El Show de Alfonso Aguilar

Columnas de Opinión

A Better Guest Worker Program

2014-7-8 | The New York Times

The surge of unaccompanied minors entering through the southern United States border illegally is just another crisis produced by our dysfunctional immigration system. Contrary to the narrative of some opportunistic politicians and pundits, this unfortunate situation is not the result of the Obama administration failing to enforce the law. In reality, most would-be-migrants believe that crossing the border has become much more difficult, and in the last decade, the U.S. government has greatly strengthened border security and interior enforcement.

Increased violence in Central America – mainly El Salvador, Guatemala and Honduras – is said to be the immediate reason so many children are now coming to our borders alone. But many of these children are making the dangerous journey to reunite with their parents, who came here looking for a good-paying job and a better future.

Redirecting more resources to the border to better manage this influx of minors, as the administration has pledged to do, is merely a band-aid to the symptom. And focusing on border security, domestic enforcement and legalizing the undocumented isn’t the answer either.

To deal with America’s current immigration challenges, we need an effective guest worker program that allows U.S. employers, who cannot find American workers, to legally bring in the help they need from abroad. Our current system is breaking up families. Parents who have come here to work are unable to return home because they would have to re-enter the U.S. illegally to continue working. For migrant workers, there is no “line” to legally enter the country.

To stem the tide of people – adults and children – trying to illegally enter the U.S., we must create a guest worker program that is easy for employers to use and fully responds to the demands of our labor market. This will facilitate a circular flow, allowing migrants to come to work, return to their home country to be with their families and then re-enter legally when it’s time to begin working again.

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La pequeña ventana de la reforma migratoria

Al liderato demócrata en el Congreso le interesa más jugar a la política con la reforma que buscar una manera de pasarla

2014-6-7 | La Opinión

Tanto el presidente Obama como el liderato republicano del Congreso nos dicen que existe una “pequeña ventana” de tiempo para que se apruebe una reforma migratoria en la Cámara de Representantes. Y tienen razón. Si la Cámara no pasa un proyecto de reforma antes del receso del Congreso en agosto, es prácticamente imposible que se apruebe algo este año. Recordemos que a partir de septiembre los miembros de la Cámara estarán enfocados casi exclusivamente en las elecciones de noviembre.

Pero, ¿existe realmente la voluntad política en ambos partidos para hacer algo en estos dos o tres meses que nos quedan, o es esta “ventana” más bien una ilusión creada por los políticos de ambos partidos y la reforma ya está muerta? Como optimista que soy, no me atrevería a decir que la reforma está muerta, pero siendo objetivo, debo decir que definitivamente agoniza.

Basado en mi observación de cómo este tema se ha estado desarrollando en el Congreso durante los pasados meses, he llegado a la conclusión de que en estos momentos no hay un esfuerzo auténtico por parte de demócratas y republicanos para empujar un proyecto de ley de inmigración.

La Casa Blanca continúa estando totalmente ausente de toda negociación. El presidente, como ya es costumbre, sigue dando discursos sobre la importancia de que la Cámara pase una reforma, imponiendo por supuesto toda responsabilidad para que esto suceda en los republicanos, pero no ejerce su liderato como jefe de gobierno para forjar un consenso bipartidista que adelante la discusión.

El liderato demócrata del Congreso tampoco está hablando con los republicanos. Por mucho que digan Nancy Pelosi y comparsa que la reforma migratoria es el tema más importante que enfrenta el Congreso, estos no están abiertos a llegar a un acuerdo con el liderato republicano. No olvidemos que el año pasado el congresista demócrata Xavier Becerra, bajo instrucciones de Pelosi, hizo todo lo que pudo para asegurarse de que no prosperaranlos esfuerzos del grupo bipartidista de ocho congresistas que estaba negociando una reforma. Por la continuas objeciones de Becerra este grupo terminó disolviéndose.

Es evidente que al liderato demócrata en el Congreso le interesa más jugar a la política con la reforma que buscar una manera de pasarla. Prefieren incluso que la administración tome acción ejecutiva para impedir la deportación de los indocumentados a que se apruebe legislación que les dé un status legal.

Muchos demócratas piensan que si la Cámara no pasa un proyecto de inmigración, los votantes latinos culparán solamente a los republicanos y saldrán a votar en grandes números en contra de ellos en noviembre, ayudando a evitar que los republicanos amplíen su mayoría en la Cámara y retomen el Senado. Hasta ahí ha llegado el cinismo y la politiquería barata en Washington.

Los republicanos, sin embargo, no son inmunes a este mal. Aunque el líder de la Cámara de Representantes John Boehner asegura que quiere atender el tema migratorio, la mayoría de la bancada republicana se rehúsa a abordarlo este año porque pudiera antagonizar a su base más conservadora y poner en riesgo sus posibilidades de tomar el Senado de los demócratas. Y la débil excusa que dan para no actuar es que no confían que el presidente vaya a hacer cumplir la ley que pasen. Entonces,¿para qué pasar cualquier ley mientras Obama sea presidente? Cierren el Congreso y váyanse a sus casas.

Boehner, por otra parte, no está haciendo un acercamiento serio a los miembros de su delegación para convencerlos de que es importante discutir el tema este año. No se está reuniendo con ellos individualmente para conseguir su apoyo. Sus esfuerzos, como los de Obama y Pelosi, quedan finalmente en meras declaraciones públicas.

No quiere decir todo esto que no haya ningún tipo de discusión sobre la reforma en el presente. El demócrata Luis Gutiérrez y el republicano Mario Díaz-Balart están dando una batalla campal para mantener el tema vivo y poder concretar legislación que pueda pasar la Cámara. Nadie puede cuestionar su compromiso y liderato. El problema es que sin la participación activa y apoyo consistente de sus respectivos líderes es difícil que puedan tener éxito.

Solo habrá una posibilidad real de que durante esta “pequeña ventana” de tiempo se haga algo,si los líderes de ambos partidos en el Congreso empiezan a hablar entre sí y con los miembros de sus respectivas delegaciones. Para poder legislar hay que conversar, y, hasta el momento, a pesar de todos los discursos públicos de un lado y del otro, las conversaciones y negociaciones que son necesarias para que se pase un proyecto de reforma no están ocurriendo.

Los días pasan y la ventana comienza a cerrase.

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Can the GOP Win Over Latinos?

Only if the party makes necessary changes in the style and substance, talking to Hispanics and acting on issues that matter to the community

2014-5-7 | National Journal

Latinos are, without a doubt, today’s Reagan Democrats. Their values are conservative values. They can, in fact, become a great asset to the conservative movement. But, what is more, Latinos hold the mathematical key to victory in a growing slate of local, state, and national elections.

The GOP’s 2016 candidate can only win the presidency if he earns at least 40 percent of the national Latino vote and similar percentages in battleground states like Colorado, Florida, Nevada, New Mexico, North Carolina, and Virginia.

Is the GOP committed to winning enough Latino voter support to capture the White House in 2016? If the answer is yes, then they need to do three things:

First, the Republicans need to show up. The GOP and conservative organizations need to urgently establish a permanent presence in Hispanic communities across the country, especially in those battleground states where the Latino vote is decisive. Republicans cannot expect to get Latino votes if they begin engaging Latino communities only two months before an election. This is not only ineffective, it’s very offensive to Hispanic voters who rightly feel that such an approach amounts to simple pandering in a time of political need. Yet, this has been the standard practice of Republicans for at least the past two presidential-election cycles.

The good news is that the Republican National Committee is stepping up its game early and has already established a network of campaign operatives in key states that are proactively reaching out to Latinos. Moreover, there are national conservative Latino organizations like the American Principles Project’s Latino Partnership, the Libre Initiative, and the Media Resource Center Latino, which launched last month.

These organizations are engaged in grassroots work, trying to make inroads within the community, and encouraging Latinos to support conservative candidates and causes. The Media Resource Center Latino will also aggressively engage, monitor, and critique liberal bias in Spanish-language media, an entryway to millions of Latino homes. That is increasingly important work because the Univision TV Network alone reaches 97 percent of all Hispanic households in the country.

Second, the GOP needs to lead on immigration. Polls show that immigration is not the most important issue for Latinos, but it’s still of great significance to them. If the GOP doesn’t get it right, Latinos are simply not going to listen to anything else the party and its candidates have to say, as attractive as their positions on a number of other issues may be. Even having a presence in the Latino community will mean nothing if Republicans don’t deal with immigration constructively.

As Sen. Rand Paul stated recently, “[Latinos are] not going to care whether we go to the same church, or have the same values, or believe in the same kind of future of our country until we get beyond that [immigration]. Showing up helps, but you got to show up and you got to say something, and it has to be different from what we’ve been saying.”

Properly addressing immigration doesn’t mean, as some rabid restrictionists like to argue, that the GOP has to move to the “left” on the issue. To the contrary, the GOP should reclaim the immigration issue based on the conservative values that it has always defended, like the central role of the family and the effectiveness of the free market.

After all, conservatives believe that big government is responsible for creating the immense population of undocumented immigrants that live in America today. Congress has arbitrarily set up work-visa quotas that don’t reflect the needs of our labor market. And since American businesses need foreign workers to do labor-intensive jobs that Americans don’t want or for which there are no Americans of working age to fill, foreign migrants keep coming in illegally. Why should the government tell a U.S business owner who cannot find American workers for his farm or factory that he cannot bring the workers he desperately needs from abroad?

On this issue, however, there has also been progress. While House Republicans don’t want to tackle immigration reform this year, as they are concerned that it may derail their chances of taking back the Senate later this year, there seems to be consensus among their ranks that they should take it on in 2015. Moreover, the House Leadership has produced a set of immigration principles to guide the debate which have been warmly received by most Republicans members. They include creating more market-oriented guest-worker programs and a path to legal status for the undocumented.

Finally, the GOP must follow a broad integrated message. Contrary to what many “establishment” strategists would argue, Republicans are not going to win the Latino vote just by talking about a static set of economic issues, particularly small businesses and entrepreneurship. Don’t get me wrong: this should be part of the pitch to Latinos. Hispanics are extremely entrepreneurial, as evidenced by the fact that we are opening businesses at a rate three times as fast as the national average .

Nonetheless, the majority of Latinos are not business owners. They are employees who work for someone else, much like the majority of working-class Americans. The GOP must articulate a more populist economic message that resonates with middle- and low-income Hispanic families. The party would fare better with Latinos by showing how conservative policies can help reverse the rise in the price of day-to-day expenses, such as gas and food.

I believe that Obamacare is now one of those pocketbook issues that is beginning to rile up Latinos. They are coming to realize that there’s nothing free about the health care law, as many liberals led them to believe. Conservatives know that many are going to face the burden of a new monthly payment that they were not expectingAnd if recent stories in The Wall Street Journal and USA Today are any indication, many, perhaps even the majority, will have to pay higher premiums for their health care coverage.

It’s no wonder that according to the most recent Pew Research Center poll, only 47 percent of Latinos now support Obamacare, down from 61 percent in September of 2013. And the same share of Latinos—47 percent—already disapprove of it.

In addition, Republicans should not abandon social issues. The majority of Hispanics are pro-life and believe in traditional marriage and are turned off by the radical and aggressive agenda of the Left.

The only way Republicans can become viable again nationally is by bringing more Latinos into their ranks. This won’t be easy, but it’s not impossible if Republicans directly engage Latinos in their communities with a broad message that is welcoming of immigrants, resonates with working-class Hispanics, and emphasizes the importance of faith and family. The 2016 election will show us if the GOP does what is needed to make substantial inroads with this key constituency.

Alfonso Aguilar is executive director of American Principles Project’s Latino Partnership and former chief of the U.S. Office of Citizenship in the George W. Bush administration.

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Rebelión contra Obamacare

2014-5-6 | La Opinión

El periodo de inscripción en Obamacare que acaba de concluir ha sido una oportunidad para que los latinos nos demos cuenta de lo nefasta que es esta ley para nuestra comunidad. De acuerdo a la encuestadora Pew, en el presente solo 47% de los hispanos aprueban de la ley de salud del presidente, mientras que el mismo número —47%- desaprueba de esta. Esto es verdaderamente significativo si consideramos que al comienzo del periodo de inscripción, en septiembre del año pasado, 61% de los latinos favorecía la ley.

En el estado de Colorado, por ejemplo, en el que los latinos constituyen el 21% del total de la población, según la encuestadora de tendencia demócrata Public Policy Polling, una gran mayoría de nuestra gente —57%- no favorece esta ley.

El apoyo inicial de los latinos a Obamacare es comprensible si tomamos en cuenta que el imponente aparato mediático de la administración, con el apoyo de una prensa liberal, agresivamente se enfocó en nuestra comunidad, vendiéndonos esta ley como un instrumento cuasi-milagroso de justicia social que garantizaría que todos las personas sin seguro médico ahora tendrían la cobertura que tanto necesitan. No creo que nunca haya habido una campaña publicitaria por parte del gobierno federal de esta magnitud e intensidad hacia la comunidad latina. Por meses estuvimos bombardeados por anuncios en televisión, radio y prensa escrita sobre las bondades de la ley de salud y sobre la necesidad e importancia de registrarnos a través de uno de los intercambios de cuidado de salud establecidos por esta. Por otra parte, creo que la prensa hispana no hizo un buen trabajo en presentarnos la otra cara de la moneda. En términos generales, su cobertura proyectó una imagen exageradamente positiva de la ley.

Pero todo esta publicidad y cobertura periodística favorable no pudo tapar los problemas de Obamacare y nuestra gente se dio cuenta de ellos al comenzar a inscribirse. Inmediatamente, se percataron que lejos de una dádiva del gobierno, Obamacare es una injusta imposición que limita el poder del ciudadano de decidir qué hacer con su dinero. Usted ya no tiene la opción de conseguir cobertura médica; usted ahora tiene la obligación de obtenerla, cueste lo que cueste.

Mientras que el ingreso medio de nuestros hogares se ha reducido, a la vez que los precios de productos básicos como alimentos y la gasolina han aumentado, ahora el gobierno nos obliga a incluir un nuevo pago en nuestro presupuesto mensual, y si nos rebelamos y no queremos hacer este gasto, el gobierno nos penalizará con una multa. Y, cínicamente, sobre los latinos que se quejan sobre este nuevo pago, el presidente Obama se atreve a decir que “si usted ve sus cuentas de cable, sus cuentas de teléfono, de celular, puede resultar que no hayan hecho del cuidado de salud una prioridad”. En otras palabras, para pagar por esta nueva obligación, corte su línea telefónica, celular o el cable TV si es necesario. ¡Vaya audacia la del presidente!

Nuestra gente también se dio cuenta de que la ley del presidente tampoco hizo más “costeable” o más barato el cuidado de salud. Todo lo contrario: a la inmensa mayoría nos aumentara las primas y los deducibles. Desde el año pasado, las primas para las personas de cincuenta años o más han aumentado por un 50% en 13 estados y para las personas de 27 años o más, las primas se han duplicado en 11 estados. Si ya estábamos pagando mucho, ahora pagaremos más. Aún aquellos que recibirán subsidios del gobierno, tendrán que pagar unas primas muy altas.

Muchos hispanos, además, se encontraron entre las cinco millones de personas que recibieron cartas de sus aseguradoras informándoles que su seguro sería cancelado porque estas no pueden ofrecerles la misma cobertura debido a los nuevos requisitos que les impone Obamacare, a pesar de que el presidente nos había prometido que bajo su ley “si a usted le gusta su plan médico, usted podrá quedarse con él.”

Ante esta situación, muchos hispanos han optado por no registrarse en Obamacare. El pasado 1 de mayo el Departamento de Salud federal informó que de los más de ocho millones que se han registrado a través de los intercambios estatales de Obamacare, apenas un 10.7% son hispanos. Y, según Gallup, menos de un 11% de los latinos no asegurados obtuvieron cobertura durante el periodo de registración en Obamacare. Hay que admitir que esto es sumamente irónico si consideramos que el objetivo principal de Obamacare es conseguir que personas sin plan médico obtengan cobertura.

Es importante que logremos que todos los americanos puedan tener cobertura médica que sea de calidad y que no sea cara. Cabe señalar que la tasa de personas en nuestra comunidad sin seguro médico sigue demasiado alta – alrededor de un 33%. Los latinos, sin embargo, como el resto de los estadounidenses ricanos, están comprendiendo que Obamacare no es la solución.

Ha llegado el momento de que el Congreso revoque esta ley y la reemplace con políticas salubristas más efectivas que no sean tan onerosas para el ciudadano promedi

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Rumbo a la integración

2014-3-19 | La Opinión

Casi la mitad de los latinos están económicamente marginados, sin acceso al crédito y a los servicios financieros

La inclusión financiera es fundamental para la integración de los inmigrantes en nuestra sociedad, y productos como las tarjetas de nómina prepagadas pueden ser un primer paso crítico para los trabajadores inmigrantes que no tienen acceso a la corriente principal del sistema bancario .

Desde que dirigí la Oficina de Ciudadanía de los Estados Unidos bajo la Administración del presidente George W. Bush, una de mis prioridades profesionales y personales ha sido conseguir que los inmigrantes participen plenamente de la vida de nuestra nación. La comunidad latina es el grupo minoritario más grande del país, con casi 17% de la población total. La gran mayoría de estas personas son o inmigrantes nacidos en el extranjero o hijos y nietos de inmigrantes que vinieron aquí en busca del sueño americano para progresar en la escala socioeconómica en formas en que no podrían hacerlo en sus países de origen.

Sin embargo, casi la mitad de los latinos en los Estados Unidos están económicamente marginados, viven con dinero en efectivo, sin acceso al crédito y a los servicios financieros que se necesitan para convertir ese sueño en una realidad. Como consecuencia, millones de latinos que trabajan, dependen de servicios financieros alternativos y pagan tarifas excesivas por cambiar cheques por dinero en efectivo, enviar remesas a sus familias en su país de origen y giros para pagar sus cuentas. Al final lo que queda de su cheque de nómina es una reducida cantidad de dinero en efectivo, que es irremplazable si se pierde o se lo roban.

Hay ciertas verdades sobre algunas de las críticas que hemos escuchado sobre las tarjetas de nómina prepagadas. Si no se implementan justa y sabiamente, pueden resultar en cargos excesivos y convertirse en un dolor de cabeza para los empleados que no entienden totalmente cómo funcionan. Pero, si se diseñan y aplican correctamente, las tarjetas prepagadas son un instrumento de autonomía financiera que permite que los trabajadores que no tienen una cuenta bancaria tradicional superen los problemas financieros básicos como, por ejemplo, transferir remesas electrónicamente, pagar las cuentas en línea o por teléfono móvil y experimentar la seguridad del llevar fondos asegurados en una tarjeta en lugar de la vulnerabilidad de llevar dinero en efectivo.

En este sentido, recientemente la compañía MasterCard anunció una serie de principios sobre las tarjetas de nómina pre-pagadas que establecen las mejores prácticas diseñadas para asegurar que las tarjetas de nómina se distribuyen de manera responsable y ofrezcan más servicios con menos recargos. Entre las prácticas recomendadas se encuentran: el permitir retirar dinero efectivo o hacer una transferencia de dinero libre de costo por cada período de pago, algo que para muchos significaría enviar remesas sin pagar cargos adicionales; ofrecer protección del dinero en caso de que se pierda la tarjeta, robo o fraude; brindar acceso móvil gratuito y en línea a información de la cuenta; publicar información sobre todos los costos asociados con el uso de la tarjeta; y llevar a cabo un amplio programa de educación para que los empleados sepan cómo pueden evitar o minimizar el pago de cargos adicionales.

Al igual que el viejo adagio sobre enseñar a un hombre a pescar, la inclusión financiera debe basarse en iniciativas que le den poder a la comunidad, no en programas de ayuda social manejados por el Gobierno. Si los empleadores y los emisores de tarjetas toman las recomendaciones de entidades como MasterCard en serio, las tarjetas de nómina serán reconocidas como la herramienta de poder financiero que se supone que sean. Le ahorrarán dinero y tiempo a los trabajadores y facilitarán la transición del dinero en efectivo a la conveniencia y la seguridad del comercio electrónico, un paso crítico en la ruta hacia la inclusión financiera en la corriente principal.

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Una salida en falso

2014-2-27 | La Opinión

Hace unas semanas les decía a mis lectores que ya empezaba la carrera en pos de una reforma migratoria en la Cámara de Representantes.

El presidente de la Cámara John Boehner se había comprometido públicamente a impulsar el tema e incluso anunciaba una serie de principios que guiarían el debate. Declaraba en el título de mi columna: “En sus marcas, listos, fuera”. Increíblemente, a pocos días de presentados los principios, Boehner anunciaba que sería muy difícil atender el tema de la inmigración este año por la desconfianza que los republicanos le tienen al Presidente. Pocas horas transcurrieron para que, tras consultar con algunos de mis contactos en la Cámara, me diera cuenta de que lo que realmente decía Boehner es que la reforma estaba muerta este año. Lo que muchos pensábamos era un comienzo del debate, resultó más bien ser “una salida en falso”.

No puedo esconder mi decepción y mi frustración con Boehner.

Durante los pasados meses, él y sus compañeros de liderato levantaron las expectativas de que podríamos lograr algo este año.

Boehner anunció con “bombos y platillos” el nombramiento de su nueva asesora de inmigración y el liderato activamente le comunicó a la prensa y a activistas y grupos externos que abogan a favor de la reforma que tenían una estrategia para pasar una serie de proyectos de reforma tan pronto como para mediados de abril.

Así, pues, sus declaraciones cayeron como un balde de agua fría sobre una esperanzada comunidad hispana que había confiado en su palabra. Nos defraudó como Obama nos defraudó al principio de su mandato cuando no empujó una reforma como nos había prometido. Señor Boehner —en palabras de mi amigo, el periodista Jorge Ramos— “¡una promesa, es una promesa!”.

Es evidente que mientras Boehner y el liderato conceptualizaban y desarrollaban su estrategia no estaban hablando al mismo tiempo con los miembros de su delegación para convencerlos de la importancia de pasar una reforma este año. Por eso, cuando presentó sus principios de inmigración en el retiro de trabajo de la conferencia republicana, la mayoría de los miembros se opuso a abordar el tema este año.

La debilidad de Boehner como líder quedó claramente demostrada al claudicar inmediatamente a la presión de la mayoría de sus miembros. No trató de retarlos o de convencerlos sobre su plan. No ejerció su liderazgo para tratar de imponerse. Sencillamente se dio por vencido inmediatamente.

Soy conservador, pero no pienso ofrecer excusas por los republicanos. Siempre dije que si este año no trabajan en una reforma, yo sería el primero en criticarlos. Pues, bien, aquí lo hago y sin reparos.

Este tema requiere acción inmediata del Congreso. Miles de personas viven en el margen de nuestra sociedad, ansiosos por temor a que ellos y sus seres queridos sean detenidos y deportados.

El único aspecto positivo de este ultimo desarrollo en la saga del debate migratorio es que si bien los republicanos se opusieron a abordar la reforma este año, la mayoría de ellos no lo hizo utilizando el insultante argumento de que una legalización no es más que una amnistía y una recompensa a gente que ha violado la ley. Todo lo contario, la mayoría recibió favorablemente los principios de inmigración de Boehner que incluyen una legalización. Lo único que exigieron es posponer el debate para el año entrante.

Los republicanos están confiados de que en las elecciones de mitad de término van a poder retomar el Senado, y piensan que atender un tema tan controvertible como el de inmigración este año pudiera poner en riesgo sus posibilidades de triunfo. Estos quieren mantener el enfoque exclusivamente en los graves problemas de ley de reforma de salud del Presidente, el llamado “Obamacare”, que hoy es repudiado por la mayoría de la ciudadanía.

Esta estrategia es sumamente obtusa y arriesgada. Quién sabe si el año que viene tendremos las circunstancias y momento político así como el consenso bipartidista para aprobar una reforma. Y si no se logra en el 2015, al candidato presidencial republicano —sea quien sea— se le hará prácticamente imposible conseguir suficiente apoyo hispano para ganar las elecciones.

Por tanto, políticamente hablando, para los republicanos es mucho más seguro sacar este tema de la mesa de la opinión publica este año y no el próximo. Pero estos, lamentablemente, no están pensando más allá de las elecciones de noviembre.

Aún así, no nos podemos dar por vencidos con los republicanos en este tema. Tenemos que seguir tratando de conseguir su apoyo ya que para que se apruebe un proyecto de reforma necesitamos el apoyo de ambos partidos.

No nos olvidemos que los demócratas también nos han fallado. Del 2009 al 2011 controlaban ambas cámaras del Congreso y a pesar de sus promesas públicas, no hicieron nada para pasar una reforma.

Entiendo la frustración de muchos ante estas noticias. No debemos perder el optimismo. La causa de la reforma migratoria sigue avanzando y ampliando su base de apoyo. Esto es solo un pasito para atrás. La reforma se logrará pronto y contará con el apoyo de ambos partidos.

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En sus marcas, listos…

Aunque el discurso fue confrontacional, en cuanto al tema de la inmigración, su tono fue conciliatorio

2014-2-7 | La Opinión

Con el mensaje del Estado de la Unión del presidente Obama y con el anuncio público por parte del liderato republicano de la Cámara de Representantes de los principios que guiarán sus propuestas legislativas sobre el tema de la inmigración, podemos decir que ya empieza la discusión final entre ambos partidos sobre una posible reforma migratoria que saque a los más de 11 millones de indocumentados de las sombras.

El mensaje del Estado de la Unión es la oportunidad que tiene el Presidente para establecer sus prioridades de política pública para el año legislativo que comienza. Aunque el discurso fue confrontacional —Obama, por ejemplo, advirtió a los republicanos de que buscaría activamente atender los retos que enfrenta el país unilateralmente a través de la acción ejecutiva— en cuanto al tema de la inmigración, su tono fue conciliatorio. En vez de atacar a los republicanos por supuestamente no querer atender el problema migratorio, como tantas veces ha hecho en el pasado, el Presidente reconoció las buenas intenciones de ambos partidos de la Cámara Baja y exhortó con optimismo a pasar un proyecto de reforma este año.

Dos días más tarde, el presidente de la Cámara John Boehner circuló en retiro de la bancada republicana los mencionados principios para resolver los problemas de nuestro sistema migratorio.

La articulación de estos principios es muy importante porque demuestra el compromiso del liderato republicano en abordar el tema. Ya no debemos interpretar declaraciones públicas más o menos favorables de los líderes republicanos; ahora tenemos unos principios claros, en blanco y negro, que los comprometen. Indudablemente, estos últimos desarrollos son causa de optimismo. Sin embargo, todavía nos queda un camino difícil.

En primer lugar, habrá que ver si el presidente John Boehner logrará conseguir la mayoría de los votos de los republicanos para los proyectos de reforma migratoria que quieren aprobar. Boehner desde el año pasado dijo que seguiría la llamada regla “Hastert”, una norma interna de la delegación republicana que lleva el nombre del ex presidente de la Cámara Dennis Hastert, que requiere que cualquier proyecto presentado en el pleno para votación cuente con la mayoría de los votos de la mayoría. Hoy los republicanos tienen 232 escaños en la Cámara baja por lo que Boehner necesita 117 votos de sus correligionarios para avanzar estas medidas en el pleno de la Cámara.

Aunque a primera vista esto parece difícil, la realidad es que los principios de inmigración presentados por Boehner han sido bien recibidos por muchos congresistas republicanos y da la impresión que se está creando momentum en la delegación republicana a favor de una reforma.

Por otra parte, también hay que ver si los demócratas de la Cámara van a estar dispuestos a colaborar con la mayoría republicana. Aún si la mayoría de los republicanos decide votar a favor de los proyectos de reforma, para pasar estas piezas de ley se necesitará de 75 a cien votos demócratas.

No pocos, de hecho, ya se han quejado de que la propuesta republicana no incluye un camino especial a la ciudadanía para los indocumentados.

Debe quedar claro que el plan de los republicanos no cierra la puerta a la ciudadanía a aquellos que se legalicen. Lo que propone es que si estos desean hacerse ciudadanos, deben seguir el proceso establecido por la ley actual como cualquier otra persona, lo que es un argumento legítimo. Recordemos que lo que más les importa a los indocumentados es poder regularizar su status, no hacerse ciudadanos. Por eso bajo la última reforma de envergadura que se dio bajo la Administración de Ronald Reagan en 1986, de los que se legalizaron, solo un 39 % se naturalizó.

Más aún, una reciente encuesta del Centro Hispano Pew reveló que, aunque la mayoría de los votantes hispanos favorece un camino a la ciudadanía para los indocumentados, la mayoría de ellos —un 55 %— entiende que el acabar con el riesgo de deportación es aún más importante.

Si Obama y los demócratas tratan de matar un proyecto de legalización en la Cámara porque no tiene un paso especial a la ciudadanía, demostrarían que están más interesados en usar el tema para fines políticos —para ganar nuestro voto— que en resolver el problema y sacar a los indocumentados de las sombras como quiere nuestra comunidad.

Afortunadamente, hay buenos demócratas como Luis Gutiérrez y Henry Cuéllar que están comprometidos en trabajar con los republicanos para lograr una reforma y no le van a prestar a atención a aquellos líderes demócratas que quieran politizar el tema. Si la líder de la minoría Nancy Pelosi decide torpedear caprichosamente la propuesta republicana, Gutiérrez y Cuéllar no la apoyarán y continuaran su trabajo para conseguir suficientes votos demócratas. Es evidente desde ahora que el debate sobre la reforma será un complicado juego de ajedrez político que requerirá mucha paciencia así como un deseo de buscar consenso por parte de políticos de ambos partidos. Esperemos que ambos hagan las movidas correctas.

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AGUILAR: Obama wants immigration issue, not solution

Hispanics won’t be fooled again by Democrats’ playing politics

2014-1-24 | The Washington Times

There’s a growing sense of optimism that Congress may actually get something done on immigration this year, now that House Speaker John A. Boehner has stated clearly that he will push forward a series of bills to fix our dysfunctional immigration system before this session is over.

This enthusiasm also responds to the growing support among House Republicans to bring undocumented people out of the shadows and provide them some form of legal status, short of citizenship.

Yet President Obama and many Democrats are not as happy with this new development. They are fearful that this may help the GOP reconnect with Hispanic voters and begin making considerable inroads with this key segment of the electorate.

They are acutely aware that their political gamesmanship over immigration may become obsolete if Republicans decide to take on immigration reform. Immigration, after all, was the key issue in their political strategy to demonize Republicans with Hispanic voters.

Concerned that the strong hold they have had in past elections on the Hispanic electorate may be at risk, Mr. Obama and his fellow Democrats are determined to try to somehow continue milking politically the immigration issue.

The way they’re doing it is by insisting that legalization is not enough; that any immigration bill must provide the more than 11 million illegal immigrants living in the country guaranteed access to citizenship. If Republicans oppose a path to citizenship, their argument goes, it’s because they are prejudiced against immigrants and want to keep them disenfranchised.

Just a few weeks ago, former White House senior adviser David Plouffe described legalization without citizenship as “a second-class-citizen situation.” A few months ago, Sen. Charles E. Schumer, New York Democrat, said it was “not American.”

However, that inflammatory rhetoric is just not going to work with Hispanics. First, while it’s true that the overwhelming majority of Hispanic voters would like to see a path to citizenship, the reality is that the majority of them — 55 percent, according to a recent Pew Hispanic Center poll — also think that providing undocumented immigrants relief from deportation is even more important.

They realize that what their undocumented relatives and acquaintances want is peace of mind; the stability and security to move on with their lives without the fear of being detained by the government. As Oscar A. Chacon, executive director of the National Alliance of Latin American and Caribbean Communities, a network of immigrant-serving organizations, stated several months ago in a newspaper article, “For many undocumented people, citizenship is not a priority. What they really care about is a solution that allows them to overcome their greatest vulnerabilities.”

On the other hand, Democrats lie when they say that Republicans want to shut the door to citizenship for the undocumented. The House leadership’s proposal, as developed and articulated by House Judiciary Chairman Bob Goodlatte, would only deny a “special” path to citizenship for those who legalize.

It doesn’t prevent them from applying for citizenship. If they want to do so, nonetheless, they would have to follow the established process in current law. According to a study by the nonpartisan National Foundation for American Policy, under the Republican plan, up to 6.5 million of those who legalize would have access to citizenship through the regular norms.

The issue is really not about a path to citizenship, but whether a “special” path should be provided.

Still, Mr. Schumer warns that “without a path to citizenship, there is not going to be a bill; there can’t be a bill.” Will Mr. Obama and the Democrats play with the aspirations of millions of illegal immigrants and oppose and kill an immigration bill that will give them an opportunity to come out of the shadows because they want to continue to use the issue politically?

If they do, it will backfire on them, and Hispanics will turn against them. Hispanics already gave a pass to the president for not keeping his promise to deal with immigration reform in the first year of his administration, even though Democrats controlled both House and Senate at the time. They are unlikely to do it again.

Alfonso Aguilar is the executive director of the Latino Partnership for Conservative Principles and is the former chief of the U.S. Office of Citizenship in the George W. Bush administration.

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El deportador en jefe

2013-12-24 | La Opinión

No soy un admirador de Nancy Pelosi. De hecho, nunca he estado de acuerdo con ella en nada. Pero, curiosamente, hace unos días dijo algo sobre lo cual tengo que darle toda la razón. En un programa dominical de análisis noticioso critico severamente la política de deportaciones masivas del presidente Obama declarándola “injusta” y reafirmando su creencia de que “si alguien esta aquí sin suficientes documentos, eso no es una razón para deportarlo”.

Más claro no canta un gallo. La líder de la minoría Demócrata de la Cámara le cantó la verdad al presidente sin rodeos y sin “dorar la píldora” por el estricto régimen de deportaciones de su administración, bajo el cual cientos de miles de personas que no presentan riesgo alguno a la seguridad de nuestras comunidades han sido expulsadas del país. Este presidente, que siempre se nos ha querido vender como el amigo del inmigrante y del latino, es el presidente que más inmigrantes ha deportado desde que se comenzaron a registrar las estadísticas de deportaciones en 1892. La ironía no puede ser más grande.

Solo en el primer cuatrienio de Obama, del 2009 al 2012, se removieron más de 1.5 millones de personas, y el año pasado más de 409,000 personas fueron deportadas.

Pero, peor aún, el presidente, incumplió con su promesa de que su administración se enfocaría prioritariamente en deportar a personas que han cometido delitos graves. Las propias estadísticas del Departamento de Seguridad Interna demuestran que, en los primeros cuatro años de esta administración, más de la mitad de las personas deportadas no tenían antecedentes penales. Y, el año pasado, alrededor de un 45% de los deportados, más de 180,000 personas, no tenían record criminal grave.

El Departamento de Seguridad Interna acaba de hacer públicas las estadísticas para este año y parece que las cosas han mejorado. Aunque el número de deportaciones se mantuvo alto, más de 360,000 fueron deportadas; de las personas sin antecedes penales que fueron removidas, un 84%fueron detenidas tratando de cruzar ilegalmente la frontera. En otras palabras, no son personas que han estado dentro del país por mucho tiempo, trabajando, y que han establecido raíces profundas en el país.

Hay que reconocer que el presidente finalmente está empezando a ajustar el enfoque de las deportaciones, pero hay que admitir al mismo tiempo que el daño ya está hecho. Cientos de miles de personas buenas y honradas que habían hecho de los Estados Unidos su hogar fueron expulsadas del país innecesaria y arbitrariamente durante los pasados cuatro años, separando muchísimas familias a través de la nación.

Al presidente no le gusta que lo critiquen por esto pues quiere que los latinos solo culpen a los Republicanos por los problemas migratorios que muchos en nuestra comunidad experimentan. Es la narrativa simplista y absurda de siempre: los Republicanos son los malos y los Demócratas y yo somos los buenos.

No soy un fanático político partidista. Reconozco que hay muchos Republicanos que consideran que las deportaciones en masa están justificadas. Pero, estos no controlan el Poder Ejecutivo. El presidente es el único responsable, según la ley y nuestro sistema constitucional de gobierno, de administrar la política migratoria, incluyendo la política de deportaciones.

La realidad es que el presidente tenía toda la autoridad en ley para detener estas deportaciones y no lo hizo. La Ley de Inmigración y Nacionalidad le otorga gran discreción al Departamento de Seguridad Interna para determinar cómo proceder con inmigrantes indocumentados que son detenidos.

En el reciente caso de Arizona v. U.S., en el que el Tribunal Supremo consideró la constitucionalidad de varias disposiciones de la controvertible ley anti-inmigrante de Arizona, el Juez Kennedy dejó claro que: “una de las principales características del sistema de remoción es la amplia discreción que ejercen los oficiales de inmigración. Los oficiales federales, como asunto inicial, deben decidir si tiene sentido alguno buscar la remoción” y, más adelante, declaró, que esa “discreción en el ejecutar la ley de inmigración toma en cuenta consideraciones humanas inmediatas. Trabajadores indocumentados que están tratando de mantener a sus familias, por ejemplo, probablemente presentan menos peligro que inmigrantes que son traficantes o han cometido un crimen serio. La equidad de un caso individual dependerá de muchos factores, incluyendo si una persona tiene hijos que han nacido en los Estados Unidos, vínculos de mucho tiempo con la comunidad, o un record de servicio militar distinguido.”

El presidente, en efecto, utilizó esta discreción que le da la ley para otorgarle la llamada “acción diferida” a aquellas personas que entraron al país ilegalmente cuando eran menores de edad de manera que no sean deportadas y puedan quedarse en el país a trabajar o estudiar. Si la usó para los “soñadores”, la podía haber utilizado para impedir la deportación de gente trabajadora y honesta.

Es hora que el presidente deje de culpar a los Republicanos por todo lo malo que sucede a través del sistema de inmigración. Que no quepa duda: aunque las recientes estadísticas nos deben dar esperanza, el legado de este presidente como un “deportador en jefe” ya ha sido registrado por la historia.

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La reforma sigue viva

2013-12-13 | La Opinión

Contrario a lo que no pocos pesimistas y cínicos nos han venido diciendo durante los pasados meses, la reforma migratoria no está muerta en el Congreso.

Todo lo contrario, esta sigue vivita y coleando en la Cámara de Representantes y las posibilidades de que veamos acción en los primeros cuatro meses del año entrante son bastante altas.

Y realmente no nos debe sorprender esta situación.

Justo después de las elecciones de noviembre del año pasado, el presidente de la Cámara John Boehner, así como un sinnúmero de importantes líderes republicanos indicaron que el tema de la inmigración seria una prioridad para los republicanos en la Cámara Baja.

Desde entonces, Boehner ha reafirmado su compromiso una y otra vez. Recientemente volvió a hacerlo al nombrar a Rebecca Tallent, una prominente experta en política migratoria, quien fungió como directora de la oficina del senador John McCain y que favorece una reforma, como su asesora paras asuntos migratorios.

El presidente Obama y sus colegas demócratas son en parte responsables de los rumores sobre la muerte de la reforma que tanta ansiedad han causado en nuestra comunidad, ya que desde el principio del año estuvieron diciéndonos que la reforma solo se lograría si se pasaba por ambos cuerpos legislativos este año y en una sola pieza de legislación.

Más aún, los activistas de izquierda y muchos en la prensa activamente contribuyeron a promover esta absurda idea.

Nunca tuvieron en cuenta que quizás los republicanos de la Cámara quisieran abordar el tema de una manera diferente y siguiendo otro calendario.

Tristemente, en la mente de nuestra gente, se grabó la idea de que si no había reforma este año, no la habría en mucho tiempo.

Al pasar los meses sin que la Cámara siguiera la iniciativa del Senado, que aprobó un proyecto en el verano, el pánico y la desesperación sin lugar a dudas se apoderaron de muchos.

Los estrategas demócratas y apologistas liberales cínicamente han querido sacarle ventaja política a esta situación, acusando a los republicanos de darles la espalda a los inmigrantes y a los latinos.

Algunos llegaron a decir, sin evidencia alguna, que Boehner era el principal obstáculo a una reforma y que los miembros afiliados al “Tea Party” habían efectivamente dado un golpe mortal a esta.

Pero, afortunadamente, la realidad es otra.

Si bien Boehner se ha negado a considerar el proyecto del Senado, el liderato republicano de la Cámara Baja se comprometió a abordar el tema de una manera integral, pero en pedazos, procesalmente.

En vez de un proyecto enorme, de miles de páginas, confuso e ininteligible, aprobarían proyectos más pequeños, con lenguaje claro, atendiendo los distintitos aspectos de la problemática migratoria.

Y ese compromiso no quedó en meras palabras. Lo han estado cumpliendo. El Comité Judicial ya ha aprobado cuatro proyectos de inmigración y el Comité de Seguridad Interna, uno. El liderato republicano ya ha dicho que en los próximos meses se presentarán varios proyectos adicionales, incluyendo uno que le de un paso a la ciudadanía a los “soñadores”, aquellas personas que entraron al país ilegalmente cuando eran menores de edad, y otro para legalizar al resto de las personas indocumentadas.

El propio presidente Barack Obama, que está sumamente interesado que se apruebe una reforma migratoria para reclamarla como un legado de su presidencia, ha tenido que cambiar su discurso ante los avances de la Cámara y ahora está dispuesto a darle espacio a Boehner y a los republicanos para actuar como mejor ellos crean.

“Si quieren cortar esa cosa [el proyecto de reforma] en cinco pedazos, con tal que se logren los cinco pedazos, a mi no me importa cómo se vea”, dijo el Presidente recientemente.

No quiero decir que va a ser fácil lograr pasar una reforma en la Cámara y lograr un acuerdo entre ambos cuerpos.

Pero lo que es innegable es que el debate continúa y que hay una posibilidad real de lograrla en este Congreso. En este sentido hay que reconocer el liderato no solo de Boehner, pero también del líder de la mayoría, el congresista Eric Cantor, el presidente del Comité Judicial, Bob Goodlatte y otros republicanos influyentes como Paul Ryan, Raúl Labrador, Mario Díaz-Balart, Ted Poe, Darrell Issa y muchos otros que están trabajando arduamente a favor de una reforma.

Aquellos que siguen diciendo que a los republicanos no les interesa pasar un proyecto de inmigración, están más interesados en usar este tema para conseguir nuestro voto que en sacar a millones de nuestros paisanos de las sombras.

Y no es para más: ellos saben que si la Cámara republicana pasa una reforma, los republicanos volverán a ser competitivos con el electorado hispano a nivel nacional.

Esperemos que, al final, tanto los demócratas como los republicanos pongan la política a un lado y hagan lo correcto y justo para la gente buena y trabajadora que no tiene aún su estatus legal.

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Puerto Rico’s ‘unnatural status’ undermines its economy, hurts US investors

2013-11-26 | Wahington Examiner

By Alfonso Aguilar and Rich Danker

As Puerto Rico marked the Nov. 19 anniversary of its discovery by Christopher Columbus, the Obama White House announced it was dispatching an interagency task force to give advice to the island’s beleaguered government.

With nearly $70 billion in public debt and a credit rating hovering near junk status, San Juan needs all the help it can get.

But sending capable bureaucrats, or even a bailout, falls well short of fixing the problem that hatched Puerto Rico’s economic meltdown: the territorial status it has been stuck with since the end of the Spanish-American War in 1898.

Just consider that Puerto Ricans, who were granted U.S. citizenship in 1917, cannot vote for president and do not have proportional voting representation in Congress.

Puerto Rico has only a nonvoting delegate in the House of Representatives, like the District of Columbia.

Sadly, the federal government has done nothing to address this undemocratic arrangement. But decades of neglect could now very well come to an end as the nation is suddenly, and quickly, becoming aware of the disastrous economic consequences of Puerto Rico’s territorial status.

Puerto Rico is waist-deep in a financial crisis due to its massive public debt, which is the third-largest of any sub-federal level of U.S. government after California and New York.

Its bonds are considered by some to be at serious risk of default — money manager Kyle Bass of Hayman Capital Management told CNBC recently that there could be an 80 to 90 percent write-down.

This is already having a serious impact on the U.S. municipal bond market, where more than 70 percent of funds own Puerto Rican government debt.

Many have loaded up on it because the IRS provides a “triple exemption” from federal, state, and local taxes for such bond payments.

OppenheimerFunds, a major player in the mutual fund industry, made a big bet that has gone south. Several of its state-focused bond funds — including for Maryland, Virginia, Massachusetts, and North Carolina — have more than 25 percent of their assets in Puerto Rico municipals.

Investors accustomed to steady returns in this traditionally sleepy market have been given a jolt, as the S&P Municipal Bond Puerto Rico Index is down 18 percent over the last year.

While the island’s leadership must bear responsibility for amassing the extraordinary amount of debt, their excessive spending and borrowing is a product of the unequal tax treatment that the federal government affords investors in Puerto Rico, as well as an underachieving private sector beset by an unclear and uncertain political status.

Without the level of private investment that states are able to attract, labor participation has remained incredibly low (only about 1 million out of the island’s 3.6 million people work) and unemployment is almost 14 percent.

It is not surprising that hundreds of thousands are migrating to the mainland seeking the jobs and salaries they cannot find at home.

How can Puerto Rico end its debt-dependence and bring in the investment necessary for long-term economic growth when investors have no clue what Puerto Rico is?

Is it a part of the U.S. or an autonomous political entity? Is it protected by the federal laws and regulations that apply to the states, or is it treated differently?

The answers, including as they pertain to municipal bonds, are unclear. President Ronald Reagan put it best when he said that “Puerto Rico is now neither a state nor independent, and thereby has an historically unnatural status.”

As a recent Washington Post editorial put it, Puerto Rico’s economic and financial troubles are “traceable, ultimately, to its muddled political status.”

But contrary to the editorial’s conclusion that “there will be time enough to debate [the island's political status] later,” the reality is that the only way to resolve Puerto Rico’s economic woes is to deal with this issue right away, ending once and for all its limbo in territorial status.

The White House should revisit three key findings of the President’s Task Force on Puerto Rico’s Status: (1) “[T]he status question and the economy are intimately linked.”

(2) “[I]dentifying the most effective means of assisting the Puerto Rican economy depends on resolving the ultimate question of status.”

And, (3) “the long-term economic well-being of Puerto Rico would be dramatically improved by an early decision on the status question.”

Washington cannot let the economic situation of the island get worse, and it has no stomach for a bailout. Fortunately, last year, the majority of the people of Puerto Rico provided the federal government a way forward by voting to end the territorial status in a government-mandated referendum.

Congress now has an opportunity to allow the people of Puerto Rico to achieve full self-governance by allowing them to become a state or choose independence.

That would not only be a good outcome for Puerto Rico, it would be the American way.

Alfonso Aguilar is executive director of the Latino Partnership for Conservative Principles and the former chief of the U.S. Office of Citizenship under President George W. Bush. Rich Danker is the director of the economics program of American Principles Project.

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Hablando se entiende la gente

2013-10-31 | La Opinión

La reforma migratoria pudiera estar en riesgo si Obama insiste en el proyecto del Senado demócrata, en vez de darle espacio a la Cámara republicana

El pueblo americano en las pasadas elecciones volvió a elegir un Gobierno compartido: un presidente y un Senado demócratas y una Cámara republicana. Y al así hacerlo, enviaron un claro mensaje de que quieren que los políticos en Washington de ambos partidos dialoguen y negocien para lograr consensos para resolver los difíciles retos que enfrenta la nación.

El presidente Obama, sin embargo, no lo ve así. En una curiosa, pero conveniente, interpretación de la voluntad del pueblo, Obama asegura que su reelección significa que el pueblo aprueba todas sus políticas y que el Congreso no puede ni debe oponerse a ellas. Para el presidente, el tiempo para el debate se acabó y ahora el Congreso se debe limitar a poner en ley su agenda.

Obviamente, este argumento es absurdo. La elección de los republicanos es tan válida como la suya. Estos, por tanto, están en su pleno derecho al cuestionar sus propuestas y buscar alterarlas. Bajo nuestro sistema constitucional, ambas ramas políticas del Gobierno son “coiguales”. El poder ejecutivo no está por encima del poder legislativo ni el legislativo sobre el ejecutivo.

La arrogancia del Presidente y su falta de disposición a negociar estuvieron ciertamente en evidencia durante el reciente debate sobre las finanzas del país que provocó el cierre del Gobierno por 17 días. Reconozco —que quede claro— que los republicanos también tienen que asumir responsabilidad por este cierre. Su conducta, sobre todo al inicio del proceso, buscando quitarle toda financiación a la ley de refirma de salud del Presidente —la llamada “Obamacare”— fue prepotente y de confrontación y contribuyó grandemente a que no se creara un ambiente propicio a la negociación y el diálogo.

Pero, el Presidente asumió una postura aún más intransigente, dejando claro que él sencillamente no iba a negociar; que el Congreso le debía aprobar una resolución “limpia” para financiar el Congreso y aumentar el techo de la deuda sin imponer condiciones ni exigir recortes adicionales al gasto público. Los republicanos, por lo menos, estuvieron durante semanas ofreciendo distintas propuestas para llegar a un acuerdo; el Presidente de entrada cerró la puerta a la negociación. Cabe añadir que, contrario a lo alegado por la Casa Blanca, los predecesores del Presidente —demócratas y republicanos— siempre estuvieron dispuestos a negociar otros asuntos alrededor del presupuesto y del manejo del crédito del Gobierno.

El Presidente se molestó particularmente con el hecho de que los republicanos buscaran enmendar su plan de salud, como si esto, por el mero hecho de haber sido aprobado por un Congreso anterior, ahora no pudiera ser alterado por el Congreso actual. Parece que el Presidente se cree que las leyes de su autoría son intocables. Pues no, no lo son. De hecho, el Congreso en cada sesión enmienda docenas de leyes.

Además, en el caso del Obamacare, el propio Presidente ha hecho ajustes, aún sin tener el mandato legal para hacerlo, reconociendo que la ley tiene deficiencias. La Administración, por ejemplo, aplazó unilateralmente el mandato a los empleadores, que es una de las piezas clave de la legislación. ¿Por qué él puede proponer y hacer cambios y el Congreso no?

Un momento revelador en esta triste novela política ocurrió cuando el Presidente daba indicios de que finalmente estaba dispuesto a cambiar de estrategia y extendió una invitación al liderato republicano a la Casa Blanca para negociar. Fuentes de prensa de entero crédito informan que el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, llamó al Presidente para que cancelara la reunión argumentando que era importante que ni siquiera dieran la impresión de que estaban dispuestos a negociar. El Presidente, en vez de ejercer su liderato, penosamente claudicó y la reunión fue suspendida.

Resulta irónico, pues, que el día después de que se reabriera el Gobierno, el Presidente le dijera a la prensa que estaba indignado con el partidismo en Washington y con las políticas de obstrucción y que era importante que lideres en Washington estuvieran abiertos al diálogo. El Presidente que rehuyó la negociación, ahora pontificaba sobre la importancia de la comunicación.

Si el Presidente persiste con su conducta políticamente antisocial, cerrada por completo al diálogo y a desarrollar relaciones estrechas de trabajo con legisladores de ambos partidos, el tranque en Washington continuará.

La reforma migratoria, que es tan importante para nuestra comunidad, pudiera estar en riesgo si Obama insiste en el proyecto del Senado demócrata, en vez de darle espacio a la Cámara republicana.

El Presidente parece no entender que los forjadores de nuestra nación no crearon una presidencia imperial; crearon un poder ejecutivo con poder limitado por la legislatura.

Para gobernar, por consiguiente, el Presidente debe estar abierto a colaborar y negociar con el Congreso, aunque no le guste. A final, hablando se entiende la gente.

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El tambaleo de Obama

2013-09-11 | La Opinión

El Gobierno sirio acaba de matar a más de 1,400 personas de su propio pueblo utilizando armas químicas, violando así los convenios internacionales que prohíben el uso de armas de destrucción masiva. Tristemente, esta no es la primera vez que el régimen de Bashar al Assad usa armas químicas en contra de su pueblo. Lo hizo en otras dos ocasiones, en diciembre y en marzo pasados.

El presidente Obama le había advertido a Assad el año pasado que si usaba armas químicas, se vería obligado a cambiar su estrategia y tomar acción. Según Obama, esa sería la “línea roja” que cambiaria el juego.

No obstante, a pesar de su grandilocuencia, el Presidente optó por no responder ante los primeros ataques químicos, perdiendo credibilidad ante nuestros enemigos así como nuestros aliados en la comunidad internacional.

Ahora, ante el tercer ataque, daba la impresión de que iba actuar de una manera firme y decisiva para que nadie cuestionara su palabra. Por una semana la Casa Blanca estuvo activamente dando indicaciones de que un ataque era inminente. Como parte de este esfuerzo, la administración también filtró información a la prensa dejando saber que la acción sería limitada, identificando los barcos de guerra que se estaban enviando a la zona e incluso haciendo público que la ventana para el ataque se abriría el jueves de esa semana.

Quizás los dos momentos más significativos de esta dramática semana fueron los dos discursos que dio el Secretario de Estado John Kerry sobre Siria por instrucciones de la misa Casa Blanca. En el primero afirmó que la administración no tenía dudas que Assad usó armas químicas y en el segundo, que ofreció el mismo viernes, dejó claro que “el uso flagrante de armas químicas por parte de un brutal dictador seria penalizado”.

En Washington y alrededor del mundo se estaban escuchando ya los tambores militares, pero, a último momento, el Presidente inexplicablemente dio un giro de opinión de 180 grados y anunció en una conferencia de prensa el sábado que aunque entendía que Estados Unidos debía “tomar acción militar en contra de objetivos en Siria”, y que no necesitaba la autorización congresional para proceder, de todas maneras buscaría el aval del Congreso. Nuevamente posponía su decisión.

Como era de esperarse, la decisión del Presidente fue interpretada por muchos en Estados Unidos y a través del mundo como un acto de inseguridad y pusilanimidad. Un editorial en un periódico sirio lo describió como “el comienzo del retiro histórico de los Estados Unidos de Siria” y el propio Assad tildó a Obama de “cobarde”. El analista de CNN David Gergen que ha asesorado a presidentes demócratas y republicanos, y quien es reconocido por ser un comentarista objetivo, opinó que la decisión del Presidente “ha levantado dudas sobre cuán firme es su control sobre el timón [de estado] como comandante en jefe”.

La decisión del presidente es ininteligible si consideramos además que cuando intervino en Libia hace unos años no buscó la autorización del Congreso y cuando, como nos enteramos más tarde, nadie en su equipo de seguridad nacional estuvo de acuerdo en condicionar el ataque al apoyo del Congreso.

Pero esta decisión no tuvo nada que ver con consideraciones de política exterior ni con la importancia de proteger la reputación y la credibilidad de los Estados Unidos a nivel internacional. Fue un cálculo político diseñado para proteger su imagen.

El Presidente sabe que el pueblo estadounidense no tiene apetito para una nueva intervención militar, por necesaria que sea, y no quiere que lo culpen a él solamente por el ataque. Por otra parte, si el Congreso no autoriza el uso de fuerza, él pudiera pasarle la culpa a los republicanos por la falta de acción, como acostumbra a hacer cada vez que algo anda mal.

Lamentablemente, mientras el Presidente se sienta sobre sus manos, el régimen de Siria sigue matando impunemente a su misma gente y continúa colaborando estrechamente con Irán para promover el terrorismo en la región, ayudando a armar a grupos violentos como Hezbollah.

Que quede claro: ordenar un ataque militar en el que pueden morir civiles y miembros de nuestras Fuerzas Armadas debe ser, sin lugar a dudas, la decisión más difícil que tenga que tomar un presidente. Sin embargo, como comandante en jefe, el Presidente no puede rehuir esta decisión, sino enfrentarla con valentía.

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Reforma migratoria más allá del Senado

2013-08-17 | La Opinión

En su reciente conferencia de prensa, justo antes de salir de vacaciones, el presidente Obama sugirió que si los republicanos realmente están comprometidos con una reforma migratoria deberían considerar y aprobar el proyecto de inmigración que aprobó el Senado en junio. No obstante, según el propio presidente, “el reto ahora mismo no es que no haya una mayoría de miembros de la Cámara, como hay una mayoría de miembros del Senado, que no estén preparados a apoyar este proyecto de ley. El problema es la política interna del caucus republicano”.

El presidente tiene razón. La mayoría de los republicanos no apoyan el proyecto del Senado. Pero el tratar de implicar que eso demuestra que los republicanos no quieren atender este importante tema, es sencillamente falso y es otro esfuerzo más por el presidente para usar el tema exclusivamente para fines políticos.

¿Por qué deben lo republicanos de la Cámara considerar el proyecto del Senado? Después de todo, el Senado demócrata continuamente ignora los proyectos que pasa la Cámara republicana.

La Cámara y el Senado son dos cuerpos iguales dentro del poder legislativo. Lo que hace el Senado no obliga a la Cámara y vice versa, y esto es más evidente aún cuando, como hoy, cada cámara está controlada por un partido distinto.

El presidente actúa como si el proceso legislativo hubiera terminado una vez el Senado validó el consenso al que llegó la “pandilla” bipartidista de ocho senadores. Pero nadie puede esperar que el consenso al que llegaron ocho senadores controle todo el debate en un Congreso con 535 miembros.

Para aprobar legislación sobre un tema tan complejo y controvertible como el de la inmigración se necesita negociar un consenso mucho más amplio entre ambos partidos y ambas cámaras, tomando en cuenta la diversidad de puntos de vista de un grupo mayor de miembros. No nos debe sorprender, sin embargo, que el presidente no entienda esto, considerando que desde el comienzo de su administración, este ha demostrado una incapacidad para forjar consensos amplios en Washington para atender el sinnúmero de retos que enfrenta la nación.

Por otra parte, aunque la mayoría republicana de la Cámara ha descartado considerar el proyecto senatorial, la Cámara sí ha estado activamente debatiendo el tema de la inmigración de una manera integral durante los pasados meses. De hecho, los comités de lo Judicial y Seguridad Interna han comenzado a aprobar una serie de proyectos para consideración del pleno de la Cámara. Más aún, el liderato republicano ya ha dicho que cuando regresen del receso de agosto, consideraran medidas que permitan la legalización de los indocumentados.

El presidente también asume —y así nos lo dejo saber en la conferencia de prensa— que el proyecto del Senado es casi perfecto, que trata adecuadamente todos los aspectos del problema que ameritan atención. “El proyecto del Senado”, declaró, “realmente mejora la situación en cada uno de los temas que ellos [los republicanos] dicen que les preocupan”.

Sin embargo, esto tampoco es cierto. Aunque yo apoyé el proyecto del Senado porque era lo mejor que se podía aprobar en dicho cuerpo, debo admitir que este tiene serias deficiencias que deben ser corregidas.

Quizás el problema más grande del proyecto del Senado es que no atiende seriamente la necesidad que tiene nuestra economía de trabajadores extranjeros. El programa de trabajadores temporales no agrícolas que se incluyó en el proyecto del Senado es tan pequeño que es prácticamente irrelevante. Una vez plenamente implantado, después del 2020, a penas proveería 200,000 visas anualmente para aquellos que quieran venir del extranjero a trabajar y solo 15,000 al año para trabajadores en el sector de la construcción. Estos números no son realistas. Nuestra economía necesita muchos más trabajadores cada año.

Los republicanos de la Cámara entienden que esto es un problema y por eso los congresistas Raúl Labrador de Idaho y Ted Poe de Texas están trabajando en un proyecto de ley que crearía un programa de trabajadores más amplio que el del Senado, que se ajuste a las necesidades del mercado. Es evidente que si no hay suficientes visas para los trabajadores extranjeros que nuestra economía requiere, estos seguirían entrando al país ilegalmente y en breve volveríamos a tener una comunidad de indocumentados.

Si el presidente estuviera tan interesado en que se apruebe una reforma migratoria, le daría espacio a la Cámara republicana para decidir cómo quiere proceder con este tema. Su insistencia en que se considere el proyecto del Senado no abona en nada a crear un ambiente positivo en el que ambos lados se sientan que sus respectivos puntos de vista están siendo considerados. Todo lo contrario: lo único que logra es antagonizar a los republicanos y poner en riesgo el que se apruebe un proyecto de reforma.

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¿Quién quiere la reforma?

2013-08-10 | La Opinión

Mientras se debate la reforma migratoria en el Congreso, algunos analistas han sugerido que esta depende exclusivamente de los republicanos, ya que entienden que los demócratas están completamente comprometidos con la misma.

Es una narrativa simple, que nosotros los hispanos escuchamos casi todos los días a través de los medios de comunicación: los demócratas están del lado de los hispanos, y los republicanos, ¿quién sabe?

No dudo que los republicanos deben abordar el tema de la inmigración de una manera constructiva, articulando un plan que garantice la seguridad de la frontera, pero que también legalice a la inmensa mayoría de los indocumentados, que son gente buena y trabajadora. Ahora que el Senado a aprobado un proyecto de reforma, le compete a los republicanos que controlan la Cámara dirigir el esfuerzo para que este cuerpo pase su propia legislación.

Pero, al igual que lo demócratas en el Senado necesitaron de los republicanos para pasar su proyecto, ahora los republicanos necesitan de los demócratas para sacar un proyecto de la Cámara. Y, a pesar de la fe incuestionable que algunos tienen en el compromiso migratorio de los Demócratas, yo no estaría tan seguro de que ellos están dispuestos a cooperar con los republicanos.

No nos olvidemos que en el 2007, el líder demócrata del Senado, Harry Reid, y el entonces senador Obama jugaron un papel crucial en la derrota del proyecto bipartidista de la ley de inmigración. Reid, al adelantar el voto sobre el proyecto prematuramente, sabiendo que todavía no contaba con los votos, aunque había muy buenas posibilidades de que se consiguieran, y Obama, al presentar varias “píldoras venenosas”, enmiendas que le exigieron los sindicatos para descarrilar el proyecto.

Obama, Harry Reid, y Nancy Pelosi utilizaron este fracaso de la reforma para culpar a los republicanos por ello en la campaña del 2008 y prometieron que aprobarían una reforma integral en el primer año del nuevo cuatrienio. Y ¿qué pasó? Sencillamente no hicieron nada para lograr un proyecto de reforma después de las elecciones, aunque controlaban la Casa Blanca y las dos Cámaras del Congreso.

Como muchos, espero que los demócratas no vuelvan a sus maniobras políticas con el tema de la inmigración. Pero hay que señalar que ya lamentablemente estamos viendo algunas de las mismas jugarretas politiqueras de los pasados años por algunos políticos y grupos demócratas. Al ver que los republicanos en la Cámara están empezando a actuar, aprobando una serie de proyectos que atienden el problema de la inmigración de una manera integral y que ya han dicho que apoyan una legalización de los indocumentados, algunos demócratas temen perder este “issue” como herramienta política para ganar el apoyo de los votantes latinos.

Ante la intención del liderato republicano de la Cámara de aprobar una serie de proyectos de reforma, en vez de uno, el senador Harry Reid recientemente declaró que el Senado no consideraría legislación en pedazos. ¿Qué quiere decir con esto Reid? ¿Que ya le está cerrando la puerta de negociación a los republicanos de la Cámara?

Por otra parte, el grupo de cabildeo liberal, Organizing for Action, que básicamente es coordinado desde la Casa Blanca, ya ha comenzado una campaña de ataques políticos en contra de los republicanos de la Cámara con relación al tema de la inmigración. En una reciente columna, el presidente de esta organización, Jon Carson, acusó “al presidente de la Cámara, John Boehner, y a la Cámara de Representantes [de] obstaculizar el camino del futuro de nuestro país” al optar por no querer copiar la legislación que el Senado aprobó y querer pasar su propia legislación de reforma.

Estos comentarios no pueden ser minimizados o subestimados. Pudieran ser un indicio de que los demócratas están listos para regresar al juego político y sacrificar una reforma migratoria para hipócritamente tratar de ganar puntos políticos con el electorado latino.

El problema con esta estrategia, sin embargo, es que asume que nosotros los latinos somos tontos y que no nos damos cuenta cuando nos tratan de manipular. Actualmente, estamos empezando a ver movimiento por parte del liderato republicano en la Cámara a favor de una reforma migratoria que contenga una legalización de los indocumentados. Si los demócratas torpedean estos esfuerzos por razones políticas, nosotros no los vamos a perdonar. En efecto, se les puede virar la tortilla y el tema que usaban para ganar la mayoría de nuestro voto, pudiera convertirse en la razón para que empiecen a perderlo.

Durante las próximas semanas y meses, veremos si los demócratas realmente están comprometidos con una reforma migratoria. ¿Optarán por trabajar con los republicanos para lograr un consenso amplio que lleve a arreglar nuestro disfuncional sistema de inmigración, sacando a millones de personas de las sombras, o escogerán usar el tema de balón político?

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My fellow Republicans, wake up — Latinos are today’s Reagan Democrats

2013-07-18 | FoxNews.com

It’s time for the GOP to disregard the advice of establishment strategists who say that the party has to give up its defense of the right to life and the sanctity of marriage to win elections.

According to them, Republican candidates are losing the support of independents, women and young people because of their conservative views on these issues.

They point to recent polling that shows that the majority of these constituencies today favor abortion remaining legal and same-sex marriage.

The fallacy of this argument lies in the fact that, while voters today may indeed hold positions that are socially liberal with regards to those specific issues, the majority of them do not vote based on these issues.  The majority of Americans vote based on pocket issues like the economy, taxes and jobs.

Contrary to conventional wisdom, the majority of voters who vote exclusively based on social issues, vote for candidates who are conservative; who are pro-life and support traditional marriage.

Moreover, the small minority of voters who are primarily focused on the legalization of same-sex marriage and on keeping abortion legal will always vote overwhelmingly for Democratic candidates.

In other words, if the GOP were to gut its social agenda, rather than try to win over new voters, it would only alienate the faith-based constituency it desperately needs to mobilize and win elections. It may well end up with a “big tent” as the establishment desires, but one that’s pretty empty.

Republicans, however, also need to overcome the obstacles posed by what could be called “self-referential” conservatives; those within the party who have a hard time engaging constituencies that seem different — for the most part, superficially — to their base.

They seem intent in not wanting to find out if these groups may share their same values or they may have convinced themselves already that they don’t. Leaving the comfort zone of their shrinking base to go out to the periphery of our society to win new supporters, not by giving up principles, but by winning people over with the power of their ideas, is simply something they’re not willing to do.

The fear of the different paralyzes them and leads them to give up their efforts to find converts and grow the party and movement.

The debate over immigration is the perfect example of this phenomenon. The GOP, until a mere  seven years ago, was decisively supportive of immigration.

All the Republican presidents as well as presidential candidates of the modern era were supportive of immigration. And they held these view not because they were liberal, but because as good conservatives they understood that, historically, immigration has been essential to the economic growth of the nation, including for the creation of good jobs for American workers.

They also understood that immigrants help rekindle and strengthen the values and principles of our founding that sadly so many Americans today take for granted.

They understood that immigrants make America more, not less, American.

Yet, faced with a new large wage of immigrants, reminiscent of that of the turn of the last century, many Republicans, instead of remaining firm to their pro-immigration values, opted to shift their views to a restrictionist and nationalistic stance which demonizes all undocumented immigrants as serious criminals who should not be given a path to legal status even if required to pay a penalty and back taxes.

This is, thus, a relatively new point of view within the GOP and no one should try to argue, as incredibly some restrictionists are doing now, that opposing a path to legal status for undocumented immigrants is as defining for conservatives as defending small government and lower taxes and the right to life and the sanctity of marriage. Opposing immigration reform has never been a benchmark conservative posture.

One of the main reasons continuously articulated by GOP restrictionist leaders for opposing immigration reform is that supposedly Hispanics will never vote in large enough numbers for Republicans. They choose to ignore President Reagan’s famous quip: “Hispanics are conservative, they just don’t know it.”

They don’t care to hear that most Hispanics believe that abortion should be illegal, are opening businesses three times as fast as the national average and are supportive of school choice.

They also refuse to consider than just 8 years ago President Bush got as much as 44 percent of the Latino vote, and that the only reason that it went down to 27 percent in the last election is because of their ugly rhetoric on the issue of immigration.

They have made up their minds, regardless if it’s actually true, that for the most part, Hispanics are different from their base and that it’s waste of time to try to win them over.

This obtuse frame of mind threatens not only the viability of Republicans nationally, but most importantly, the growth of the conservative movement, and with it, the advancement of fundamental conservative principles like fiscal responsibility, limited government, family and faith.

Fifty-one percent of Latinos identify today as independent.

The Democratic Party is bleeding Hispanic voters because of its radical policies, but often they still end up voting for Democratic candidates because they believe that the GOP doesn’t care about them.

Republicans should wake up and realize that Latinos are today’s Reagan Democrats. They should pro-actively embrace them based on shared conservative values to form a winning conservative coalition in America.

In this sense, House Republicans have now a historic opportunity to begin building this coalition. If they choose to ignore the restrictionists within their ranks and decide to pass an immigration reform bill that is consistent with conservative principles, they will go a long way in making inroads with Latino voters and becoming once again a viable political force in national elections.

The road to victory for the GOP does not lie in giving up the conservative principles that it has historically stood for, but by opening itself — firmly grounded on those values — to new constituencies that they have ignored in the past.

Alfonso Aguilar is the Executive Director of the Latino Partnership for Conservative Principles, an initiative of the American Principles Project in Washington, D.C.

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Un primer triunfo

2013-05-25 | La Opinión

Los senadores republicanos deben enviar una señal a la Cámara Baja respaldando el acuerdo bipartidista

La reciente aprobación por el Comité Judicial del Senado del proyecto de reforma migratoria es un paso importante hacia la aprobación final de dicho proyecto por la Cámara Alta. Los miembros de la llamada “pandilla de los ocho” en el comité —los senadores Durbin, Flake, Graham y Shumer— fueron muy disciplinados y se aseguraron de que no se aprobaran ningunas “píldoras venenosas”, aquellas enmiendas que pudieran descarrilar el proyecto de ley.

El senador Schumer, por ejemplo, hizo clara su posición de que votaría en contra de una controvertible enmienda que quería someter a votación el senador demócrata Pat Leahy para permitir que los homosexuales puedan traer como inmigrantes del extranjero a sus parejas, de igual manera que un esposo o esposa puede hacerlo con su cónyuge bajo la ley actual. Aunque, Schumer estaba acuerdo con la sustancia de la enmienda, entendía correctamente que si se aprobaba, los republicanos le retirarían su apoyo al proyecto, acabando con las posibilidades de que el Senado pase una ley de reforma. Sin el voto de Schumer y de la senadora demócrata Feinstein, que también se oponía a la inclusión de esta enmienda, esta no contaba con suficientes votos en el Comité para ser aprobada. Ante esta situación, el senador Leahy optó por no presentar la enmienda a votación.

Por otra parte, las enmiendas que se aprobaron alteraron solo levemente el proyecto, no poniendo en riesgo el consenso alcanzado por los ocho senadores que confeccionaron el proyecto. Así, por ejemplo, para conseguir el voto del senador republicano Orrin Hatch, se aprobó una enmienda de este para simplificar el proceso para solicitar visas de trabajo para profesionales extranjeros con grados avanzados en ciencias e ingeniería.

El proceso de “mark-up” o consideración de enmiendas por el comité fue muy abierto y transparente, permitiendo que todos los senadores de ambos bandos se expresaran sobre el proyecto. Al final del día, se consideraron más de doscientas enmiendas.

El tener un proceso regular y abierto es importante para crear un ambiente político positivo que incentive la colaboración bipartidista y que no haga sentir a nadie sentirse excluido. Una de las principales razones que llevó a que el proyecto de reforma del 2007, así como el Dream Act que se consideró en el 2010, no prosperaran fue la insistencia del líder de la mayoría, Harry Reid, de tratar de obligar a los republicanos a votar por estos proyectos sin que haya habido suficiente tiempo para debate. En el caso del Dream Act ni les dejó presentar enmiendas. Obviamente, estas fueron maniobras procesales maquiavélicas para garantizar que los republicanos votaran en contra de estas medidas y así tratar de hacer el argumento político de que estos son anti-hispanos.

Gracias a Dios, el ambiente político ha cambiado. Tanto así, que ya el líder de la minoría Mitch McConnell, satisfecho con el proceso legislativo hasta el momento, ha dicho que los republicanos no se opondrán a que se lleve el proyecto de reforma al pleno del Senado para discusión y votación.

El senador Reid podría llevar el proyecto al pleno tan temprano como la primera semana de junio. Es importante que, como ocurrió en el Comité Judicial, Reid permita que se dé un debate amplio y que se les deje presentar a los miembros de ambos partidos todas las enmiendas que quieran. En el pleno es mucho más difícil que se apruebe una “píldora venenosa” que acabe con el proyecto.

Estimo que ya hay más de sesenta votos a favor del proyecto. El número de 60 votos es clave pues se necesita este número para impedir un “filibuster”, el procedimiento en el Senado que permite a un solo senador controlar el pleno para aplazar o impedir la consideración de una medida. También se necesitan 60 votos para cerrar el debate y proceder a la votación.

Me parece que de los 55 demócratas en el Senado, hasta 50 ya están dispuestos a votar a favor del proyecto. De tres a cinco senadores demócratas, como Max Baucus y Jon Tester de Montana, Mark Pryor de Arkansas, Heidi Heitkamp de Dakota del Norte, y Mark Begich de Alaska, que representan estados muy conservadores, pudieran votar en contra.

En cuanto a los republicanos, creo que, ya hay por lo menos diez votos a favor. Además de los cuatro republicanos de la pandilla de los ocho, creo que es muy posible que los siguientes senadores republicanos voten a favor: Lisa Murkowski (Alaska), Susan Collins (Maine), Rob Portman (Ohio), Mark Kirk (Illinois), Kelly Ayotte (New Hampshire), y Dean Heller (Nevada).

Sería muy positivo, sin embargo, que más republicanos —hasta más de veinte— voten a favor. Eso enviaría un mensaje contundente a los republicanos de la Cámara a que actúen con premura para aprobar una reforma migratoria.

Que no quepa duda: la aprobación del Comité Judicial del proyecto bipartidista de inmigración es un primer triunfo muy significativo en el largo camino hacia la aprobación final e implantación de una reforma integral. Para finales de junio, esperemos que el pleno del Senado pase el proyecto.

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Nuevo intento para reforma

2013-05-08 | La Opinión

Tanto demócratas como republicanos deberan ser flexibles para hacer realidad la ley

Con la radicación en el Senado del proyecto de ley de inmigración por el Grupo de los Ocho ya podemos decir que formalmente comenzó  otro esfuerzo para aprobar una reforma integral de nuestro sistema de inmigración.  Los ocho senadores, cuatro demócratas —Schumer, Durbin, Menéndez y Bennet— y cuatro republicanos —McCain, Graham, Rubio y Flake—, deben ser felicitados por trabajar juntos para lograr un consenso sobre este importante asunto.  El proyecto que han introducido es uno que atiende plenamente todos los aspectos del paradigma migratorio y que ofrece un paso difícil, pero justo, a la ciudadanía para los alrededor de 11  millones de indocumentados en el país.

Seis años ya han transcurrido desde la última vez que se intentó empujar una reforma migratoria.  Afortunadamente, el ambiente político actual  es uno mucho más positivo para la aprobación de una reforma migratoria que el que prevalecía en el 2007.  Esto se debe al diáfano mensaje que los votantes latinos enviaron en las últimas elecciones a ambos partidos.  A los republicanos, les dijimos que ya es hora que dejen de obstaculizar una reforma migratoria y que aborden el tema de una manera constructiva, y a los demócratas les dijimos que ya estamos cansados de promesas vacías y que queremos que trabajen con los republicanos de una manera genuina para aprobar una reforma migratoria este año.

Aún así, el camino hacia una reforma integral no es nada fácil y sigue minado por muchos de los formidables obstáculos que estaban presentes hace seis años.

Aunque es cierto que desde noviembre docenas de políticos republicanos y comentaristas conservadores que se oponían a una reforma migratoria se han manifestado públicamente a favor de un que se apruebe este año un proyecto de reforma que incluya una legalización de los indocumentados, todavía queda un puñado de muy vocales e influyentes republicanos como el congresista de Iowa, Steve King, que siguen con la retórica retrógrada de que una reforma migratoria no es otra cosa que una amnistía y que se van a oponer con todas sus fuerzas y con el apoyo del incesante cabildeo de grupos restriccionistas a cualquier proyecto de reforma.

Habrá que ver durante el debate cuan debilitados están o si todavía tienen suficiente fuerza para torpedear una reforma. Por otra parte, es importante que la mayoría de los republicanos en la Cámara apoyen incluir en el proyecto de ley un paso eventual a la ciudadanía para los indocumentados.  Sin esto, es posible que no se consigan los votos demócratas necesarios para pasarlo en este cuerpo.  Los demócratas insisten, y con razón, que cualquier reforma de inmigración debe permitirle a los indocumentados naturalizarse. Los republicanos deben darse cuenta que no es saludable para la estabilidad política y la cohesión social del país tener una comunidad de millones de extranjeros a quienes se les niegan los mismos derechos que sus amigos y vecinos.

Los demócratas, por su parte, pudieran sucumbir nuevamente a la tentación de usar el tema de la inmigración para fines políticos.  A ellos les encantaría retomar la Cámara de Representantes en las próximas elecciones de mitad de término del 2014.  Como hace seis años pudieran públicamente seguir diciendo que están comprometidos con una reforma, pero tras-bastidores emponzoñar el proceso a tal magnitud que no haya forma que los republicanos en consciencia puedan votar a favor de esta.  Esperemos que Obama y el liderato demócrata en el Congreso no le hagan caso a aquellos en su partido que solo quieren usar la inmigración como balón político.

De igual manera, es esencial que los demócratas no se dejen dominar por los grupos liberales de cabildeo.  Los sindicatos, por ejemplo, se oponen a que se cree un funcional programa de trabajadores temporales.  Aunque el AFL-CIO llego a un acuerdo con la Cámara de Comercio para crear un programa de trabajadores extranjeros que fue incluido en el proyecto del Grupo de los Ocho  en el Senado, el número de visas que provee es demasiado limitado.  Y, si ni hay suficientes visas de trabajo disponibles, los trabajadores seguirán entrando ilegalmente, aún si se intensifican las medidas de seguridad en la frontera.

En la Cámara, los republicanos justamente buscarán expandir el programa de trabajadores temporales.  Si los demócratas no demuestran independencia y se dejan dirigir por los sindicatos, muchos de ellos votarán en contra de un proyecto de reforma, poniendo en riesgo que pase en la Cámara.

Además, los demócratas en el Senado deben votarle en contra a la enmienda que los grupos de derechos gay están promoviendo y que pudiera ser presentada por el senador demócrata Pat Leahy de Delaware que permitiría que homosexuales y lesbianas peticionen a sus parejas para entrar  al país como inmigrantes de igual  que un cónyuge en un matrimonio puede pedir a su pareja.  Esta enmienda sería una “píldora venenosa” que  acabaría con el consenso que tanto trabajo ha tomado lograr entre ambos partido y garantizaría que el proyecto de reforma no se apruebe.

El jueves  el Comité Judicial  del Senado comienza formalmente el debate sobre la medida  del Grupo  de los Ocho.  Las próximas semanas nos darán una buena idea de cómo los demócratas y republicanos que apoyan una reforma manejan los difíciles obstáculos políticos que enfrentan.

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A fix to our migration woes

2013-05-05 | The Miami Herald

People are skeptical that Congress can really fix our dysfunctional immigration system. And with good reason. In the late ’80s, Congress enacted immigration reform, but the problem of illegal immigration didn’t stop, it only grew.

However, proponents of immigration reform, both Democrats and Republicans, tell us things are going to be different this time around because they’re going to mandate what the 1986 law didn’t: mainly, that operational control of the border is guaranteed, that an effective electronic system of employment eligibility is implemented, and that extremely steep fines are imposed on employers who hire undocumented immigrants.

There is no question that these provisions are necessary to properly address our immigration challenges. But, they’re still not enough to solve the problem permanently.

The only way to do this is by creating an effective mechanism to manage the future flow of immigrants: that is, by creating a credible guest-worker program.

A guest-worker program was also absent in the 1986 immigration-reform law. That’s the central reason it failed. The more than 3 million undocumented immigrants legalized at the time had already been absorbed by the labor market; yet American employers still needed more foreign workers. And, without any more work visas available, they kept coming in illegally.

The reality is that our economy needs a steady stream of foreign workers to perform jobs Americans don’t want to do or for which there are simply not enough Americans of working age. Even during these difficult times, there are many industries that could not continue to exist in their present prosperity without foreign labor. Agriculture is certainly one of them.

Let’s face it: Most Americans don’t want to pick fruit, mow lawns or wash dishes. Most feel they are overeducated for this kind of work. Moreover, often employers cannot find American-born workers under 50 to do many labor-intensive jobs. It’s evident that our native-born population is aging and we don’t have enough people to replenish our unskilled workforce.

At present, there are not enough work visas for foreign workers to come in legally. Moreover, work visa programs in existence are overregulated and burdensome on employers. The yearly limit for unskilled non-agricultural workers, for instance, is only 66,000 a year.

This is why immigrants end up entering illegally or overstaying their visas. There are no efficient legal ways for migrant workers to enter the country. In other words, government intervention and regulation has created the problem of illegality.

The population of undocumented immigrants currently in the U.S. is only a symptom of the immigration problem. We can improve border security and toughen domestic enforcement of immigration law, but if we don’t have a way to manage the future flows of immigrants, we will continue to see people coming here illegally to work. That is the power of the market forces of an economy like ours, which, after all, is the largest in the world.

A temporary worker program would incorporate into our system the concept of circular migration. Foreign workers would come in legally, perform their work, return to their home countries when they want to, and then re-enter legally to get back to work. Contrary to popular belief, most immigrants who come here don’t want to settle in the United States and become citizens. If they end up staying, it’s because to return home would require them to go through the unpleasant and dangerous experience of trying to enter the United States illegally all over again.

An effective guest-worker program is not only important for businesses that cannot find Americans for certain jobs. It is also essential to avoid separating migrant workers for extended periods of time from their families in their home countries. Too many children remain without parents in countries like Mexico because we impede the circular movement of migrant workers.

The Senate bill introduced by the bipartisan “Gang of Eight” does provide a good, realistic, worker program for agriculture, but the guest worker plan for non-agriculture unskilled workers is too small. Once it’s fully phased in by 2020, it would cap work visas at only 200,000. And, for construction in particular, it would cap them at 15,000.

It is absolutely imperative that the proposed guest worker program be expanded and improved if we are to succeed in fixing our immigration system. The Vernon Krieble Foundation, for example, has proposed a market-based program that could serve as a framework for legislators.

President Reagan understood this better than many. Already back in the ’70s and ’80s, labor groups and restrictionist organizations complained about immigrants who come here to work. To them Reagan simply replied: “It makes one wonder about the illegal alien fuss. Are great numbers of our unemployed really victims of the illegal alien invasion, or are those illegal tourists actually doing work our own people won’t do? One thing is certain in this hungry world: No regulation or law should be allowed if it results in crops rotting in the fields for lack of harvesters.”

Alfonso Aguilar is the executive director of the Latino Partnership for Conservative Principles and former chief of the U.S. Office of Citizenship in the George W. Bush administration.

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Cautivar a los republicanos

2013-03-24 | La Opinión

Es refrescante ver al presidente Obama hacer lo que no hizo en cuatro años

Más de cuatro años ya han pasado de que Barack Obama asumió la presidencia y ahora es que finalmente parece haberse dado cuenta de que para gobernar necesita comunicarse con el liderato de la oposición en el Congreso. Advierto, sin embargo, que por el momento esto es solo una impresión. Quizás los últimos gestos de bipartidismo del presidente son solo movidas puramente políticas para tratar de desmentir a analistas como yo que lo han criticado por no cultivar el dialogo con los republicanos. Pero, en fin, sea la razón que sea, démosle al presidente el beneficio de la duda.

Ha sido francamente refrescante ver al presidente hacer en estos últimos días lo que los presidentes se supone que hagan: buscar crear consenso entre políticos de partidos e ideas diversas. En las últimas semanas el presidente ha hecho un esfuerzo inusual de levantar el teléfono para llamar y reunirse con senadores y congresistas republicanos. El presidente fue hasta el Congreso para reunirse con la conferencia republicana de la Cámara y tuvo una abierta discusión con ellos sobre un sinnúmero de temas.

Obama también fue a cenar con un grupo de senadores republicanos e incluso tuvo un almuerzo con el congresista Paul Ryan, el ex-candidato a vicepresidente por el Partido Republicano.

Sobre el almuerzo, el congresista Ryan dijo que “esta (era) la primera vez que (tenía) una conversación con el presidente que dure más de dos minutos…”. Esto quiere decir que en cuatro años el presidente no había tenido un intercambio sustantivo con el congresista que dirige el vital comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes. No es de extrañarse, por tanto, que, bajo su incumbencia, el gobierno hasta el momento no haya tenido ni un solo presupuesto aprobado por el Congreso.

No se puede exagerar la falta de voluntad que este presidente ha demostrado durante los pasados años para dialogar y negociar con miembros del Congreso. Las quejas curiosamente no solo provienen de republicanos, pero también de demócratas, que dicen que el presidente sencillamente es inaccesible.

El presidente no consultó seriamente con los republicanos al empujar su ley de reforma de salud y el programa de “estímulo económico” en el Congreso a comienzos de su mandato. Y, después, de que su partido perdiera la Cámara, precisamente por la falta de popularidad de estas medidas, el presidente no buscó entablar comunicación real y amplia con los republicanos para atender los diversos retos nacionales.

La falta de voluntad del presidente para evitar el llamado “secuestro” o confiscación —el recorte indiscriminado de 1.2 millones de millones al presupuesto— es la última muestra de la renuencia que éste ha tenido para sentarse a negociar. Después de básicamente idear la confiscación hace dos años y lograr que los republicanos la legislaran, prometiéndoles que negociaría con ellos una serie de recortes alternos de envergadura, el presidente no hizo nada para evitarla. En primer lugar, desoyó las recomendaciones del comité bipartidista que el mismo había nombrado para identificar los recortes alternos y, después, no hizo ningún esfuerzo auténtico para dialogar con los republicanos para lograr dichas reducciones en el gasto.

El presidente, en cambio, esperó que la ley que viabiliza la confiscación —la llamada ley de control de presupuesto del 2011— estuviera por entrar en vigor el pasado 1 de marzo para ponerle presión públicamente a los republicanos para aumentar aún más los impuestos, sin proponer ningunos recortes específicos al presupuesto; faltando así a su palabra a los republicanos pues el consenso al que había llegado con ellos dos años antes era para reducir el gasto público y no para aumentar los ingresos del fisco.

Esto, evidentemente, fue una burda maniobra política de la Casa Blanca para tratar de culpar a los republicanos por los recortes de la confiscación y así tratar de ayudar a los demócratas a retomar la Cámara en las próximas elecciones del 2014. En efecto, durante las semanas anteriores a que la confiscación entrara en vigor, el presidente y los miembros de su gabinete estuvieron de “tour” por el país asustando a la ciudadanía sobre el supuesto impacto devastador que esta tendría. Según ellos, los recortes se sentirían de manera inmediata; cientos de miles de empleados públicos serian cesanteados, incluyendo agentes del FBI, operadores de tráfico aéreo y maestros; se formarían larguísimas filas en los chequeos de seguridad en los aeropuertos y habría atrasos en los vuelos a través del país; fiscales dejarían de procesar a peligrosos criminales; y cientos de miles de jóvenes y personas de edad avanzada dejarían de recibir servicios públicos esenciales.

El problema es que, al final, el apocalipsis que nos vendieron no se materializó. Todo continuó como antes. Y si bien el pueblo americano culpó a los republicanos como quería el presidente, también lo responsabilizó a él. En cuestión de una semana su índice de aprobación se desplomó a menos de 50%, según la encuestadora Gallup.

Esto, sin lugar a dudas, es lo que ha causado que ahora la Casa Blanca recalibre su estrategia política y comience esta nueva estrategia de dialogo con los republicanos. El presidente sabe que su legado está en juego y, además, es posible que se haya dado cuenta que el pueblo estadounidense no va a aguantar que se juegue a la política con el futuro del país. No obstante, esperemos que este apertura al dialogo sea sincera y que redunde en la formación del consenso bipartidista que necesitamos para resolver muchos de los problemas que nos aquejan.

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The great absentee on immigration

2013-02-11 | The Hill

During his second inaugural speech, the president proclaimed that “[o]ur journey is complete until we find a better way to welcome the striving, hopeful immigrants who still see America as a land of opportunity.” Powerful words, indeed. The problem is that, coming from him, they ring hollow.

The president loves to pontificate about immigration, but the reality is that since his administration began, he hasn’t done anything to advance the discussion of immigration and help forge the bipartisan consensus necessary to address this important issue. He’s only made promises that he hasn’t kept.

As a candidate back in 2008, he told Univision’s Jorge Ramos that “[w]hat I can guarantee is that we will have in the first year [of the presidency] an immigration bill that I strongly support.” Yet, he didn’t lift a finger to keep what Ramos called “la promesa de Obama”–Obama’s promise.

The president went at it again a few days ago in Las Vegas where he outlined his immigration reform plan and basically restated “la promesa,” saying, “I’m here today because the time has come for common-sense, comprehensive immigration reform.”

Yet, the president has done nothing to reach across the aisle to discuss his ideas on how to solve this tough issue. Since the election, in fact, he hasn’t called one Republican member to talk about immigration.

When asked in an interview why he hadn’t pro-actively reached out to Republicans, he seemed to indicate that the leadership has to come from Capitol Hill and not from him. “I am happy to meet with anybody, anytime, anywhere to make sure that this thing happens,” he said. “You know, the truth is oftentimes what happens is members of Congress prefer meeting among themselves to build trust between Democrats and Republicans there.”

The question then is: how exactly is he leading and “working on the issue” if he’s not talking to anyone on the other side? After all, the most important role of a president is of consensus builder. Presidents outline a vision to resolve specific problems the nation is facing and then work to bring legislators from both parties together. That’s what presidents have always done. A president doesn’t lead or govern just by giving speeches.

Congressman Luis Gutierrez, a Democrat from Illinois, and an unquestioned leader on immigration reform, just last month vented his frustration with the president in an interview with The Hill: “Who’s missing from these conversations is the president of the United States. When senators from both parties and members of the House are talking, when you have the Senate majority leader and Speaker Boehner both saying that this is an important priority. Who’s the one missing? The president.”

Nonetheless, as Congressman Gutierrez mentioned, the good news is that congressional Democrats and Republicans early on, right after the elections, began working together on the issue and have achieved considerable progress. Just recently, after weeks of tough negotiations and discussions, a bipartisan group of senators came out with a framework that fully addresses the immigration challenges that our nation is facing, and that strikes an appropriate balance between the legitimate security concerns of the country and our tradition of being a welcoming nation. And a bipartisan working group in the House is expected to announce a similar blueprint in the next few weeks. The only party that has not been involved in these historic and productive conversations has been the White House.

If the president is really being honest about wanting to get immigration reform done, then it would be better for him to quit for now the speaking tour, follow the example of congressional Democrats and Republicans, and work in earnest to expand the bipartisan consensus that has been achieved so far.

Many are concerned, though, that the president will only use immigration for political advantage; that he will call on Americans to mobilize and express their support for immigration reform, but won’t do anything himself to engage congressional leaders in a serious conversation about the issue. If the president chooses this path, he will surely disrupt the great progress that has been achieved so far by both parties in Congress.

Americans elected Barack Obama to be president. They didn’t elect him to be an activist or community organizer. It’s time for him to overcome his social anxiety over talking to politicians who think differently from him, and begin developing the working relationships with individual Republican members that are vital to building the trust and respect needed to reach a deal on such a complex issue as immigration.

Aguilar is the executive director of the Latino Partnership for Conservative Principles and former chief of the U.S. Office of Citizenship in the George W. Bush administration.

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Recortar el gasto público

2013-01-28 |  La Opinión

El gobierno debe hacer ajustes y reducir el gasto como si fuera una familia

Ante una deuda que ya rebasa los 16.4 millones de millones, el presidente Obama todavía no da indicio de que esté dispuesto a recortar seriamente el gasto público. Y que quede claro: la inmensa deuda que hemos amasado, y que ha aumentado en más de 35% bajo esta administración, no se debe a que hay gente que no está pagando lo suficiente en impuestos, sino a que el gobierno está gastando dinero que simplemente no tiene.

El presidente falsamente alega que su administración está implantado un plan de reducción de déficits que busca reducir $4 millones de millones de la deuda en un periodo de diez años. Según el presidente, la administración ya ha logrado cortar $2.5 millones de millones, lo que, de acuerdo a él, permitiría que estabilicemos la deuda muy pronto.

El problema con el argumento del presidente es que sus números son engañosos. Incluye en sus números ahorros, como lo que se va a dejar de gastar en las guerras de Afganistán e Irak, y los ahorros de $800 mil millones dólares en pagos de la deuda, como reducción de gastos. Estos, no obstante, no son realmente recortes al presupuesto.

Lo que necesitamos son reducciones reales al gasto público, en particular a las prestaciones sociales que en el 2012 constituyeron casi el 62% de todo el gasto. Se requiere además una reforma del Medicare y el Seguro Social. Pero estos recortes y reformas requieren decisiones difíciles y el presidente no está dispuesto a tomarlas.

En el 2010 el presidente firmó la ley de control de presupuesto que requería que la Casa Blanca trabajara con los Republicanos para identificar recortes al gasto público. Pero en vez de buscar un gran acuerdo para lograr recortes verdaderos al gasto, el presidente desperdicio estos dos años, jugando a la política con este tema, argumentando que los problemas fiscales que tiene la nación, se deben a que los ricos no aportan lo que debieran al fisco. El presidente incluso ignoró los recortes recomendados por la Comisión bipartidista que el mismo nombró para determinar cómo reducir la deuda y que presidieron el ex-senador Alan Simpson y el ex-jefe de gabinete del presidente Clinton Erskine Bowles.

Después de desperdiciar todo este tiempo, y a semanas de que la nación callera por el precipicio fiscal que la ley de control de presupuesto impuso, en caso de que no se llegara a un acuerdo, el presidente le envió a los republicanos en el Congreso un plan que no contenía ningún recorte al gasto público y que solo proponía aumentos contributivos a los más adinerados e, increíblemente, más gasto de supuesto estimulo económico.

En las negociaciones de último minuto que siguieron, el presidente nuevamente evitó llegar a un gran acuerdo para reducir la deuda al no querer incluir en las discusiones la reformas del Medicare y el Seguro Social. Al final, propuso, como era de esperarse, que se llegara a un acuerdo exclusivamente sobre el aumento de ingresos al fisco, posponiendo la discusión sobre cómo evitar el precipicio fiscal por dos meses.

Los Republicanos lograron, exitosamente, limitar el impacto negativo que los aumentos en impuestos propuestos por Obama hubieran tenido en un sector amplio de la clase media, particularmente los dueños de pequeños negocios. En vez de no extenderle los recortes contributivos que se aprobaron durante la administración Bush a aquellas parejas que generan más de 250,000 dólares como proponía la Casa Blanca, los republicanos lograron que se le dejaran de extender solamente a parejas que ganan más de 450,000. Los republicanos lograron, por tanto, hacer permanente 85% de los recortes en impuestos de la era de Bush a 98 por ciento de todos los contribuyentes; recortes a los que los demócratas se opusieron vehementemente hace diez años.

Es evidente, que la Casa Blanca y los demócratas en el senado no están interesados en trabajar con los republicanos para resolver el problema de la deuda y el gasto público. Desde que el presidente asumió su cargo, todos los presupuestos que ha sometido han contenido déficits de más de un millón de dólares, sabiendo que estos no iban a ser tomados en serio en la Cámara Republicana. Más aún, el Senado Demócrata en tres años no ha aprobado un solo presupuesto. Mientras tanto, los Republicanos en la Cámara todos los años han aprobado presupuestos, que han incluido reformas al Medicare.

El presidente demostró una vez más su falta de apertura al dialogo hace poco cuando dijo que no está dispuesto a negociar con los republicanos sobre la extensión del límite de la deuda. Y, aunque los republicanos acaban de aceptar extenderle el crédito al gobierno federal por tres meses adicionales, exigen que la Casa Blanca se comprometa a recortes auténticos al gasto.

Y no es para más. Cuando una familia normal y responsable llega al límite de su crédito, hace ajustes y sacrificios necesarios para reducir los gastos. ¿Por qué debemos permitir que el gobierno actúe de una manera diferente?

Debemos ponerle fin de una vez y por todas al gasto desmedido del gobierno. Washington está hipotecando el futuro de nuestros hijos y nietos y poniendo el futuro económico de la nación en riesgo. Es hora que el presidente actúe de una manera responsable y se ponga a trabajar y negociar con el liderato republicano en el Congreso para atender adecuadamente esta grave crisis que enfrenta el país.

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Lección para Republicanos

No era necesario que Romney tome una actitud ofensiva en inmigración

2012-12-15 |  La Opinión

El gigante durmiente del voto latino finalmente se despertó en las pasadas elecciones y rompió decididamente a favor del presidente Obama. Los Demócratas, sin embargo, no deben hacerse ilusiones. Esto no se debió a que los latinos estuvieran satisfechos con el desempeño del presidente durante los pasados cuatro años; se debió, más bien, a que estos se sintieron ofendidos por la retórica y postura del gobernador Romney en cuanto a la inmigración.

Los resultados fueron contundentes. El voto latino, que fue 10% del electorado —14 millones de votantes— determinó los resultados en cinco estados claves: Colorado, Florida, Nevada, Nuevo México y Virginia. Romney debía ganar la mayoría de estos estados para poder prevalecer en la elección general. Sin embargo, terminó perdiéndolos todos.

Romney obtuvo solo el 27% del voto latino, 4 puntos menos que lo que recibió el senador McCain hace cuatro años y 17 puntos menos que lo que el presidente Bush recibió en el 2004.

Hay que reconocer que los latinos estaban muy molestos con el presidente por faltar a su promesa de que en el primer año de su mandato empujaría un proyecto de reforma migratoria y por su política de deportaciones masivas que está separando a cientos de miles de familias a través de todo el país. Pero, aún así, la mayoría de ellos consideraba que la alternativa al presidente era mucho peor.

Al contrario de lo que muchos analistas Republicanos, incluyendo el propio gobernador Romney, han dicho después de las elecciones, los latinos no votaron por el presidente por los supuestos “regalos” que este les hizo. Los latinos no votaron a favor del presidente por “Obamacare”, la ley de reforma de salud que este promulgó, o porque un número mayor de ellos ahora recibe algún tipo de ayuda gubernamental. No creo que los latinos estemos muy contentos de que haya más de nuestra gente recibiendo cupones de alimento debido a la crisis económica y la consiguiente falta de empleo.

La principal razón, como he dicho, que llevó a la inmensa mayoría de los latinos a apoyar la reelección del presidente fue la retrógrada posición del gobernador Romney sobre el tema de la inmigración. Si el gobernador Romney hubiera tenido una postura más constructiva sobre este tema tan importante para los latinos, hubiera sido mucho más competitivo con este creciente sector del electorado.

Lo triste es que no había necesidad de que Romney —quien honestamente no creo que sea antiinmigrante— adoptara esta demagogia ofensiva. La realidad es que la base conservadora del Partido Republicano, la que sale a votar en las primarias, no es restriccionista y no se opone a una reforma migratoria. De hecho, estudio tras estudio demuestra que los votantes Republicanos apoyan una legalización y un programa de trabajadores temporales.

El otro error garrafal de los asesores Republicanos del establishment, que demuestra además gran c ondescendencia hacia nuestra comunidad, fue asumir que después de la primaria, Romney podía ganarse a los latinos, suavizando su retórica antiinmigrante y ajustando algunas de sus posturas para sonar más positivo en este asunto. Estos señores ignorantemente no entendían que los latinos estaban escuchando la narrativa primarista de los Republicanos desde el principio y no se iban a olvidar de las barbaridades que se dijeron. No había, pues, nuevas posturas, anuncios en español o portavoces hispanos que pudieran reparar el daño. La candidatura del gobernador Romney estaba herida de muerte desde su inicio.

Espero que los resultados de estos recientes comicios electorales hagan despertar a los Republicanos y los lleven a retomar el tema de la inmigración de una manera positiva y constructiva como lo hicieron en su momento el presidente Ronald Reagan y el presidente George W. Bush. De lo contrario, el Partido Republicano está destinado a convertirse en una oposición minoritaria permanente sin un candidato que pueda ganar la Casa Blanca en varias décadas.

No quiere decir esto, claro está, que si los Republicanos regresan a una política favorable a la inmigración, se van a ganar el voto latino de la noche a la mañana, sin ningún esfuerzo.

Los Republicanos pueden volver a ganarse el apoyo de los latinos; particularmente si consideramos que la comunidad latina del presente, nutrida por la inmigración, es una mucho más conservadora. Es muy emprendedora, no quiere depender del gobierno, favorece el derecho a la vida, y cree en la familia y en el valor del matrimonio tradicional.

El camino que los Republicanos deben seguir para asegurase su viabilidad política es uno claro. La pregunta es cuándo comenzarán a emprenderlo.

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On Immigration, Romney is a Better Choice Than Obama

2012-11-01 |  Fox News Latino

The fate of undocumented immigrants in the United States is undoubtedly of  great concern to our nation’s Hispanic community, and under the Obama  Administration their future is now even more vulnerable than ever before.

The immense majority of undocumented immigrants are hardworking and honest.  They did not come to this country seeking handouts, but rather to build for  themselves a better life. Overwhelmingly, they are neither criminals nor do they  present a risk to the security of our communities, despite what some naysayers  may believe. Quite the opposite, in fact —undocumented immigrants contribute to  our economy and society through their hard work and entrepreneurship. They  already form an integral part of our society and our country, as immigrants have  for centuries.

It is a true injustice that politicians from both parties are allowed to play  the political game with the futures and aspirations of immigrants.

Four years ago, President Obama promised over and over again that if he were  elected he would advance an immigration reform bill during the first year of his  presidency. During a 2008 interview with Univision’s Jorge Ramos, Obama  unequivocally proclaimed that “I can guarantee… that we will have in the first  year an immigration bill that I strongly support and that I’m promoting and that  I want to move that forward as quickly as possible,” giving Ramos such hope  about possible change that he quickly began calling it “La promesa de Obama” —Obama’s Promise. Nevertheless, despite having a Democratic majority in the  House and the Senate during his first two years as President, he opted to do  nothing to address this important issue. The President gave us his word and he  simply didn’t keep it.

Not only did the President fail to follow through with his promise to our  community, but in fact he has implemented the most aggressive deportation policy  in the history of the United States. While proclaiming himself a great friend of  the Latino community, he is simultaneously deporting more immigrants than any  previous president in history, Republican or Democrat.

The President tells us that the number of deportations has increased because  he is deporting criminals, but the government’s own statistics show us that this  is not true. According to the Immigration and Customs Enforcement office, part  of the Department of Homeland Security, nearly 50 percent of the people who have  been deported do not have criminal records. Yet the President continues to  attempt to deceive the nation’s Latino community during this election by simply  repeating what he said in 2008: if elected, he would reform our broken  immigration system.

Some try to tell us that the alternative in this election is worse than  Obama’s on immigration, but that simply isn’t true.

Governor Romney has said that if he were elected president, he would work  with Republicans and Democrats in Congress to create permanent legislative  reform of our immigration system. In the Presidential Forum sponsored by  Univision, Romney reaffirmed that he was “not going to be rounding people up and  deporting them. We’re going to put in place a permanent solution…I will actually  do what I promise, I will put in place an immigration reform system that  resolves this issue.”

Moreover, contrary to what Obama would like you to think, Romney supports a  version of the DREAM ACT and has called for the elimination of quotas for the  immediate relatives of permanent residents.

President Obama had the opportunity to do something on immigration and chose  not do anything; Governor Romney hasn’t had that opportunity.

Let’s give him, therefore, the chance to meet his promise. If he fails us,  like the President failed us, we have the option of voting him out four years  from now. But today, let’s give him the chance to fix our broken immigration  system.

In the upcoming election we cannot afford to reward someone who has failed us  and who is actively persecuting our community, separating hundreds of families  throughout the country. We must make sure that our vote matters.

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Necesitamos un presidente nuevo

El candidato Republicano, Mitt Romney, merece una oportunidad

2012-10-30 | La Opinión

Este mes la caricatura del gobernador Romney creada por la campaña del presidente Obama finalmente se desvaneció. El Romney que Obama nos estuvo vendiendo desde el verano, el hombre desconectado de la realidad cotidiana del ciudadano promedio y solamente interesado en beneficiar a los multimillonarios, sencillamente no se materializó en los debates que comenzaron a principios de mes.

Todo lo contario. Desde el primer debate presidencial, en el que, de hecho, Romney apabulló al presidente, el pueblo estadounidense tuvo la oportunidad de observar a una persona totalmente distinta a la que nos habían descrito; vimos a un hombre serio, sumamente inteligente y, sobre todo, muy humano y humilde.

No nos debe extrañar, por tanto, que desde comienzos de octubre, el gobernador Romney haya subido en las encuestas y que su candidatura siga ganando “momentum”. Es evidente que los estadounidenses han respondido favorablemente al verdadero Romney y se ha identificado con su mensaje de futuro y progreso para la nación.

Y es que el pueblo estadounidense está frustrado con el rumbo que está siguiendo el país. Hace cuatro años Obama ganó las elecciones, prometiéndonos que nos sacaría del atolladero económico en el que nos encontrábamos, asegurándonos que el desempleo no rebasaría el 6%. A más de tres años de su gestión, el desempleo se encuentra estancado a alrededor del 8%, y para los latinos, a alrededor de un 10%. Cuando el presidente asumió su mandato, había 32 millones de personas recibiendo cupones de alimento, hoy tenemos 47 millones.

Y las cosas no parecen mejorar. Este año la economía creció más lento que el año pasado y el año pasado más lento que el anterior. En el último trimestre la economía creció a un ritmo de apenas 1.3 por ciento.

Ante este tétrico cuadro económico, no me parece prudente darle otra oportunidad al presidente Obama. Si sus políticas no funcionaron estos pasados cuatro años, ¿por qué pensar que van a funcionar en los próximos cuatro?

El presidente Obama apostó —y sigue apostando— en el gobierno para echar la economía a andar. Pero la realidad es que el gobierno, como hemos visto claramente durante estos pasados años, no puede crear una economía robusta. El programa de gasto público del presidente de casi un millón de millones lo único que produjo fue menos crecimiento y más desempleo.

Me parece, pues, que si queremos cambiar el rumbo que ha tomado nuestra economía, tenemos que cambiar la filosofía de gobierno que actualmente domina Washington y darle la oportunidad a otra persona, a otra visión económica. Los debates de este mes están llevando a la mayoría del pueblo americano a concluir que el gobernador Romney es esa persona que nos puede ofrecer un camino alterno.

El gobernador Romney, en efecto, tiene una visión muy distinta a la del presidente. Él reconoce que solo la empresa privada puede fomentar un verdadero y saludable crecimiento económico que lleve a la creación vigorosa de empleos. Por eso, ha propuesto un plan que busca reducir la participación del gobierno en la economía para facilitar e incentivar la expansión del sector privado. El gobernador propone disminuir considerablemente el gasto público, eliminar onerosas regulaciones gubernamentales de la empresa, y mantener las contribuciones que pagan las empresas —particularmente las pequeñas— a un nivel bajo.

Otro reto que enfrenta la nación para el cual necesitamos nuevo liderato es el de inmigración; un asunto que es de suma importancia para nosotros, los latinos.

El candidato Obama nos prometió, una y otra vez, hace cuatro años, que de salir electo, en el primer año de su mandato, empujaría un proyecto de reforma migratoria. Sin embargo, a pesar de tener una mayoría demócrata en la Cámara y en el Senado en Washington, optó por no hacer nada para atender este importante tema. El presidente nos dio su palabra y sencillamente no la mantuvo.

Pero, el presidente no solo dejó de cumplir con su promesa a nuestra comunidad. El presidente Obama ha implantado la política más agresiva de deportación en la historia de los Estados Unidos. El mismo que se proclama como nuestro amigo, ha deportado más inmigrantes que cualquier otro presidente en la historia.

El presidente nos dice que el número ha aumentado porque él está deportando criminales, pero las propias estadísticas del gobierno nos muestran lo contrario. Hasta 50% de las personas deportadas hasta el momento no tienen antecedentes penales.

No podemos recompensar a alguien que nos falló y que está activamente persiguiendo a nuestra comunidad, separando miles de nuestras familias a través de la nación. Necesitamos un nuevo líder.

Durante los debates el gobernador Romney dijo claramente, que, de convertirse en presidente, buscaría trabajar con demócratas y republicanos en el Congreso para alcanzar una reforma legislativa permanente de nuestro sistema de inmigración. También dijo que se opone a las deportaciones en masa y a las redadas.

El presidente tuvo la ocasión de hacer algo y no lo hizo. ¿Qué nos hace pensar que en un segundo término haría algo para adelantar el tema?

Démosle ahora la oportunidad al gobernador Romney. Si nos falla, como nos falló el presidente, ya sabemos que hacer de aquí a cuatro años. Pero, ahora, démosle la oportunidad.

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¿Un Partido sin Dios?

2012-9-26 | La Opinión

Ni los Demócratas ni Obama representan los valores latinos

La Convención del Partido Demócrata realizada hace un tiempo en Charlotte, North Carolina, demostró como este partido, bajo el liderato del presidente Barack Obama, se encuentra dominado por la izquierda cultural.   De hecho, prácticamente todos los líderes que desfilaron por el podio expresaron insistentemente su apoyo al aborto y al matrimonio de personas del mismo sexo.  Desde el alcalde de San Antonio, Julián Castro, a la primera dama, Michelle Obama, todos los oradores declararon su compromiso con estas causas.

Más aún, por todas partes se veían, durante los tres días de la convención, banderines y letreros haciendo alusión a los “derechos gay” y al supuesto derecho de la mujer a decidir abortar a su bebé no nacido.  Este encuentro no parecía la convención de uno de los dos principales partidos del país, sino más bien, un mitin de “hippies” y extremistas.

Al inicio, por ejemplo, los coordinadores de la convención quisieron que la controvertible activista pro-aborto, Sandra Fluke, ofreciera uno de los principales discursos de la noche.  Fluke se hizo famosa meses atrás cuando, como estudiante de Derecho en la Universidad de Georgetown, hizo una presentación a un grupo de miembros demócratas del Congreso en el que manifestó su firme oposición a que instituciones afiliadas a iglesias, por razones de conciencia, puedan optar por no ofrecer anticonceptivos libre de costo a sus empleados o, en el caso de las universidades, a sus estudiantes.

Y en la última noche de la convención, la hija del expresidente John F. Kennedy, Caroline, siguió el tono extremista de la convención al decir “como una mujer católica, yo tomo la salud reproductiva seriamente, [la cual] hoy en día está bajo ataque”.  ¡Mujer católica! Estoy seguro que la señora Kennedy sabe muy bien que la doctrina de la Iglesia católica se opone contundentemente al aborto y la salud reproductiva que defienden los demócratas.  “Como católica”, la señora Kennedy debería saber que su comentario para los católicos es básicamente sacrílego.

El momento emblemático de esta convención, sin embargo -que, en efecto, es representativo de todo el  radicalismo que se percibió en este encuentro-, se dio cuando el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, prácticamente le imploró a  los militantes radicales de su partido que incluyeran a Dios en la plataforma del partido.  Resulta que el texto de la plataforma que fue aprobada por el comité encargado de redactarla, y que fue revisado por la propia campaña de reelección del presidente Obama, excluyó por primera vez en la historia de esta colectividad política toda referencia a Dios.  En específico, se aseguraron que la palabra “Dios” no apareciera en lo absoluto en el texto de la plataforma.

De más está decir que es sorprendente que en un país como el nuestro, fundado en la creencia de un ser supremo, como articulado en la Declaración de Independencia, que habla del “Creador”, de la “Divina Providencia” y del “Dios de la naturaleza”, y como expresado en nuestro lema oficial -”In God We Trust”-, “En Dios Confiamos”, uno de nuestros principales partidos políticos busque ponerle fin a nuestra tradición patriótica de reconocer al Todo Poderoso en sus principales declaraciones y manifiestos.  Pero, parece que el Partido Demócrata bajo Obama ha decido claudicar por completo a organizaciones extremistas como el American Civil Liberties Union que quieren sacar a Dios y la Iglesia de la plaza pública.

Los republicanos se dieron cuenta de esta terrible omisión y alzaron su voz el primer día de la convención, lo que provocó que la campaña de Obama, que aparentemente pensaba que nadie se iba a dar cuenta de su atea maniobra, para evitar el escándalo, inmediatamente se moviera para que se enmendara la plataforma para incluir una mención del divino creador.

Así, pues,  Villaraigosa llevó al pleno de la asamblea para votación a voz dicha enmienda, pensando que fácilmente sería aprobada por los delegados comprometidos con el presidente Obama.  Jamás pensó el alcalde que la inmensa mayoría de los delegados después de ser interpelados una, dos y hasta tres veces por él, votaran de manera claramente audible en contra de la enmienda, en contra de Dios.

Desesperado el alcalde, ante la renuencia de fieles radicales del presidente a seguir el plan políticamente correcto concebido por los propios asesores del Comandante en jefe, en vivo y todo color, se atrevió a decir que la asamblea había votado por dos tercios a favor de la enmienda.  Es decir, que el no de los delegados realmente era un sí.

En fin, que quedó claro ante todos que la base política de Obama rechazó a Dios tres veces, y que a  diferencia de San Pedro, el arrepentimiento del presidente no fue genuino, sino una mera movida acomodaticia para evitar ataques políticos.

Nosotros los latinos somos gente de fe.  Creemos en la familia, y en el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural.  No creo que esta convención ni el liderato actual del Partido Demócrata, encabezado por el presidente Obama, sean representativos de nuestros valores.  En noviembre asegurémonos que nuestro voto cuente y que votemos por nuestros valores.

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Distracciones

2012-8-10 | La Opinión

Obama trata desesperadamente de cambiar el tema de discusión pública

Hace cuatro años, el entonces candidato Barack Obama nos prometió  que nos sacaría del hoyo económico en el que nos encontrábamos y, que en el proceso, fomentaría la creación de cientos de miles de empleos.  El señor Obama nos dijo, además, que si no lograba hacer esto en tres años, su incumbencia en la Casa Blanca, sería “una proposición de un término”.

Pues, bien, a más de tres años del comienzo de su mandato, y aunque técnicamente hemos salido de la recesión, la economía se encuentra prácticamente paralizada, creciendo a un ritmo demasiado lento -1.5% en el último trimestre- y el desempleo ha aumentado exponencialmente, estancándose a alrededor de 8%al día de hoy.

Para los latinos la situación es aún peor.  El nivel de desempleo es mucho más alto que el promedio nacional.  De hecho, en el mes de junio el desempleo entre los latinos aumento de 10.3% a 11%.

A pesar de este estancamiento -y en el caso de los hispanos: un empeoramiento- en el desempleo, el Presidente, al reaccionar a estas estadísticas, asombrosamente declaró que “eran un paso en la dirección correcta”.  (¡Esperemos que el presidente tenga un muy mal sentido de la dirección!).

Ante la ausencia de una verdadera recuperación económica durante los pasados tres años, el Presidente claramente está preocupado de que su propio pronóstico se haga realidad y que en noviembre se convierta en un mandatario de un solo término.  Es por esto que ahora trata desesperadamente de cambiar el tema de discusión pública.

En vez de explicarnos por qué no pudo cumplir con sus promesas de campaña en el campo económico, el Presidente nos trata de distraer con una retórica de lucha de clases, según la cual él es el defensor de la clase media, mientras que su oponente, el gobernador Romney,  representa  la clase adinerada que quiere amasar más riquezas a costa de la clase trabajadora.  Y, si hay desempleo, no es por sus políticas fallidas, sino por la avaricia de ricos como Romney.

La campaña de Obama señala continuamente que Romney es rico -como si esto fuera un pecado- y busca insistentemente que divulgue sus planillas contributivas de los pasados 10 años para hacer pública toda su fortuna y tratar de argumentar que no tiene nada en común con el ciudadano promedio. (Curiosamente Obama no ha entregado a la prensa su record médico y universitario como han hecho  todos los candidatos a la presidencia en el pasado).

Parte de la estrategia es criticar el desempeño de Romney como fundador y principal oficial ejecutivo del fondo de inversiones de Bain Capital, argumentando que esta firma se dedicó a desbandar compañías americanas y enviar empleos al extranjero.  De llegar a la presidencia, nos sugieren, haría lo mismo que hizo en Bain.

Este argumento, sin embargo, es totalmente falso.  Bain tiene un historial sumamente exitoso e impresionante en ayudar a crear algunas de las más importantes compañías  como Staples y the Sports Authority, y ha contribuido a crear cientos de miles de trabajos en Estados Unidos.  Como dijo el ex presidente demócrata Bill Clinton, el record de Bain es “impecable”.

Obama, por otra parte, no es quien para criticar a firmas como Bain.  Gracias a las políticas económicas de esta Administración -de más regulaciones y más impuestos- millones de trabajos se han ido al extranjero.

En su afán de responsabilizar a aquellos que él considera ricos por la grave situación económica, el Presidente ahora vuelve a proponer aumentarles los impuestos a las familias que ganan más de $250 mil dólares. Específicamente, quiere extender por un año los recortes contributivos que se aprobaron durante la Administración Bush únicamente a aquellas familias que ganan menos de 250 mil dólares.

Siguiendo una retórica de corte socialista, Obama insiste que las familias que ganan más de dicha cantidad deben pagar su “proporción justa” de impuestos.  Obama, sin embargo, parece no entender que muchas de las familias que ganan más de $250 mil dólares no son ricas en lo más mínimo, sino que pertenecen más bien a la clase media que él dice que quiere defender. También ignora que las familias que ganan más pagan la mayoría de todos los impuestos recaudados.  En el 2009, las personas que ganaron $112 mil dólares o más -un 10% de todos los contribuyentes- pagaron el 71% de todos los impuestos recibidos por el Servicio de Rentas Internas.

De más esta decir que esta propuesta de ninguna manera ayudaría a revertir la crisis económica.  Todo lo contrario: la empeoraría.  De acuerdo a un estudio realizado por la reconocida firma Ernst & Young, la propuesta de Obama haría que se perdieran 700,000 empleos.

En su cruzada en contra de la clase adinerada, el Presidente incluso ha llegado a hacer declaraciones en defensa de una mayor intervención del Gobierno en nuestras vidas, que parecen ataques a los principios de responsabilidad e iniciativa individual característicos del sistema de libre empresa de nuestro país.  En un discurso reciente el Presidente, haciendo referencia a los empresarios que comienzan y desarrollan sus propias compañías, dijo: “Si usted tiene una empresa, usted no la construyó.  Alguna otra persona logró que eso sucediera”.

Si bien es cierto que el Gobierno nos ayuda en nuestras vidas proveyendo ciertos servicios básicos -educación, infraestructura, etc.-, el éxito de un empresario no depende del Estado, sino de su propia iniciativa, de su creatividad y del sudor de su frente.  Esto es, en fin, en lo que se basa el sueño americano.

Preocupado por sus posibilidades de ser reelecto, el Presidente apuesta a dividir para conquistar.  Pero ni los ataques personalistas a Romney ni la embestida en contra de las personas que han tenido éxito económico nos deben distraer de la realidad: que la economía está muy mal y que, gracias al Presidente, esta no mejora.

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Puras migajas

2012-6-26 | La Opinión

Como muchos, me alegré al escuchar el anuncio del presidente Obama de que su administración había tomado la decisión de no deportar a aquellas personas que hayan entrado al país ilegalmente cuando eran menores de edad; en otras palabras, a esos jóvenes indocumentados que hoy llamamos “dreamers” -”soñadores”- porque ansían poder quedarse en este país en el que se han criado y con el cual ya se identifican plenamente.

Estos muchachos son americanos. Muchos no conocen su país de origen y tampoco hablan su idioma natal. Y es injusto que se les penalice por una infracción a la ley que ocurrió cuando eran menores de edad o por la cual no son directamente responsables.

Bajo esta nueva regla del Departamento de Seguridad Interna, de acuerdo al Instituto de Política de Migración, aproximadamente 1.4 millones de jóvenes se beneficiarían. Se estima que de estos, alrededor de medio millón, tienen menos de quince años de edad.

Aunque le doy la bienvenida a esta nueva norma porque les brinda algún alivio a estos jóvenes que sufren y viven en ansiedad día a día por el miedo de ser deportados, debo señalar que este remedio es uno temporal y, francamente, deficiente. Esta acción administrativa no les da un status legal a estas personas. Los deja en un limbo indefinido. Estos muchachos se merecen más que meramente saber que no van a ser removidos.

No obstante, el presidente Obama prefirió jugar a la política con las aspiraciones y esperanzas de estos jóvenes, en vez de ejercer su liderato y acudir al Congreso para buscar una solución permanente y real para ellos. En vez de darles pan, les ofrece migajas.

El presidente alega que tuvo que actuar de esta manera pues, según el, los republicanos se han opuesto a votar a favor del llamado “DREAM Act “, el proyecto de ley que regularizaría a estos jóvenes que quieren estudiar o servir en las fuerzas armadas. Como evidencia menciona el voto en contra de esta medida por todos los senadores republicanos en el 2010.

El presidente no nos dice la verdad. En primer lugar, el “Dream Act” se trajo a votación en el Senado durante lo que se conoce como la sesión “lame duck”, esos últimos dos meses de la sesión legislativa después de unas elecciones en la es muy difícil aprobar un proyecto de ley.

Más aún, la Casa Blanca y el liderato demócrata en el Congreso tampoco les hicieron un acercamiento serio a los republicanos para discutir la medida. Sencillamente se presentó para un voto a favor o en contra, sin que se les permitiera a los republicanos presentar enmiendas como algunos querían.

La presentación del proyecto no fue más que una movida política para asegurarse que los republicanos votaran en contra de la medida y así poder hacerlos quedar mal ante el electorado latino. No había una intención auténtica de pasar esta ley.

La Casa Blanca y los demócratas en el Congreso sabían que los latinos estaban sumamente molestos con el presidente por incumplir su promesa de empujar una reforma migratoria durante el primer año de su mandato y necesitaban hacer algo para tratar de cambiar la narrativa sobre el tema y así tratar de volver a echarse en el bolsillo a nuestra comunidad.

En los pasados dos años, como entonces, el presidente no ha propiciado una discusión abierta y honesta con el liderato republicano sobre el tema de inmigración, mucho menos sobre el “Dream Act”. Pensémoslo: sabiendo que el senador republicano Marco Rubio ha estado en los pasados meses proponiendo la idea de presentar un “Dream Act” alternativo, ¿no podía el presidente llamarlo para tratar de crear el consenso bipartidista que se necesita para aprobar esta legislación?

La verdad es que, desde que comenzó su mandato, el Presidente Obama ha usado el asunto de la inmigración exclusivamente para fines políticos, para tratar de congraciarse con los votantes latinos y para tratar de pintar a los republicanos como los malos de la película.

La reacción del candidato republicano a la presidencia, sin embargo, ha sido verdaderamente esperanzadora. El Gobernador Mitt Romney en su discurso de la semana pasada ante la Asociación Nacional de Oficiales Latinos Electos (NALEO por sus siglas en ingles) criticó la decisión de la administración por ser una temporal y se comprometió a trabajar con demócratas y republicanos para buscar soluciones permanentes al problema de la inmigración a través de legislación.

Romney propuso darles un paso a la ciudadanía a aquellos jóvenes indocumentados que desean servir en las fuerzas armadas. También propuso eliminar las cuotas para los cónyuges e hijos de residentes permanentes para que estos puedan entrar al país inmediatamente como inmigrantes y eventualmente hacerse ciudadanos.

En noviembre los votantes latinos podrán, por tanto, escoger entre un presidente que no puede y no quiere trabajar con el Congreso para pasar legislación que provea soluciones constructivas y permanentes al problema migratorio y un candidato republicano que sí está comprometido a hacerlo.

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President’s hypocritical stance on immigration

2012-6-11 |  Politico

The Obama campaign likes to portray the president as Latinos’ No. 1 advocate on immigration. They know that President Barack Obama’s reelection needs the same level of support that he got from Latino voters in 2008. The problem, however, is that the campaign’s assertion is false. Obama’s record, in fact, shows that he has deported more immigrants than any president since 1892, when recordkeeping began.

First, consider Obama’s 2008 campaign promise that he would tackle immigration reform his first year in office. He now has to explain why he failed to do this: “The challenge we’ve got on immigration reform,” Obama said in a Univision interview last month, “is very simple. I’ve got a majority of Democrats who are prepared to vote for it. And I’ve got no Republicans who are prepared to vote for it.”

This is a lie. Obama had a Democratic majority in both houses of Congress during his first two years. He could have gotten something done. Yet he chose to completely ignore the issue. He was determined to ram through Congress “Obamacare” and a massive stimulus bill. But it seems he didn’t have the same level of commitment in resolving our immigration problem.

In addition, while Obama gives flowery speeches about how he wants to get something done on immigration, he hasn’t reached out to Republicans to find common ground. Though he keeps holding immigration summits at the White House — largely designed for Latino media coverage — with Latino Democrats, former Bush administration officials and Latino actors and celebrities, he has yet to call the GOP leadership for a constructive conversation about this pressing matter.

But what makes Obama the most anti-immigrant president in recent history is his policy of massive, systematic deportations. He has now deported more than 1.2 million people, breaking up hundreds of thousands of families.

Obama says the number of deportations has gone up because his administration is focusing on the removal of criminals. Yet less than 50 percent of the people removed have a criminal conviction, according to the Homeland Security Department’s own statistics. For example, 387,000 people were deported in 2010, of which only 169,000 had committed a crime.

The statistics also show that the large majority of deportations are Latinos. Roughly 73 percent are from Mexico, 8 percent from Guatemala, 6 percent from Honduras and 5 percent from El Salvador.

Remember, this is a president who talks indignantly about the immigration enforcement laws passed by GOP legislators in Arizona, Alabama, Georgia and South Carolina — calling them “misdirected” and “bad law.” He has even instructed his Justice Department to challenge them in court.

I’m not defending those laws. They’re bad policy because they unfairly criminalize hardworking people who pose no threat to our communities and who our country needs to expand our economy and create jobs.

Obama’s deportation policy, however, is tougher and more punitive than any of these states. Arizona Sheriff Joe Arpaio may round up and detain undocumented immigrants — but he can’t deport them. Only Obama can do that. And he is — massively and systematically.

Clearly, Democrats want to make sure the public, especially Latino voters, don’t learn the facts. That the amicable Dr. Jekyll the White House projects on immigration is actually an unfriendly Mr. Hyde. They know it would be hard to continue demonizing Mitt Romney and the GOP over immigration if people learned the president’s true record.

The more Latino voters learn about Obama’s hypocrisy regarding immigration, the more they will decide not to reward him in November.

Many, in fact, may decide that, as bad as some of Romney’s immigration comments may have been during the primary, there’s no way that, as president, he could be any worse on immigration than Obama. Latinos may even view Romney’s much-mocked plan of “self-deportation” as a more compassionate approach than Obama’s policy of mass deportations.

After all, inviting undocumented immigrants to leave sounds better that forcefully removing them.

Latinos may remember that under Republican presidents they fared better on immigration. They may remember that President Ronald Reagan signed the last major immigration reform bill and President George W. Bush fought hard for a new overhaul of our dysfunctional immigration laws.

Perhaps they’ll come to realize, as I have, that there is a far better chance of getting constructive immigration reform with Romney than the current White House resident.

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Economía sigue estancada

2012-5-8 | La Opinión

Acaba de salir el informe de empleos para el mes de abril y el desempleo se encuentra estancado en 8.1%. Y probablemente sea mayor, si consideramos que los cálculos del gobierno no cuentan a aquellas personas que han dejado de buscar empleo, que se estima pudieran ser más de 6. 5 millones.

Para los latinos, la situación es todavía peor. El desempleo entre los hispanos se encuentra en 10.3%, 2.2% más que el nivel nacional.

El Departamento de Trabajo reportó que en abril apenas se crearon 115,000 empleos, mucho menos de los 168,000 trabajos que los economistas proyectaban se iban a crear. Consideremos que para que regresemos a los bajos niveles de desempleo que predominaban antes de la recesión, necesitamos que se creen, por lo menos, 250,000 empleos mensualmente.

Como si esto fuera poco, los economistas siguen diciendo que la economía en el 2012 continuará creciendo a un ritmo pírrico de no más de 2%.

Esto nos debe hacer pensar en lo que confiadamente dijera el presidente Obama en una entrevista de prensa, poco después de asumir su cargo, refiriéndose a su plan para sacarnos de la crisis económica: “Si no logro esto en tres años, entonces esto [su incumbencia] será una proposición de un solo término”. Ante el tétrico cuadro económico que el país enfrenta, y a justo tres años del comienzo de esta administración, si nos dejamos llevar por las propias palabras del presidente, podemos concluir que su plan económico ha fracasado rotundamente.

El presidente Obama apostó al gobierno para sacarnos del atolladero económico, ignorando que es el sector privado -la empresa- y no el estado, el que genera crecimiento económico y crea empleos. Obama implantó un programa de gasto público masivo -de supuesto “estímulo económico”- de casi un billón de dólares que requirió que el gobierno -ya con un una deuda grande- pidiera prestado muchísimo más dinero. Y al pedir prestado tanto dinero se redujo enormemente el dinero en el sector privado para gastar e invertir y crear actividad económica y eventualmente más trabajos.

La Casa Blanca, no obstante, les puso todavía más trabas a los creadores de empleo en el sector privado a través de excesivas regulaciones gubernamentales. Apenas en los primeros 26 meses de su administración, el gobierno aprobó 75 nuevas regulaciones de gran envergadura que le imponen a la empresa privada aproximadamente $40,000 millones en gastos estimados de negocio.

De más está decir que las nuevas regulaciones, nuevos impuestos y nuevos mandatos a la empresa privada que impone la Ley de Reforma de Salud -el llamado “Obamacare- también serían devastadora para la empresa privada, particularmente para los pequeños negocios. Muchos han dejado de expandir operaciones y reclutar nuevo personal por miedo al impacto de esta ley.

De hecho, la principal razón del desempleo no son los despidos. Sí, es cierto que durante la recesión los despidos aumentaron como era de esperarse. Pero, los despidos se mantuvieron a un nivel moderado. Durante la recesión del 2000 al 2001, por ejemplo, la cual fue mucho más leve que la que acabamos de pasar, se eliminaron mucho más plazas de trabajo. La causa más significativa del desempleo fue –y continúa siendo- la aguda caída del reclutamiento por la empresa privada ante la incertidumbre económica que ha creado la administración con sus políticas de expansión gubernamental.

Tristemente, el presidente no parece acabar con su ataque a la empresa privada. Ahora, argumentando que es necesario, para reducir el déficit y echar a correr la economía, vuelve a amenazar con mayores cargas contributivas para las personas adineradas. Últimamente ha estado hablando de implantar la “regla Buffet”, propuesta por su amigo y contribuyente de campaña, el multimillonario americano, Warren Buffet, que les aumentaría los impuestos considerablemente a aquellas personas que generen más de $1 millón de dólares en ingresos.

A parte de que la “regla Buffet” solo generaría 47,000 millones de dólares en diez años, lo que no es nada considerando que la deuda pública ya supera los $16 billones, lo único que logra el imponerle más impuestos a la gente rica es poner más obstáculos a la inversión privada en la economía.Hay que entender, primero que nada, que muchos de estos supuestos “millonarios” realmente son dueños de pequeños negocios que radican su planilla por las ganancias de sus negocios como individuos. Al tener que pagar más impuestos, lógicamente tendrán menos dinero para expandir sus operaciones y abrir más plazas de trabajo.Por otra parte, las personas que ganan más de un millón de dólares, además que son ya los que más dinero contribuyen al fisco, son también las personas que invierten más capital de riesgo en nuevas empresas y proyectos que generan cientos de miles de empleos.

El problema no es que los ricos pagan menos que la clase media como sugiere Obama con su retorica de lucha de clases. El problema es que hay que bajarles los impuestos a todos por igual para que todos tengamos más dinero para invertir en la economía.

El presidente nos prometió al inicio de su gobierno que el lograría una recuperación económica en cuestión de tres años. Esos tres años han pasado y la realidad es que nuestra economía está estancada y que millones de americanos están pasando difíciles momentos. Que ahora no trate de culpar a su antecesor por el descalabro actual. La economía sigue como está porque sus políticas económicas han sido un desastre.

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Gasolina «a la europea»

2012-4-11 | La Opinión

Hoy en día, cada vez que vamos a llenar el tanque de gasolina de nuestros carros, nos damos cuenta de lo caro que está el combustible y que su precio continúa en aumento. Desde que el presidente Obama asumió su mandato, el costo de la gasolina se ha disparado, desde aproximadamente $2 dólares en el 2009 a $3.58 dólares en el presente, en el ámbito nacional; es decir, un aumento de 74%.

Esto tiene por supuesto un impacto muy serio para las familias trabajadoras, las cuales ya manejan un presupuesto apretado. Tristemente, no solo van a tener que pagar más por la gasolina de sus carros, sino también por muchos bienes y servicios básicos cuya producción depende de la industria del transporte.

Más aún, los altos costos del combustible también tienen un terrible impacto en la economía. Si la gente gasta más en gasolina, tendrá menos dinero para cubrir sus necesidades básicas y para ir al cine y a restaurantes y para comprar en tiendas; en fin, tendrá menos dinero para invertir en la economía, lo que significa que esta seguirá estancada y generando pocos empleos.

Muchos dirán que esto no es culpa del presidente Obama; que el petróleo es un commodity global cuyo precio varía dependiendo de un sinnúmero de factores que están fuera de las manos del Gobierno de los Estados Unidos. Apuntan a la inestabilidad política en el Medio Oriente, particularmente la amenaza nuclear de Irán, un importante productor de petróleo, el gran aumento en la demanda por el crudo en países como China e India, más las decisiones de los especuladores en Wall Street, como posibles razones para el descomunal aumento en los precios del petróleo.

Sin lugar a dudas, en un mercado global, hay una variedad de eventos que impactan el precio de un producto, pero decir que los Estados Unidos no puede hacer absolutamente nada para controlar el costo del crudo, por lo menos, en su mercado nacional, me parece errado, especialmente considerando las abundantes reservas de petróleo que existen en este país que no han sido explotadas.

Este presidente pudo haber tomado acción una vez comenzada su administración para expandir la exploración y producción petrolera en los Estados Unidos para aumentar la oferta local y así mantener bajos los precios de la gasolina, pero sencillamente se cruzó de brazos.

Aunque el presidente dice que su política energética se basa en una estrategia de “todas las anteriores” que supuestamente busca promover todas las posibles fuentes de energía, desde las fósiles a las alternativas, como la solar y la eólica, la realidad es que se han enfocado casi exclusivamente a desarrollar la “energía verde” a expensas de la perforación petrolera.

Que quede claro: no tengo ningún problema en que se dediquen recursos para desarrollar nuevas tecnologías energéticas que nos hagan menos dependientes de las fuentes convencionales de energía. Creo que es imperativo que continuemos fomentando la investigación en tecnologías innovadoras como la energía de hidrógeno y los bio-combustibles. Debemos reconocer, no obstante, que no vamos a poder contar con estas nuevas tecnologías de la noche a la mañana. Por lo que es esencial que en el futuro inmediato continuemos dándole prioridad al petróleo.

El Presidente, sin embargo, consistentemente se ha opuesto a expandir la perforación en zonas costeras, en el Ártico y en otros terrenos federales que contienen enormes depósitos de petróleo. Según un reciente estudio del Instituto de Investigación Energética, la cantidad de crudo que es técnicamente recuperable en los Estados Unidos es de más de 1,400 millones de barriles. La administración también se ha opuesto a la construcción del oleoducto Keystone que podría traer hasta 830 mil barriles de petróleo canadiense.

La Casa Blanca dice que estas críticas son falsas pues la producción petrolera está a su más alto nivel en ocho años. Pero hay que aclarar que este aumento se debe a mayor producción en terrenos privados en Alaska, Dakota del Norte, y Texas y no a decisiones de esta administración. De hecho, la producción en terrenos del gobierno federal disminuyó del 2010 al 2011. Curiosamente, el secretario de Energía de Obama, Steven Chu, en el 2008, antes de ocupar su puesto, había dicho que favorecía que los precios de la gasolina en los Estados Unidos llegaran al mismo nivel que los de Europa. En los países europeos el costo de la gasolina es prohibitivo. Lo preocupante es que el secretario Chu aparentemente no ha cambiado de opinión. En una reciente vista en la Cámara de Representantes admitió que el objetivo de la administración no es reducir los precios de la gasolina, sino reducir la dependencia en el petróleo. Y, aunque la administración, inmediatamente trató de explicarle a los medios que el secretario no quiso decir lo que dijo, la impresión quedó de que quizás la administración efectivamente quiere que los precios de la gasolina suban “a la europea” –irrespectivamente de lo que nos cueste a nosotros en la bomba de gasolina- para incentivar el desarrollo de tecnologías alternativas y, de paso, así también complacer a los grupos ambientalistas, que constituyen un grupo político clave para la campaña de reelección del presidente.

En definitiva, el Presidente no puede lavarse las manos de esta crisis. Si hubiera promovido la perforación petrolera pro-activamente desde el primer día de su mandato, dudosamente estaríamos en esta situación. Lamentablemente, ahora estamos todos pagando, en literalidad, por su falta de liderazgo y acción.

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Ataque a la libertad religiosa

2012-2-28 | La Opinión

El presidente Obama acaba de lanzar un ataque directo y sin precedentes a la libertad religiosa en nuestro país. El Departamento de Salud y Servicios Humanos, basándose en la ley de reforma de salud del presidente, el llamado “Obamacare”, emitió hace unas semanas una directriz requiriendo que instituciones afiliadas a la Iglesia Católica, tales como universidades y hospitales, ofrezcan, como parte de la cobertura médica que brindan a sus empleados, acceso a contraceptivos, incluyendo algunos que son abortivos como la “píldora del día después”, así como servicios de esterilización. El problema aquí, por supuesto, es que la Iglesia Católica se opone moralmente al uso de anticonceptivos y a la esterilización, por lo que el mandato federal obligaría a determinadas instituciones católicas a violar los principios de su fe.

Nunca, en la historia de los Estados Unidos, el gobierno federal había atacado la libertad religiosa de una manera tan burda. Nunca, una administración -demócrata o republicana- había tratado de inmiscuirse en los asuntos que le competen a una religión particular, tratando de obligarla a hacer algo que contradice sus creencias.

Este ataque a la libertad religiosa, derecho fundamental de nuestra democracia, consagrado en la primera enmienda de la Constitución, fue rechazado y condenado inmediatamente por la jerarquía de la Iglesia Católica, pero también por los principales líderes de las otras religiones más importantes del país.

Ante esta situación, la Casa Blanca no tuvo otra alternativa que buscar lo que ellos mismo denominaron como un “acomodo”. Pero, tristemente, el acomodo resultó ser peor que la directriz inicial y sigue siendo un ataque descarado a la libertad religiosa.

Según la administración Obama, ahora las instituciones católicas no van a tener que ofrecer esos servicios. Bajo su nueva directriz, ahora le compete a las aseguradoras ofrecerle anticonceptivos libre de costo a cualquier asegurado. Esto parece una decisión muy magnánima por parte del presidente, pero en la práctica no es más que un truco para imponerse ante la iglesia.

A final de cuentas las aseguradoras le van a pasar la factura por los condones y píldoras “gratis” a sus clientes, a los empleadores. O ¿cuándo usted ha visto que una aseguradora ofrezca algo libre de costo? En otras palabras, las instituciones católicas terminarán pagando por esto, justamente lo que no querían hacer. ¡Vaya acomodo!

Por otra parte, la nueva decisión también es una imposición desmedida a la empresa privada, al requerirle que ofrezca un producto o unos servicios gratis a sus consumidores. No es como si los anticonceptivos fueran difíciles de conseguir o fueran excesivamente caros. Todo lo contrario; se pueden conseguir en cualquier farmacia a precios muy bajos. Si el estado va a obligar a las aseguradoras a repartir contraceptivos gratis, ¿por qué no les requiere también regalar píldoras de ajo para la presión, anti-estamínicos para el dolor de cabeza y otros medicamentos de uso común que no son costosos y que no son cubiertos por los seguros médicos?

Obama y los apologistas de este ataque a la primera enmienda argumentan, no obstante, que el estado puede y debe intervenir porque este es un asunto apremiante de salud femenina, lo que es patentemente absurdo pues como ya hemos dicho en la actualidad las mujeres no tienen ningún impedimento para adquirir anticonceptivos a precios sumamente bajos.

Otros dicen que es injusto que la iglesia impida que sus empleados -católicos o no- tengan acceso a anti-conceptivos, cuando la mayoría de ellos, incluso los católicos, los usan o creen que está bien usarlos. Estas personas, no obstante, fallan en comprender la amplitud de la libertad religiosa consagrada en la Constitución. Esta cobija la autonomía de decisión de la institución religiosa y su jerarquía. La iglesia, por tanto, tiene pleno derecho a establecer políticas laborales que no contraríen sus principios. Más aún, nadie está obligado a trabajar en una institución católica.

Este asunto en nada tiene que ver con el acceso a dispositivos para el control de la natalidad. Aquí lo único que está en controversia es el derecho que le garantiza la constitución a las personas y a las instituciones y organizaciones religiosas a actuar según sus respectivos credos sin intervención del estado.

Esta última decisión de la administración no ocurre en el vacío. Este presidente promueve una política secularista que busca sacar a la religión de la plaza pública. No olvidemos que a pocos meses de comenzado su mandato, el presidente viajo a Turquía y declaró que los Estados Unidos “no es un país cristiano”.Esta administración le quitó la financiación federal al programa de la iglesia católica para atender a las víctimas de tráfico humano porque este no recomienda a sus clientes el aborto como una alternativa de tratamiento. Al tomar su decisión, la administración obvió considerar que este programa es considerado como el mejor y más eficiente en la nación por expertos en esta área. Y, recientemente, la administración argumentó ante el Tribunal Supremo que el gobierno puede intervenir en el nombramiento de ministros en una iglesia. Curiosamente, todos los jueces del Supremo federal -hasta los más liberales- se opusieron a este planteamiento radical de los abogados del presidente.Nuestro sistema de gobierno se fundamenta en la defensa y respeto de unas libertades y derechos inalienables. Si el gobierno empieza a negar arbitrariamente esas garantías constitucionales, todo nuestro sistema se vendrá abajo.

Para los latinos, esta acción del presidente no es solo un ataque a la libertad religiosa, pero un ataque también a nuestra cultura en la que la religión desempeña un papel central.

Aunque el presidente haya dicho que esto es un asunto cerrado para él y que no va a cambiar su postura, varias demandas ya se han radicado impugnado la validez constitucional de esta directriz presidencial. Estoy convencido que estos recursos van a prevalecer y que el principio de libertad religiosa será reafirmado. Este último ataque del presidente a la constitución y a nuestras libertades más fundamentales deber ser y será finalmente rechazado.

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Las deportaciones siguen

2012-1-30 | La Opinión

Las deportaciones de Obama continúan sin tregua. Inicialmente, cuando nos enteramos que la administración había removido más indocumentados en su primer año que en el último año de la administración Bush, muchos pensaron que quizás era un fenómeno pasajero, un malentendido debido a la transición de una administración a otra.  Pero, al finalizar el tercer año de esta administración, es evidente que el aumento exponencial en las deportaciones no es pura casualidad.  Es, en efecto, un esfuerzo bien calculado y bien coordinado por la administración de Obama para expulsar del país de manera agresiva y proactiva a los inmigrantes que carecen de estatus legal.

En los primeros tres años de esta administración, se han removido aproximadamente 400,000 personas cada año.  Según Donald Kerwin del Centro de Estudios Migratorios, “la administración Obama va encaminada a deportar 1.5 millones de personas durante estos cuatro años.  En comparación, en los pasados veinte años de presidentes republicanos, [Estados Unidos deportó] un total de 2.3 millones”.  En fin, que este presidente se ha convertido en el líder de las deportaciones.

Irónico, ¿no?  ¿No es este el presidente que se proyecta como el “amigo” de los inmigrantes y los latinos?  ¿No es este el presidente que como candidato hace cuatro años se pasó criticando las redadas de la administración Bush llamándolas “inhumanas”? ¿No es este el presidente que, en la actualidad, frecuentemente ataca a los republicanos de Alabama, Arizona, Carolina del Sur y Georgia por aprobar leyes antiinmigrantes e incluso ha demandado a estos estados para paralizar la implantación de estas leyes?  Pues sí, ese mismo, es el que ha desatado las fuerzas policiacas federales en contra de gente buena y trabajadora que de ninguna manera presentan un riesgo para la sociedad.  Su hipocresía no puede ser más sorprendente.

La Casa Blanca, no obstante, tiene la audacia de decirnos que la única razón para el aumento en las deportaciones es que las autoridades federales de inmigración le están prestando más atención a la remoción de inmigrantes con antecedentes criminales.  En otras palabras, los números están subiendo porque se están removiendo más criminales.

Pero este argumento es patentemente falso.  Al analizar las propias estadísticas del Departamento de Seguridad Interna nos damos cuenta de que más de cincuenta por ciento de los inmigrantes deportados no tienen récord criminal.  En el 2010, por ejemplo, 387,242 personas fueron deportadas, de las cuales solo 168,532 habían cometido un delito.  La administración Obama está deportando a justos por pecadores y, en el proceso están separando cientos de familias.

Las estadísticas también demuestran que la inmensa mayoría de las personas deportadas son latinas.  En el 2009, 72 por ciento de los deportados eran mexicanos.

Los latinos, sin embargo, nos estamos despertando y nos estamos empezando a dar cuenta de la falta de honestidad del discurso de Obama hacia los latinos.  El Centro Hispano Pew publicó recientemente una encuesta que demuestra que 59 por ciento de los latinos se opone a las políticas de deportación del presidente.  Ese número, por otra parte, seguramente es bajo pues según la encuesta, solo un 41 por ciento de los latinos están al tanto de dichas políticas.  O sea, que en la medida que más latinos se enteren de lo que está pasando, mayor será la desaprobación de los latinos de esta injusta política.

Más aún, el estudio de Pew demuestra que las acciones antiinmigrantes de la administración Obama están también teniendo un impacto en el nivel de aprobación del presidente entre los latinos.  De acuerdo al estudio, la popularidad del presidente con los latinos bajó de 58 por ciento al comienzo del año pasado a 49 por ciento al cierre de este.

Los estrategas políticos del presidente tienen muy presente el impacto negativo que la política de deportaciones del presidente está teniendo con la comunidad latina.  Es por eso –y solo por eso- que meses atrás, la administración anunció su nuevo plan para cancelar las deportaciones de indocumentados que están en procesos de remoción, pero que no son un riesgo de seguridad.

Esta medida, sin embargo, no es más que otra movida política diseñada para engañar a los latinos.  De hecho, después de que el gobierno hiciera su primera revisión de los casos en procedimiento de remoción entre diciembre y este mes, se estima que apenas 39,000 deportaciones serán paralizadas.  ¿Qué son 39,000 deportaciones menos cuando la administración terminará removiendo alrededor de 1.5 millones de personas?

Hay que decirle a Obama: ¡basta ya de engaños!  Nosotros los latinos podemos ver más allá de su falsa retórica hacia nuestra comunidad.  Si realmente es nuestro amigo, que frene de inmediato las deportaciones en masa de gente inocente.

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Uno habla y otros trabajan

2011-12-29 | La Opinión

Muchos piensan que el 2011 ha sido otro año perdido en el Congreso en cuanto a la discusión de una reforma migratoria.  Y no es para más. Mes tras mes, hemos escuchado al presidente, en discursos públicos y en reuniones con grupos hispanos en la Casa Blanca, quejarse de la falta de acción congresional sobre este tema y responsabilizar a los republicanos —los “enemigos” de los hispanos, como llegó a llamarlos—  por esta inmovilidad.  Más aún, la prensa liberal así como innumerables estragas políticos demócratas nos relatan el mismo cuento.  “El presidente y el liderato demócrata quieren aprobar una reforma migratoria”, nos informan, “pero los republicanos anti-inmigrantes no quieren tocar el tema”.

Esta conveniente apreciación de lo que supuestamente está ocurriendo en Washington, sin embargo, no corresponde a la realidad.  Y es que algo verdaderamente sorprendente ha sucedido en los pasados cuatro meses que echa por tierra la percepción de los republicanos que la administración Obama y sus defensores en los medios nos quieren vender a los latinos.

En primer lugar, la Cámara de Representantes republicana aprobó el pasado 29 de noviembre el proyecto de ley H.R. 3012, radicado por el congresista Jason Chaffetz (R-UT) y conocido en inglés como el “Fairness for High-Skilled Immigrants Act”, que elimina las cuotas por país para visas de inmigrantes por razón de empleo y aumenta el limite por país de estas visas por vínculos familiares de siete a quince por ciento.  Este importante proyecto se empezó a cocinar en septiembre por el liderato republicano del Comité Judicial presidido por  el congresista Lamar Smith (R-TX).

Lo interesante es que los republicanos no solo presentaron la legislación, sino que también buscaron apoyo de los demócratas.  El proyecto fue aprobado por el Comité  Judicial  en unanimidad, lo que provocó, que una vez aprobado, el congresista demócrata de Illinois y líder pro-inmigrante, Luis Gutiérrez, decidiera co-auspiciar el proyecto.

Por otra parte, del lado del Senado, el senador republicano de la Florida, Marco Rubio, siguió el ejemplo del liderato republicano de la Cámara y presentó legislación, junto al senador demócrata de Delaware, Chris Coons, que incluye esta medida.

La importancia de este proyecto de ley no puede ser minimizada.  Reduciría considerablemente los enormes retrasos que enfrentan profesionales con grados avanzados de países como China e India para conseguir una visa de inmigrante para venir a trabajar a los Estados Unidos.   Además, duplicaría las visas disponibles para los ciudadanos mexicanos que han sido peticionados por un pariente y que actualmente tienen que esperar periodos de tiempo excesivamente largos para reunirse con sus familias.

Pero todavía hay más.  Desde septiembre los republicanos han presentado otros proyectos de inmigración de envergadura.  El congresista Raúl Labrador (R-ID) introdujo un proyecto que permitiría que estudiantes extranjeros que están por graduarse de universidad con grados avanzados en ciencias y tecnología, y que tienen ofertas de trabajo, puedan cambiar su estatus migratorio de estudiante a residente permanente sin tener que salir del país como actualmente se requiere.  Mientras que tanto el congresista Dan Lungren (R-Ca) como el proprio congresista Lamar Smith han radicado legislación para crear un nuevo programa de trabajadores agrícolas que facilite la entrada de miles de extranjeros al país de una manera legal, digna y rápida para trabajar en el campo.  Y en el Senado, Mike Lee (R-UT) presentó una medida que dejaría que trabajadores agrícolas de la industria lechera puedan permanecer en el país por todo un año, en vez de tener que salir de este inmediatamente después que termine la temporada de trabajo según establece la ley actual.

Estas últimas acciones de los republicanos en el Congreso prueban de manera inequívoca que el presidente Obama no está siendo justo y honesto cuando acusa a los republicanos de no querer atender el difícil tema de la inmigración.  Es, irónicamente, el presidente quien ha estado ausente de esta importante discusión.  La administración no ha participado en la discusión de ninguna de las piezas legislativas que hemos mencionado y tampoco ha emitido comentario alguno sobre ellas.

Es evidente, por el contrario, que mientras el presidente Obama continúa con su usual demagogia sobre la inmigración con el único propósito de tratar de ganarse el voto latino, el liderato republicano en el Congreso ha estado trabajando con este asunto, buscando pro-activamente crear consenso con los demócratas.  El proyecto H.R. 3012, por ejemplo, ha logrado unir a miembros del congreso que desde hace años han estado en polos opuestos del debate migratorio.  Desde que se discutió el proyecto de reforma migratoria que el presidente Bush empujó en el 2007 no habíamos visto este nivel de colaboración bipartidista en el tema de inmigración.

No cabe duda.  El 2011 nos trajo unos avances significativos en el tema de la inmigración.  Esperemos que los proyectos de inmigración que se han presentado en el Congreso terminen exitosamente el trámite legislativo y puedan convertirse en ley pronto.  Claro está, estas medidas son solo un comienzo.  Mucho más se tiene que hacer para arreglar nuestro descompuesto sistema migratorio y para hacerle justicia a los millones de inmigrantes indocumentados que contribuyen con su trabajo honesto y sus valores a nuestra economía y sociedad.  Aún así, un nuevo comienzo en la discusión en Washington sobre la inmigración es muy bienvenido.

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Immigration And the Party Of Reagan

Restrictionism is part of the protectionist creed and historically has been embraced by big labor and others on the political left.

2011-12-2 | The Wall Street Journal

Newt Gingrich’s comments in support of a temporary worker program and the legalization of undocumented immigrants who establish deep roots in the country have angered restrictionists on the right. As they did earlier this year when Texas Gov. Rick Perry stressed his support for in-state college tuition for undocumented immigrants, restrictionists blasted the former House speaker and presidential hopeful for not taking a “conservative” stance on the issue.

But are they ideologically correct in their attacks? Is restrictionism—the philosophy that proposes that government severely restrict the entry of immigrant workers our economy clearly needs—really the conservative position?

Absolutely not. Restrictionism, after all, is part of the protectionist creed. It contradicts the basic principles of free-market economics and historically has been embraced by big labor and others on the political left—not by conservatives. Union leaders have consistently fought to prevent companies that cannot find American workers from hiring the foreign workers they need to grow.

By contrast, until recently conservative leaders traditionally endorsed immigration as part and parcel of the free-market paradigm. As Ronald Reagan put it: “Are great numbers of our unemployed really victims of the illegal alien invasion, or are those illegal tourists actually doing work our own people won’t do? One thing is certain in this hungry world: No regulation or law should be allowed if it results in crops rotting in the fields for lack of harvesters.”

Republicans have long favored the creation of a temporary worker program like the Krieble Foundation’s “Red Card Solution,” which Mr. Gingrich referenced in the last presidential debate. The Krieble plan would discourage illegal immigration and would allow the market—rather than the federal government—to determine how many visas are needed.

Long before the Red Card Solution was proposed, Republicans supported legalization for those immigrants who came to work and over time raised families and became contributing members of the community—because it is the right thing to do. As social conservatives with strong family values, Republicans inherently understand the importance of keeping families together.

Why then are the conservative credentials of Messrs. Gingrich and Perry being questioned? Aren’t their positions in line with the Gipper’s? Ironically, it is their accusers who are not being true to conservative principles. Many echo the anti-immigration sentiments of such restrictionist groups as the Federation for American Immigration Reform, NumbersUSA and the Center for Immigration Studies, which are anything but conservative. These groups are mostly led by population-control activists and radical environmentalists who agree with the absurd Malthusian premise that people are pollution.

While the majority of Republicans don’t agree with the restrictionist view of the world, too many remain silent for fear of being labeled soft on illegal immigration. Thus the vitriol on immigration one often hears comes from a minority of Republicans like former Colorado Rep. Tom Tancredo, who in an op-ed for Politico in August—titled “Rick Perry not a true conservative”—compared the Texas governor to Mexican-American labor leader César Chávez.

Conservatives understandably support the rule of law and are concerned when it is violated. But most also are compassionate to those who are less fortunate but trying as best they can to better themselves. That’s why Messrs. Gingrich and Perry are to be commended, not ridiculed, for having the strength to stand their ground on immigration. Mr. Gingrich made this clear in the last debate when he said he was “willing to take the heat” from his own party on this crucial subject.

Both men have unquestionable conservative credentials. They are pro-life, support and defend the sanctity of marriage, are advocates of a strong national security, and believe passionately in small government and states rights. And because they are free-market Reagan conservatives, they believe that immigration, as George W. Bush used to say, makes us more, not less American.

I hope this signals that conservatives within the GOP are now ready to take back the immigration issue from the restrictionists in their midst. The question all Republicans must ask themselves is whether they are going to allow their party to be controlled by the ideas of big-labor restrictionists or the ideas of free-market conservatives like Ronald Reagan. The answer should be clear.

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