta crisis. Si hubiera promovido la perforación petrolera pro-activamente desde el primer día de su mandato, dudosamente estaríamos en esta situación. Lamentablemente, ahora estamos todos pagando, en literalidad, por su falta de liderazgo y acción.
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Ataque a la libertad religiosa
2012-2-28 | La Opinión
El presidente Obama acaba de lanzar un ataque directo y sin precedentes a la libertad religiosa en nuestro país. El Departamento de Salud y Servicios Humanos, basándose en la ley de reforma de salud del presidente, el llamado “Obamacare”, emitió hace unas semanas una directriz requiriendo que instituciones afiliadas a la Iglesia Católica, tales como universidades y hospitales, ofrezcan, como parte de la cobertura médica que brindan a sus empleados, acceso a contraceptivos, incluyendo algunos que son abortivos como la “píldora del día después”, así como servicios de esterilización. El problema aquí, por supuesto, es que la Iglesia Católica se opone moralmente al uso de anticonceptivos y a la esterilización, por lo que el mandato federal obligaría a determinadas instituciones católicas a violar los principios de su fe.
Nunca, en la historia de los Estados Unidos, el gobierno federal había atacado la libertad religiosa de una manera tan burda. Nunca, una administración -demócrata o republicana- había tratado de inmiscuirse en los asuntos que le competen a una religión particular, tratando de obligarla a hacer algo que contradice sus creencias.
Este ataque a la libertad religiosa, derecho fundamental de nuestra democracia, consagrado en la primera enmienda de la Constitución, fue rechazado y condenado inmediatamente por la jerarquía de la Iglesia Católica, pero también por los principales líderes de las otras religiones más importantes del país.
Ante esta situación, la Casa Blanca no tuvo otra alternativa que buscar lo que ellos mismo denominaron como un “acomodo”. Pero, tristemente, el acomodo resultó ser peor que la directriz inicial y sigue siendo un ataque descarado a la libertad religiosa.
Según la administración Obama, ahora las instituciones católicas no van a tener que ofrecer esos servicios. Bajo su nueva directriz, ahora le compete a las aseguradoras ofrecerle anticonceptivos libre de costo a cualquier asegurado. Esto parece una decisión muy magnánima por parte del presidente, pero en la práctica no es más que un truco para imponerse ante la iglesia.
A final de cuentas las aseguradoras le van a pasar la factura por los condones y píldoras “gratis” a sus clientes, a los empleadores. O ¿cuándo usted ha visto que una aseguradora ofrezca algo libre de costo? En otras palabras, las instituciones católicas terminarán pagando por esto, justamente lo que no querían hacer. ¡Vaya acomodo!
Por otra parte, la nueva decisión también es una imposición desmedida a la empresa privada, al requerirle que ofrezca un producto o unos servicios gratis a sus consumidores. No es como si los anticonceptivos fueran difíciles de conseguir o fueran excesivamente caros. Todo lo contrario; se pueden conseguir en cualquier farmacia a precios muy bajos. Si el estado va a obligar a las aseguradoras a repartir contraceptivos gratis, ¿por qué no les requiere también regalar píldoras de ajo para la presión, anti-estamínicos para el dolor de cabeza y otros medicamentos de uso común que no son costosos y que no son cubiertos por los seguros médicos?
Obama y los apologistas de este ataque a la primera enmienda argumentan, no obstante, que el estado puede y debe intervenir porque este es un asunto apremiante de salud femenina, lo que es patentemente absurdo pues como ya hemos dicho en la actualidad las mujeres no tienen ningún impedimento para adquirir anticonceptivos a precios sumamente bajos.
Otros dicen que es injusto que la iglesia impida que sus empleados -católicos o no- tengan acceso a anti-conceptivos, cuando la mayoría de ellos, incluso los católicos, los usan o creen que está bien usarlos. Estas personas, no obstante, fallan en comprender la amplitud de la libertad religiosa consagrada en la Constitución. Esta cobija la autonomía de decisión de la institución religiosa y su jerarquía. La iglesia, por tanto, tiene pleno derecho a establecer políticas laborales que no contraríen sus principios. Más aún, nadie está obligado a trabajar en una institución católica.
Este asunto en nada tiene que ver con el acceso a dispositivos para el control de la natalidad. Aquí lo único que está en controversia es el derecho que le garantiza la constitución a las personas y a las instituciones y organizaciones religiosas a actuar según sus respectivos credos sin intervención del estado.
Esta última decisión de la administración no ocurre en el vacío. Este presidente promueve una política secularista que busca sacar a la religión de la plaza pública. No olvidemos que a pocos meses de comenzado su mandato, el presidente viajo a Turquía y declaró que los Estados Unidos “no es un país cristiano”.Esta administración le quitó la financiación federal al programa de la iglesia católica para atender a las víctimas de tráfico humano porque este no recomienda a sus clientes el aborto como una alternativa de tratamiento. Al tomar su decisión, la administración obvió considerar que este programa es considerado como el mejor y más eficiente en la nación por expertos en esta área. Y, recientemente, la administración argumentó ante el Tribunal Supremo que el gobierno puede intervenir en el nombramiento de ministros en una iglesia. Curiosamente, todos los jueces del Supremo federal -hasta los más liberales- se opusieron a este planteamiento radical de los abogados del presidente.Nuestro sistema de gobierno se fundamenta en la defensa y respeto de unas libertades y derechos inalienables. Si el gobierno empieza a negar arbitrariamente esas garantías constitucionales, todo nuestro sistema se vendrá abajo.
Para los latinos, esta acción del presidente no es solo un ataque a la libertad religiosa, pero un ataque también a nuestra cultura en la que la religión desempeña un papel central.
Aunque el presidente haya dicho que esto es un asunto cerrado para él y que no va a cambiar su postura, varias demandas ya se han radicado impugnado la validez constitucional de esta directriz presidencial. Estoy convencido que estos recursos van a prevalecer y que el principio de libertad religiosa será reafirmado. Este último ataque del presidente a la constitución y a nuestras libertades más fundamentales deber ser y será finalmente rechazado.
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2012-1-30 | La Opinión
Las deportaciones de Obama continúan sin tregua. Inicialmente, cuando nos enteramos que la administración había removido más indocumentados en su primer año que en el último año de la administración Bush, muchos pensaron que quizás era un fenómeno pasajero, un malentendido debido a la transición de una administración a otra. Pero, al finalizar el tercer año de esta administración, es evidente que el aumento exponencial en las deportaciones no es pura casualidad. Es, en efecto, un esfuerzo bien calculado y bien coordinado por la administración de Obama para expulsar del país de manera agresiva y proactiva a los inmigrantes que carecen de estatus legal.
En los primeros tres años de esta administración, se han removido aproximadamente 400,000 personas cada año. Según Donald Kerwin del Centro de Estudios Migratorios, “la administración Obama va encaminada a deportar 1.5 millones de personas durante estos cuatro años. En comparación, en los pasados veinte años de presidentes republicanos, [Estados Unidos deportó] un total de 2.3 millones”. En fin, que este presidente se ha convertido en el líder de las deportaciones.
Irónico, ¿no? ¿No es este el presidente que se proyecta como el “amigo” de los inmigrantes y los latinos? ¿No es este el presidente que como candidato hace cuatro años se pasó criticando las redadas de la administración Bush llamándolas “inhumanas”? ¿No es este el presidente que, en la actualidad, frecuentemente ataca a los republicanos de Alabama, Arizona, Carolina del Sur y Georgia por aprobar leyes antiinmigrantes e incluso ha demandado a estos estados para paralizar la implantación de estas leyes? Pues sí, ese mismo, es el que ha desatado las fuerzas policiacas federales en contra de gente buena y trabajadora que de ninguna manera presentan un riesgo para la sociedad. Su hipocresía no puede ser más sorprendente.
La Casa Blanca, no obstante, tiene la audacia de decirnos que la única razón para el aumento en las deportaciones es que las autoridades federales de inmigración le están prestando más atención a la remoción de inmigrantes con antecedentes criminales. En otras palabras, los números están subiendo porque se están removiendo más criminales.
Pero este argumento es patentemente falso. Al analizar las propias estadísticas del Departamento de Seguridad Interna nos damos cuenta de que más de cincuenta por ciento de los inmigrantes deportados no tienen récord criminal. En el 2010, por ejemplo, 387,242 personas fueron deportadas, de las cuales solo 168,532 habían cometido un delito. La administración Obama está deportando a justos por pecadores y, en el proceso están separando cientos de familias.
Las estadísticas también demuestran que la inmensa mayoría de las personas deportadas son latinas. En el 2009, 72 por ciento de los deportados eran mexicanos.
Los latinos, sin embargo, nos estamos despertando y nos estamos empezando a dar cuenta de la falta de honestidad del discurso de Obama hacia los latinos. El Centro Hispano Pew publicó recientemente una encuesta que demuestra que 59 por ciento de los latinos se opone a las políticas de deportación del presidente. Ese número, por otra parte, seguramente es bajo pues según la encuesta, solo un 41 por ciento de los latinos están al tanto de dichas políticas. O sea, que en la medida que más latinos se enteren de lo que está pasando, mayor será la desaprobación de los latinos de esta injusta política.
Más aún, el estudio de Pew demuestra que las acciones antiinmigrantes de la administración Obama están también teniendo un impacto en el nivel de aprobación del presidente entre los latinos. De acuerdo al estudio, la popularidad del presidente con los latinos bajó de 58 por ciento al comienzo del año pasado a 49 por ciento al cierre de este.
Los estrategas políticos del presidente tienen muy presente el impacto negativo que la política de deportaciones del presidente está teniendo con la comunidad latina. Es por eso –y solo por eso- que meses atrás, la administración anunció su nuevo plan para cancelar las deportaciones de indocumentados que están en procesos de remoción, pero que no son un riesgo de seguridad.
Esta medida, sin embargo, no es más que otra movida política diseñada para engañar a los latinos. De hecho, después de que el gobierno hiciera su primera revisión de los casos en procedimiento de remoción entre diciembre y este mes, se estima que apenas 39,000 deportaciones serán paralizadas. ¿Qué son 39,000 deportaciones menos cuando la administración terminará removiendo alrededor de 1.5 millones de personas?
Hay que decirle a Obama: ¡basta ya de engaños! Nosotros los latinos podemos ver más allá de su falsa retórica hacia nuestra comunidad. Si realmente es nuestro amigo, que frene de inmediato las deportaciones en masa de gente inocente.
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2011-12-29 | La Opinión
Muchos piensan que el 2011 ha sido otro año perdido en el Congreso en cuanto a la discusión de una reforma migratoria. Y no es para más. Mes tras mes, hemos escuchado al presidente, en discursos públicos y en reuniones con grupos hispanos en la Casa Blanca, quejarse de la falta de acción congresional sobre este tema y responsabilizar a los republicanos —los “enemigos” de los hispanos, como llegó a llamarlos— por esta inmovilidad. Más aún, la prensa liberal así como innumerables estragas políticos demócratas nos relatan el mismo cuento. “El presidente y el liderato demócrata quieren aprobar una reforma migratoria”, nos informan, “pero los republicanos anti-inmigrantes no quieren tocar el tema”.
Esta conveniente apreciación de lo que supuestamente está ocurriendo en Washington, sin embargo, no corresponde a la realidad. Y es que algo verdaderamente sorprendente ha sucedido en los pasados cuatro meses que echa por tierra la percepción de los republicanos que la administración Obama y sus defensores en los medios nos quieren vender a los latinos.
En primer lugar, la Cámara de Representantes republicana aprobó el pasado 29 de noviembre el proyecto de ley H.R. 3012, radicado por el congresista Jason Chaffetz (R-UT) y conocido en inglés como el “Fairness for High-Skilled Immigrants Act”, que elimina las cuotas por país para visas de inmigrantes por razón de empleo y aumenta el limite por país de estas visas por vínculos familiares de siete a quince por ciento. Este importante proyecto se empezó a cocinar en septiembre por el liderato republicano del Comité Judicial presidido por el congresista Lamar Smith (R-TX).
Lo interesante es que los republicanos no solo presentaron la legislación, sino que también buscaron apoyo de los demócratas. El proyecto fue aprobado por el Comité Judicial en unanimidad, lo que provocó, que una vez aprobado, el congresista demócrata de Illinois y líder pro-inmigrante, Luis Gutiérrez, decidiera co-auspiciar el proyecto.
Por otra parte, del lado del Senado, el senador republicano de la Florida, Marco Rubio, siguió el ejemplo del liderato republicano de la Cámara y presentó legislación, junto al senador demócrata de Delaware, Chris Coons, que incluye esta medida.
La importancia de este proyecto de ley no puede ser minimizada. Reduciría considerablemente los enormes retrasos que enfrentan profesionales con grados avanzados de países como China e India para conseguir una visa de inmigrante para venir a trabajar a los Estados Unidos. Además, duplicaría las visas disponibles para los ciudadanos mexicanos que han sido peticionados por un pariente y que actualmente tienen que esperar periodos de tiempo excesivamente largos para reunirse con sus familias.
Pero todavía hay más. Desde septiembre los republicanos han presentado otros proyectos de inmigración de envergadura. El congresista Raúl Labrador (R-ID) introdujo un proyecto que permitiría que estudiantes extranjeros que están por graduarse de universidad con grados avanzados en ciencias y tecnología, y que tienen ofertas de trabajo, puedan cambiar su estatus migratorio de estudiante a residente permanente sin tener que salir del país como actualmente se requiere. Mientras que tanto el congresista Dan Lungren (R-Ca) como el proprio congresista Lamar Smith han radicado legislación para crear un nuevo programa de trabajadores agrícolas que facilite la entrada de miles de extranjeros al país de una manera legal, digna y rápida para trabajar en el campo. Y en el Senado, Mike Lee (R-UT) presentó una medida que dejaría que trabajadores agrícolas de la industria lechera puedan permanecer en el país por todo un año, en vez de tener que salir de este inmediatamente después que termine la temporada de trabajo según establece la ley actual.
Estas últimas acciones de los republicanos en el Congreso prueban de manera inequívoca que el presidente Obama no está siendo justo y honesto cuando acusa a los republicanos de no querer atender el difícil tema de la inmigración. Es, irónicamente, el presidente quien ha estado ausente de esta importante discusión. La administración no ha participado en la discusión de ninguna de las piezas legislativas que hemos mencionado y tampoco ha emitido comentario alguno sobre ellas.
Es evidente, por el contrario, que mientras el presidente Obama continúa con su usual demagogia sobre la inmigración con el único propósito de tratar de ganarse el voto latino, el liderato republicano en el Congreso ha estado trabajando con este asunto, buscando pro-activamente crear consenso con los demócratas. El proyecto H.R. 3012, por ejemplo, ha logrado unir a miembros del congreso que desde hace años han estado en polos opuestos del debate migratorio. Desde que se discutió el proyecto de reforma migratoria que el presidente Bush empujó en el 2007 no habíamos visto este nivel de colaboración bipartidista en el tema de inmigración.
No cabe duda. El 2011 nos trajo unos avances significativos en el tema de la inmigración. Esperemos que los proyectos de inmigración que se han presentado en el Congreso terminen exitosamente el trámite legislativo y puedan convertirse en ley pronto. Claro está, estas medidas son solo un comienzo. Mucho más se tiene que hacer para arreglar nuestro descompuesto sistema migratorio y para hacerle justicia a los millones de inmigrantes indocumentados que contribuyen con su trabajo honesto y sus valores a nuestra economía y sociedad. Aún así, un nuevo comienzo en la discusión en Washington sobre la inmigración es muy bienvenido.
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Immigration And the Party Of Reagan
Restrictionism is part of the protectionist creed and historically has been embraced by big labor and others on the political left.
2011-12-2 | The Wall Street Journal
Newt Gingrich’s comments in support of a temporary worker program and the legalization of undocumented immigrants who establish deep roots in the country have angered restrictionists on the right. As they did earlier this year when Texas Gov. Rick Perry stressed his support for in-state college tuition for undocumented immigrants, restrictionists blasted the former House speaker and presidential hopeful for not taking a “conservative” stance on the issue.
But are they ideologically correct in their attacks? Is restrictionism—the philosophy that proposes that government severely restrict the entry of immigrant workers our economy clearly needs—really the conservative position?
Absolutely not. Restrictionism, after all, is part of the protectionist creed. It contradicts the basic principles of free-market economics and historically has been embraced by big labor and others on the political left—not by conservatives. Union leaders have consistently fought to prevent companies that cannot find American workers from hiring the foreign workers they need to grow.
By contrast, until recently conservative leaders traditionally endorsed immigration as part and parcel of the free-market paradigm. As Ronald Reagan put it: “Are great numbers of our unemployed really victims of the illegal alien invasion, or are those illegal tourists actually doing work our own people won’t do? One thing is certain in this hungry world: No regulation or law should be allowed if it results in crops rotting in the fields for lack of harvesters.”
Republicans have long favored the creation of a temporary worker program like the Krieble Foundation’s “Red Card Solution,” which Mr. Gingrich referenced in the last presidential debate. The Krieble plan would discourage illegal immigration and would allow the market—rather than the federal government—to determine how many visas are needed.
Long before the Red Card Solution was proposed, Republicans supported legalization for those immigrants who came to work and over time raised families and became contributing members of the community—because it is the right thing to do. As social conservatives with strong family values, Republicans inherently understand the importance of keeping families together.
Why then are the conservative credentials of Messrs. Gingrich and Perry being questioned? Aren’t their positions in line with the Gipper’s? Ironically, it is their accusers who are not being true to conservative principles. Many echo the anti-immigration sentiments of such restrictionist groups as the Federation for American Immigration Reform, NumbersUSA and the Center for Immigration Studies, which are anything but conservative. These groups are mostly led by population-control activists and radical environmentalists who agree with the absurd Malthusian premise that people are pollution.
While the majority of Republicans don’t agree with the restrictionist view of the world, too many remain silent for fear of being labeled soft on illegal immigration. Thus the vitriol on immigration one often hears comes from a minority of Republicans like former Colorado Rep. Tom Tancredo, who in an op-ed for Politico in August—titled “Rick Perry not a true conservative”—compared the Texas governor to Mexican-American labor leader César Chávez.
Conservatives understandably support the rule of law and are concerned when it is violated. But most also are compassionate to those who are less fortunate but trying as best they can to better themselves. That’s why Messrs. Gingrich and Perry are to be commended, not ridiculed, for having the strength to stand their ground on immigration. Mr. Gingrich made this clear in the last debate when he said he was “willing to take the heat” from his own party on this crucial subject.
Both men have unquestionable conservative credentials. They are pro-life, support and defend the sanctity of marriage, are advocates of a strong national security, and believe passionately in small government and states rights. And because they are free-market Reagan conservatives, they believe that immigration, as George W. Bush used to say, makes us more, not less American.
I hope this signals that conservatives within the GOP are now ready to take back the immigration issue from the restrictionists in their midst. The question all Republicans must ask themselves is whether they are going to allow their party to be controlled by the ideas of big-labor restrictionists or the ideas of free-market conservatives like Ronald Reagan. The answer should be clear.
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